Una mirada desde el otro lado del Atlántico podría ayudar a muchos españoles a encontrarle la cuadratura al círculo de la carta pública del presidente Pedro Sánchez para meditar si valía la pena o no (el poder como sacrificio) seguir en el gobierno ante la ofensiva opositora para investigar en un primer paso presuntos tráficos de influencia y posibles evidencias de corrupción de su esposa Begoña.
Este tipo de movimiento se conoce en Iberoamérica como ”fuga hacia adelante” o una forma de adelantar vísperas y encarecer con crisis/colapsos de gobierno decisiones institucionales y legales polémicas que forman parte de la democracia: la rendición de cuentas. La amenaza del presidente Sánchez de renunciar al gobierno del PSOE al que llegó en 2018 por una impugnación del proceso parlamentario de moción de censura adelantó un colapso de gobierno a cambio de cerrar cualquier tipo de indagatoria sobre las irregularidades de la esposa del presidente que carece de funciones legales, pero que presuntamente se ha visto beneficiada de recursos públicos y relaciones con el poder presidencial.
Lo que se ha visto en los medios aquí en Iberoamérica sobre la crisis en España parece enfocarse en dos de los temas fundamentales que prevalecen en el fondo: el agotamiento de la transición democrática de 1978 con la aprobación constitucional mayoritaria y la configuración de monarquía parlamentaria que viene desde la Constitución de Cádiz de 1812.
En la revisión de los medios no he visto que algún analista o comentarista español le haya dado una relectura al libro Manual de Resistencia (Planeta, 2019), del presidente Sánchez, cuyo repaso debe ser doble: el registro de la lucha política de Sánchez desde la adversidad hasta la toma de la Presidencia en 2018 a través de una moción de censura y luego la alianza con los independentistas y la percepción que puede ser no tan maliciosa de que ahí está establecido el objetivo de dar por terminada la transición de 1978 e iniciar un nuevo ciclo que tendría que pasar --como lo señala en la primera línea de las concusiones del texto-- por “una renovación del pacto constitucional".
En el capítulo 12 “Continuar la historia” se desarrolla con claridad la intención del presidente Sánchez de haber llegado al gobierno para encabezar lo que se entendería como interpretación de su libro y de su proyecto político de gobierno como una nueva transición política liderada desde el poder presidencial, pasando por encima de los partidos, el sistema monárquico parlamentario y las estructuras del sistema/régimen/Estado/Constitución y operando --en un tufo populista Iberoamericano que hoy está en boga-- “con participación de abajo arriba”, como ha ocurrido con los regímenes populistas de México, Colombia, Brasil, Ecuador, Argentina, Bolivia, Perú y otros.
Hasta donde se tienen indicios, en España no se percibe un gran debate sobre dar por cancelado el período de la transición de 1977-1978, los conflictos sistémicos no ven --en el modelo de los ciclos de Leonardo Morlino sobre las transiciones o en las percepciones de Juan Linz-- que la democracia de la transición esté llegando al límite de la viabilidad de sus postulados y haya entrado en una fase de crisis que requiera otra transición. Lo dice claro Sánchez: “no me planteo la renovación de la Constitución como un hito, sino como un proceso”, y señala con claridad que la única fuerza política con capacidad para reformular la Constitución es el PSOE, aunque en la votación directa en el 2003 haya sacado 31.68% de los votos, contra 33.1% del Partido Popular, aunque Sánchez armó una coalición mayoritaria con los grupos independentistas.
A partir del libro y de lo que ha dejado entrever en sus acciones de poder, se puede más o menos percibir en el discurso político del presidente Sánchez algo de lo que ha tenido expresiones en ciertos desdenes con la monarquía. En este contexto, el presidente escribió que la actual Constitución ya cumplió su función sistémica “y lo que hay que hacer es abrirlas (las instituciones constitucionales) a la ciudadanía”, de manera particular con los jóvenes que por cierto no parecen estar muy convencidos del eje del régimen monárquico.
A la luz de lo ocurrido con el arrebato populista de hacer una pausa institucional de cinco días para repensar si vale la pena la presidencia- --y el resultado fue que el poder sí vale esa pena de sacrificio personal y otros--, la relectura de las conclusiones del capítulo 12 del Manual de Resistencia adquiere las dimensiones de un programa político para reconfigurar el régimen de España. Y lo dice con claridad al anunciar trabajos de reorganización de régimen:
“Será también la forma de volver a conectar generaciones: mucha gente joven considera que este sistema está hecho para otros, no para ellos, porque son los que más han sufrido la crisis y la siguen sufriendo. Resulta paradójico porque los jóvenes han crecido ya plenamente europeos, han estudiado fuera, han participado en el programa Erasmus, se sienten cosmopolitas que otras generaciones más mayores”.
Con astucia política, Sánchez parece catapultar su reinserción en la presidencia con miras a conquistar la dirección política de la Unión Europea y por eso adquiere importancia su planteamiento: “la socialdemocracia europea debe enarbolar la bandera de una convención constitucional en Europa. Es verdad que se hizo y fracasó, pero hemos de intentarlo de nuevo, es el impulso integrador que necesitamos cuando superemos el Brexit. Pero para emprender esa reforma de los tratados es imprescindible un fuerte impulso político”. Y lo plantea: “si España reformará su Constitución, sería el primer país europeo que lo hiciera en el siglo XXI para adaptarla a Europa y diríamos un ejemplo de impulso y de convicción en los valores europeos”.
Todo liderazgo populista americano o europeo parte de la consolidación del poder personal de su líder, del principio político de que la historia comienza con ellos y que los liderazgos personales dan más que suficiente para encabezar a masas que están esperando consolidarse como fuerzas dominantes en regímenes políticos de representación y de instituciones poco flexibles. Por eso, en su libro, Sánchez convoca a que “abramos un proceso que se inicie ahora y acabe en seis, ocho o diez años (con él al frente, supongo)”, pero dando por terminada la transición de 1978 y dejando claro que “no puede ser un entendimiento PPPSOE” porque el mensaje electoral de la ciudadanía es otro: la alianza con los independentistas antimonárquicos.
En este contexto, la pausa presidencial de Sánchez formó parte de una estrategia de reconfiguración populista de España que recuerda a Hugo Chávez y el re-principio de la historia.
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@carlosramirezh