Escritor, fotógrafo y cineasta, Jordi Esteva (Barcelona, 1951) es un apasionado de las culturas africanas y orientales. Durante cinco años (1980-1985) trabajó en Radio Cairo. Ha sido redactor jefe y director de arte de la revista Ajoblanco (1987-1993). En sus libros ha documentado rituales iniciáticos y de posesión que, posteriormente, graba en películas proyectadas en festivales como Visions du Réel, International Full Frame Film Festival, Documenta Madrid o el Festival de Málaga. En octubre de 2017 edita el libro de fotografías Socotra que incluye el DVD de la película. Esteva ha recorrido el océano índico a la búsqueda de los antiguos marineros de las costas de Arabia.
Continuación de El impulso nómada, primer volumen de memorias centrado en su infancia y juventud, Viaje a un mundo olvidado combina autobiografía, viajes y antropología. Asimismo detalla la evolución de Esteva como escritor, fotógrafo y cineasta. El período abarcado en esta inolvidable y apasionante obra va de 1985 hasta 2023. Con paradas puntuales en Barcelona, Viaje a un mundo olvidado es un periplo visceral y sin concesiones por Costa de Marfil, Sudán, Omán, Zanzíbar, Mombasa o la isla de Socotra, países estos que marcan la libérrima trayectoria de un artista integral, único. Pletórico de vibrante información sobre unos lugares, creencias y modos de vida condenados, así lo parece, a su irremediable desaparición por este presente materialista y descreído, a la hora de reseñar este libro destacan tres apartados:
LOS RITUALES. En Viaje a un mundo olvidado se asiste a ceremonias como la narrada en «La diosa del agua». Allí, tras caer en trance, la adolescente Adjoua Eponom desaparece en el agua, de la que emerge horas más tarde. Mami Wata, el genio del agua, habla por su boca y dice que a partir de ese día «la cabalgará» (poseerá).
En el santuario de la ya sacerdotisa Adjoua, donde apenas hay hombres, se sigue un protocolo. Las iniciadas (komián) son elegidas por los genios para ser educadas en su culto. Un oficiante que supervisa el ritual y los sacrificios interpreta asimismo las palabras de las que, perdidas en el trance, luego nada recuerdan. La formación dura siete años y Adjoua transmite los conocimientos, los secretos del trance y el arte de la adivinación a las komián que aprenden también las propiedades de las plantas para convertirse en médicos capaces de sanar a quienes sufren el mal de ojo o han sido embrujados.
Aunque a Jordi Esteva no se le permita hacer fotos, él presencia cómo Adjoua es poseída por el genio del agua: esta nueva cabalgadura se manifiesta con convulsiones, chillidos de ave y hasta maullidos. El rostro de rasgos duros parece el de una adolescente mientras se arroja a un estanque donde empieza a agitarse como un pez. Las facciones de Adjoua se suavizan aún más.
Asistir a esas transformaciones, con personas en trance profundo poseídas por los genios, encontrarse en plena escenificación de un drama antiguo hace preguntarse a Jordi Esteva: «¿Cómo explicar lo que estaba viviendo? No sabía si existían los genios ni me lo planteaba. Lo que sí puedo asegurar es que sacerdotisas y komián tenían acceso a arcas que para los demás estaban vedadas. Aquellos sacerdotes ancestrales eran capaces de comunicarse con una suerte de acervo común al que solo se accedía en estado de trance».
Pero el artista catalán constata cómo lo que en otros tiempos hubiera sido considerado como un honor, es decir, «el ser elegido por los genios» es hoy visto «como algo del pasado y un lastre para la vida moderna». Aquel mundo inmerso en las leyes de la naturaleza, para el que las creencias ancestrales resultaba la presencia ideal, y que colocaba a las komián como intermediarias entre los hombres y los genios de las aguas y de los bosques, en la cúspide de las sociedades junto a los reyes locales; aquel mundo, si no se toman inmediatas acciones, parece condenado a la sepultura.
EL SAQUEO. El expolio de importantes fetiches (proyecciones espirituales de los genios) fue total por los colonos franceses. Los pueblos africanos que lo sufrieron, como Costa de Marfil o Ghana, quedan desnudos y desarmados. El robo de máscaras y fetiches sagrados hicieron un profundo daño. Y total, para que el botín acabe en los sótanos del parisino Musée de l’Homme… Asimismo, la tala indiscriminada de ceibas, cuyas maderas preciosas se exportan a China y Occidente, ha supuesto que cada vez haya más locos deambulando por pueblos y ciudades: sucede que muchos genios habitan las ceibas y cuando las talan se quedan sin casa y deben poseer a algún humano para vivir en él.
El saqueo físico y espiritual conlleva que las élites ciudadanas den su espalda a la espiritualidad africana, suplantada por religiones importadas como el cristianismo o el islam. No debe olvidarse que aquella espiritualidad viajó al Nuevo Mundo con los esclavos: así, los orishas de Cuba, las deidades de Salvador de Bahía o el vudú de Haití proceden del África occidental. Y hacer un esfuerzo para que la ancestral sabiduría esté, por lo menos, equiparada a las nuevas creencias impuestas se antoja otra urgencia para Jordi Esteva.
La eficaz suplantación de creencias fue debida a la labor de misioneros cristianos incapaces de distinguir entre sacerdotes y brujos. Redujeron así la sapiencia africana a mera idolatría de fetiches y máscaras, sin interés por buscar significados espirituales o filosóficos. El resultado es que muchos africanos han perdido toda conciencia de su patrimonio espiritual y cultural: no saben nada ni de África ni de su herencia.
Tras asistir a otro de esos ritos de iniciación que escenifican un drama antiguo y sagrado, a Esteva no le cabe duda de la trascendencia de esa fuente de sabiduría que intenta sobrevivir en un mundo homogéneo. Un mundo que no da respiro al misterio ni a lo sagrado. El autor de Viaje a un mundo olvidado siente la necesidad de salvaguardar el conocimiento atávico de las komián porque, «de lo contrario, se perderá una antiquísima cultura que conecta con las fuerzas de la naturaleza y sabe escuchar el lenguaje de los muertos. Las komián poseen la llave de lo inexplicable y sus secretos deben preservarse».
No solo África sufre su pérdida de identidad. En otro viaje, esta vez por el océano índico, concretamente en Omán, Esteva lamenta el desinterés que percibe en ese pueblo por sus raíces: «Disimulan sus bostezos cuando les cuento historias de antiguas travesías y naufragios. Solo les interesan los coches y los inventos modernos. Sin embargo, tarde o temprano, las nuevas generaciones querrán saber cómo era la vida en sus países antes del petróleo. Será demasiado tarde porque ninguno de los mayores estará ya en esta tierra para explicárselo». El regalo envenenado del oro negro cambió para siempre el alma de aquellos aguerridos beduinos y de los antiguos mercaderes de Arabia.
LA ESCRITURA, LA FOTOGRAFÍA Y EL CINE. La experiencia de Esteva en la revista Ajoblanco, para la que se citaba con artistas como Cohen, Goytisolo o Cabrera Infante, le sirve para aprender a entrevistar, escuchar y sintetizar. Ya en Costa de Marfil la fiesta del ñame ofrece al fotógrafo un paraíso de culto a los ancestros, libaciones y sacrificios. Es el África real, no la que se divisa desde un coche oficial con aire acondicionado. La recepción oficial con Koffie Mourouffie I para la fiesta del ñame permite a Esteva fotografiar al rey iluminándolo con lámparas de keroseno. Las experiencias narradas en «La fiesta de los ancestros» dan como fruto Viaje al país de las almas, cuyas fotos se exponen causando escándalo en quienes solo ven en ellas magia negra y satanismo. Jordi habla sobre el oficio: «No me preocupaba reflejar la interacción con la audiencia. Ni siquiera el lugar donde se escenificaba aquel drama (el de las personas poseídas por genios o espíritus). Apenas dejaba respirar a los sujetos fotografiados, porque quería eliminar de mis composiciones todo lo que parecía superfluo para concentrarme en lo que verdaderamente me atraía: la persona. Que hablaran los ojos, la boca, el cuerpo, la piel cubierta por gotas de sudor o arcilla y ungüentos secretos».
La sacerdotisa Adjoua convence a Jordi Esteva para regresar a África. Ahora él empuñará una cámara para filmar junto a un pequeño equipo. La poca profundidad de campo del video de la época, donde todo quedaba plano y demasiado enfocado, es arreglada por un artilugio que se adapta a cualquier cámara. Esteva acopla sus objetivos Nikon para rodar escenas buscando los claroscuros de Jacques Tourneur. Aprende a medida que graba una película donde tías buenas y tópicos quedan vedados. El guion se escribe sobre la marcha: los hechos impredecibles en aquel mundo lo trastoca todo. Adjoua es protagonista de la película Retorno al país de las almas, una metáfora sobre las culturas en vías de extinción, sobre los mundos que se desvanecen arrollados por la globalización, no un estudio antropológico al uso. Pero lo cierto es que recrear en cine lo ya fotografiado no llena a su creador. Esteva rodará después Komián y Socotra, la isla de los genios. En Komián su protagonista es poseída por el genio de la pantera. Asegura Esteva: «Me impactaron sus movimientos de felino. También su respirar profundo y sus gruñidos. En todos mis años de trabajo de campo en Costa de Marfil no había visto nada parecido».