Profundizar en el deterioro cognitivo que se produce con la edad puede ser más fácil con el estudio realizado con un grupo de perros por científicos húngaros: Concluyen que los canes tienen el factor g de la inteligencia que comparte muchas características con su homólogo humano, entre ellas, los patrones de envejecimiento.
El estudio de la inteligencia general o factor g, como explica el profesor Fernando Maureira Cid en su obra ¿Qué es la inteligencia?, de la Universidad Católica Silva Henríquez, en Santiago de Chile, ya desde sus inicios, se dividió en partidarios de ella como un factor innato, hereditario y con poca o nula influencia del ambiente (Galton, Goddard y Teman) y partidarios de una capacidad modificable por el entorno (Binet y Simon).
En este contexto, Charles Spearman (1904), guiado por las ideas de Galton, postuló la existencia de un sólo factor de la inteligencia, de naturaleza sensorial y que se correlacionaba con el rendimiento académico. Posteriormente, en 1923, Spearman postula la existencia de dos elementos o factores que son intrínsecos de la inteligencia, formulando así una teoría bifactorial de la misma. Una es el factor g o factor común que corresponde a un aspecto que comparten todas las habilidades, lo que lleva a que un sujeto que presenta buen rendimiento en una prueba cognitiva también tenga resultados buenos o relativamente buenos en otras pruebas.
Para Spearman, esto es posible de medir con las correlaciones que se hallan entre los resultados de diferentes test. Para el autor, este factor era una especie de energía mental, de tipo hereditaria, estable a través del tiempo, pero que varía de un sujeto a otro.
En el estudio que ahora difunde GeroScience, un equipo de científicos de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) investigó si existen influencias relacionadas con la edad, estadísticamente independiente, en la estructura cognitiva canina y cómo los factores individuales moderan el envejecimiento cognitivo, en muestras tanto transversales como longitudinales.
Estos investigadores recuerdan que la comprensión de la inteligencia y el funcionamiento de la mente siempre se han considerado el Santo Grial de las ciencias naturales. En su opinión, los animales pueden proporcionar información valiosa sobre los orígenes y su organización.
Así, subrayan que, en humanos, el éxito en diversas pruebas cognitivas tiende a correlacionarse positivamente; por ejemplo, aquellos que sobresalen en matemáticas, también pueden destacar en literatura. Por tanto, las capacidades cognitivas humanas se centralizan algo, pero también se organizan jerárquicamente, desde el desempeño de tareas específicas hasta dominios cognitivos más amplios.
En la cúspide de esta jerarquía se encuentra el llamado factor cognitivo general o factor g. Componente fundamental de la inteligencia, influye en todas las capacidades cognitivas subyacentes y se relaciona estrechamente con el éxito académico y profesional.
Bórbala Turcsán, miembro del equipo, hace hincapié en que “el rendimiento cognitivo y sociocognitivo de los perros es un tema muy popular en la literatura científica, aunque la mayoría de los estudios son comparativos y se centran en el rendimiento de los perros como especie. Sorprendentemente, estos estudios han pasado por alto en gran medida las diferencias individuales en habilidades específicas y las razones que llevan a ellas. Como resultado, sabemos muy poco sobre cómo se estructuran las capacidades cognitivas de los perros”.
Para analizar todo esto, reunieron una serie de siete tareas para evaluar el rendimiento cognitivo de 129 perros de familia, de entre tres y 15 años, y los rastrearon durante dos años y medio.
Las pruebas formaron una estructura jerárquica similar a la que se observa en la cognición humana. Los investigadores identificaron dos amplios dominios: la resolución independiente de problemas (pruebas de persistencia, resolución de problemas y memoria) y la capacidad de aprendizaje (asociativo y de un solo ensayo).
Estos dominios estaban interconectados, lo que indica que los perros con mejores habilidades para resolver problemas generalmente aprendían nuevas tareas más rápidamente. Así, -subrayan- se confirma la existencia de un factor cognitivo general de orden superior que los une. Basándose en la literatura humana, los autores se refirieron a esto como el factor g canino.
También quisieron verificar si existe un poder predictivo similar al descrito para humanos. “Para confirmar que efectivamente hemos identificado el factor cognitivo general, examinamos si se correlaciona con características individuales que, según la literatura de humanos y otras especies animales, se asocian con el factor g”, destaca Tamás Faragó, también del equipo.
Los resultados revelaron que los perros con puntuaciones altas de factor g eran más propensos a explorar entornos desconocidos, mostraron mayor interés en las novedades y se desenvolvieron mejor en nuevas situaciones de aprendizaje que los canes con puntuaciones más bajas.
Además, la puntuación g de los perros también se relacionaba con su personalidad, que se midió mediante un cuestionario cumplimentado por los dueños de los animales. Una puntuación alta del factor g se asoció con niveles más altos de actividad, nivel y capacidad de entrenamiento. Estos hallazgos confirmaron que el factor g canino se parece al humano no sólo en la estructura, sino también en las correlaciones externas.
Además de los numerosos paralelismos, la exploración de las correlaciones de las capacidades cognitivas caninas ha abierto nuevas perspectivas en el campo de la investigación sobre el envejecimiento.
Para Zsófia Bognár, autora principal del estudio, “es bien sabido que a medida que los perros envejecen, su atención, capacidad de aprendizaje y memoria disminuyen naturalmente. Sin embargo, si hay interconexión entre las capacidades cognitivas, es posible que su deterioro con la edad no sea independiente, sino que se vincule a un factor subyacente común detrás del deterioro de diversas capacidades”.
Durante dos años y medio, este equipo rastreó los cambios en el rendimiento cognitivo de perros y demostraron que, de hecho, existe un deterioro cognitivo global: la puntuación del factor g canino disminuyó con la edad.
Sin embargo, estuvo influenciada por el estado de salud de los perros. Aquellos con peor salud exhibieron una disminución más rápida en el valor del factor g con la edad, pero no observaron ningún cambio significativo con la edad en los perros con buena salud.
Si bien esta disminución global afectó a todas las capacidades cognitivas, los resultados también revelaron que los cambios relacionados con la edad en la memoria y las capacidades de aprendizaje asociativo tienen influencia de otros factores, lo que conduce a dinámicas de envejecimiento diversas.
Concluyen en su estudio que este patrón de envejecimiento se parece al humano y es un hallazgo importante para investigaciones posteriores que identifiquen las causas moleculares y neurológicas del deterioro cognitivo.
Finalmente, para la profesora Enikö Kubinyi, esta nueva investigación “destaca paralelismos intrigantes entre el envejecimiento humano y canino, fortaleciendo aún más el argumento de que los perros sirven como modelo para la investigación del envejecimiento. Además, nuestros hallazgos respaldan la existencia del factor g canino, lo que sugiere que los perros también pueden ayudar a comprender la evolución y los antecedentes de la inteligencia humana”.