Opinión

El signo insignificante

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 02 de mayo de 2024

Hace unos días hablaba aquí del insignificante para señalar la escasa importancia de la decisión del ínclito presidente. Me sigue pareciendo que su decisión carece de importancia, pero es signo indudable del momento en que nos encontramos. El signo pide su interpretación, aunque su importancia es menor porque el momento venía siendo anunciado antes y más allá de aquellos cinco días de estupefaciente propaganda.

Desde hace décadas sabemos que la constitución de 1978 entrañaba una comprensión aporética, finalmente trágica, de la nación política. Esa comprensión que se expresaba en la absurda fórmula: “nación de naciones”. Sabíamos que su desenvolvimiento alcanzaría el límite en el que, por fin, nos encontramos. El espectáculo del señor reflexivo quiere significar una inflexión determinante que consistirá en un paso a la acción en que se van a medir las fuerzas reales que tensan la sociedad y el estado.

Hemos de esperar actos represivos: contra el poder judicial y la libertad de prensa, en primera instancia. La respuesta irá dando la medida de los movimientos posteriores, que podrían ir hacia la constitución federal del estado, con su necesaria configuración republicana. La economía se verá afectada, pero no en dirección a ningún socialismo anterior, sino en dirección a la mutua depredación nacionalista en la que las comunidades sin otra identidad que la española sufrirán un grado superior de explotación. Dependerá del estado efectivo de fuerzas que vamos a contrastar en los próximos meses.

Se me dirá que es un signo importante, pero ha de serlo sólo para los que parecen haber amanecido hoy del largo sueño de nuestra democracia casi española. La arenga estupefaciente del reflexivo presidente ya anuncia que no tolerará desviaciones de la verdad. Parece que se va a poner fin a la era de la posverdad con la determinación publicitaria de la verdad rotunda del poder político. La libertad de prensa se sujetará a la emanación presidencial, la verdad jurídica a la idea atroz de que ninguna ley puede ser injusta. A la muerte del derecho le sucederá una legislación abrumadora.

El mito de la izquierda emancipatoria y amable endulzará la amputación y una población envilecida aclamará al pacificador. Es estética cualquier semejanza del programa de este socialismo reactivo con el impulso radical del socialismo primario del siglo XIX o, incluso, con el socialismo industrial del XX. Su federalismo de patria chica sin mundo grande, su globalismo emocional y meramente económico-técnico, su elegancia de burguesía vulgarizada. Nada hay de la realidad que contuvo la idea socialista, queda el simple resentimiento y la mera astucia de una muchedumbre obstinada en seguir gozando del privilegio en nombre de una verdad y una justicia reducidas a consignas publicitarias.

La derecha liberal se verá superada en su propio terreno, ya hace tiempo que le robaron la fraseología y el gesto. El totalitarismo que hoy se nos presenta no viste camisas negras, ni siquiera añora el rojo – más allá de la propaganda – viste el polícromo uniforme de unas pretendidas víctimas, distribuidas en numerosas minorías sufrientes y atormentadas. El más doloroso de los totalitarismos, el plebeyismo democrático, acaba de anunciar su aceleración hacia la nada.

Allí está instalada hace tiempo la muchedumbre española, disfrutando en el gran centro comercial de estas vísperas del vacío, de este presente sin mañana. La cuestión se decidirá pronto en un contraste de fuerzas que no permite albergar grandes esperanzas. Bienvenidos a la dictadura ultrademocrática.