Opinión

Pensamiento y lenguaje

TRIBUNA

José María Méndez | Jueves 02 de mayo de 2024

¿Podemos pensar sin palabras? Mucho se ha escrito sobre esta cuestión con sendas razones en uno y otro sentido. Quizá haya una solución que podría contentar a todos. Sería ésta: en la práctica todos pensamos siempre con la ayuda de palabras; pero en teoría puede darse el pensamiento sin palabras, aunque en casos muy excepcionales.

Los griegos llamaban dianoia al pensamiento puro o totalmente interior a la mente, y lexis a la trasmisión del pensamiento de una mente a otra mediante algún tipo de lenguaje.

Afortunadamente contamos con el testimonio ciertamente excepcional de Helen Keller. Ciega y sordomuda consiguió acceder al lenguaje gracias al conocido como milagro de Anne Sullivan. Introdujo una mano de la niña Helen en el agua de un pozo mientras palpaba su otra mano con unos toques codificados de acuerdo con las letras de la palabra inglesa “w-a-t-e-r”. Helen captó la relación entre los toques en una mano y la simultánea sensación del agua en la otra. En su informe al Instituto Perkins de Boston, del que dependía Anne, escribió: Helen ha aprendido que cada cosa tiene un nombre y que el alfabeto manual es la clave para conocer todo lo que quiera (Helen Keller, “The Story of my Life”, The Modern Library, New York 1903, Reedición 2003, Pag. 230).

A partir de ese momento, el progreso de Helen fue extraordinario. Ya podía pensar valíéndose de estas palabras, que Sullivan denomina manuales. Antes del milagro sólo disponía de las sensaciones proporcionadas por el sentido del tacto. Luego Helen señalaba algún objeto y pedía a Anne sus correspondientes señales manuales, que funcionan igual que las palabras materiales, o sea, las que denotan alguna realidad según un código de símbolos socialmente aceptados. Pueden gestos, los toques en la mano antes citados, o los habituales fonemas de los que hemos tenido la suerte de que nuestros oídos funcionen. No mucho después Helen también aprendió a leer signos en relieve tipo Braille y a dibujar las letras con un lápiz. Y hasta entender lo que decía la gente poniendo los dedos en sus labios.

La primera frase de Helen después del milagro fue “doll is on bed”, la muñeca está en la cama (O.c. Pag. 29).

Aparte de las palabras materiales arriba mencionadas están las palabras formales. Son los operadores lógicos. No denotan nada, sino que gobiernan las palabras materiales. El primer operador es al afirmador-negador. En la frase anterior se trata de una afirmación expresada mediante la palabra inglesa is.

Volviendo al principio, la pregunta ahora pertinente es ¿podía Helen pensar el equivalente a esa frase antes de poseer el lenguaje? Obviamente sí. Poseía el sentido del tacto y eso bastaba para saber si algo es una muñeca o no lo es. Igualmente sabía si algo es una cama o no lo es. Y por último poseía el afirmador-negador. Sabía si se daba o no coincidencia temporal entre ambas sensaciones. Existían en su mente todos los elementos que componen la frase “la muñeca esta en la cama”.

Lo que no podía Helen era comunicar a los demás lo que ocurría en su mente. Pensaba, pues poseía los operadores lógicos y la información proporcionada por el sentido del tacto. Pero no disponía de palabras materiales. Había dianoia pero no lexis. Así pues, en teoría está claro que existe de hecho el pensamiento puro o sin palabras materiales. Aunque hay que acudir a casos parecidos al de Helen Keller para caer en la cuenta de ello.

Las sensaciones interiores en la mente de Helen fueron sin duda muy diferentes de las dos palabras materiales muñeca y cama, da igual si orales, escritas, táctiles o expresadas con gestos. Pero el afirmador-negador, en cuanto operador lógico fundamental para enunciar la frase, en cuestión, es el mismo antes del milagro que después del mismo. Varían las palabras materiales. Pero los operadores lógicos o palabras formales son los mismos en los más o menos cinco mil idiomas existentes ahora, o en los que existieron antes.

Con todo, en la práctica el pensamiento puro o sin palabras no puede ir muy lejos. Antes de poseer el lenguaje Helen Keller ni siquiera era capaz de distinguir entre el agua y el vaso que la contenía. Ambas cosas eran un único objeto para ella. Sólo tras el milagro consiguió hacerse idea del agua como tal (O. c., Ibidem). Más dificultades encontró con las ideas abstractas. Anne tuvo que teclear muchas veces en la frente de Helen la palabra “t-h-i-n-k”. Y sólo tras muy larga insistencia ésta comprendió que se trataba del proceso que ocurría en su propia mente (O.c. Prefacio del editor, XIII).

Por otra parte, el lenguaje es una construcción social en su aspecto material. Las palabras materiales son el resultado de constantes intercambios lingüísticos. Los que hemos tenido la suerte de haber poseído siempre la visión y la audición hemos aprendido el lenguaje al mismo tiempo que progresaba nuestro pensamiento puro. Y sin darnos cuenta siquiera de esta coincidencia. Nunca hemos estado en las penosas condiciones de Helen Keller. El constante uso del lenguaje multiplica nuestras posibilidades de razonar, discurrir o pensar. Quizá por eso esté tan extendida la falsa idea de que es del todo imposible pensar sin palabras.

Así pues, en mera teoría al menos, hay dianoia sin lexis. Pero en la vida práctica de la mayoría de las personas ambas realidades se fusionan con gran rapidez. Sólo apreciamos su diferencia teórica en casos excepcionales como el de Helen Keller. Es comprensible que, a partir del milagro del agua en el pozo, la niña empezase a pensar con portentosa velocidad. Y es admirable en sumo grado que llegase luego tan lejos que consiguiese un título universitario, escribiese catorce libros en un inglés que sorprende por su gran calidad literaria, y hasta aprendiese francés y alemán.

El Instituto Perkins de Boston, en que trabajaba el inventor del teléfono Graham Bell y al que pertenecía Anne Sullivan, codificaba los toques en las manos según las letras consonantes y vocales del alfabeto inglés. Digamos que fabricaba palabras materiales para minusválidos. Pero si vamos al principio de todo, las palabras materiales del homo sapiens, recién obsequiado con el regalo divino de los operadores lógicos, tuvieron que consistir sobre todo en gestos. El aparato fonador de aquellos primates no daría más que para los tres o cuatro sonidos diferentes que observamos en los monos actuales. O quizá menos, pues eran primates más

primitivos.

Los gestos no tienen conexión alguna con las letras del alfabeto. Designan directamente los objetos. Precisamente por eso todo el mundo los entiende. Los gestos son los mismos para todos los humanos. Tuvo que darse una larga evolución de al menos 150.000 años hasta que nuestro aparato fonador dispusiera de los más o menos treinta fonemas de los idiomas que ahora hablamos. Es justo lo que describe el episodio bíblico de la Torre de Babel: el paso desde un idioma gestual común a todos los humanos hasta la multitud de idiomas fónicos, que provocan la incomunicación entre los hablantes de lenguas materialmente distintas. Esta incomunicación no es formal, pues los operadores lógicos son los mismos para todos los humanos. Pero basta que las palabras materiales suenen distinto para no entender lo que nos dicen en una lengua que no es la nuestra.

Swift imagina que Gulliver llega a un país donde no conocían el lenguaje, según dice él. Cada cierto tiempo organizaban una feria para comprar y vender. Como no tenían fonemas, indicaban todo con gestos. Llevaban en un carro todas las cosas sobre las que querían hablar. Una conversación de diez minutos era tan extenuante, que luego había que descansar quietos en la cama durante un mes. Switf dice que no tenían lenguaje. Lo exacto es que usaban precisamente el lenguaje gestual y único antes de Babel. Los operadores lógicos no los cargaban en el carro. Cada uno de los feriantes los llevaba puestos.

Tampoco en la escritura lo primero fue la conexión entre los grafos y las letras de un alfabeto. Las escrituras A y B del Palacio de Gnossos en Creta vinculaban los grafos con sílabas de la lengua griega. Manejaban al menos 90 grafos en vez de los 24 del alfabeto griego. Por eso costó tanto descubrir que se trataba de la lengua de Homero.

Estas disgresiones no deben apartarnos de lo esencial. Estamos examinando la relación entre pensamiento y lenguaje. Y siempre lo decisivo son los operadores lógicos, y en especial el primero de ellos, el afirmador-negador, que nos permite decir la verdad o mentir mediante una simple oración gramatical compuesta de sujeto y predicado.

Los lenguajes difieren entre sí sólo en el aspecto material. No en el formal. Cuanto más difícil es construir palabras materiales, como en el caso de Helen Keller, tanto más queda claro que las palabras formales son las mismas para todos los humanos. Y cuanto mayores son las facilidades para crear nuevas palabras materiales, tanto más aumenta el riesgo de olvidarnos de que los operadores lógicos son el regalo supremo que sólo Dios puede hacer.