Opinión

¿Sabemos qué pintamos en Afganistán?

José Antonio Sentís | Martes 11 de noviembre de 2008
Ha debido pasar más de un lustro para que alguien, que no fuese de la tribu "belicista" de Bush y Aznar, explicara las guerras del Asia cercana con casi idénticas palabras, que se leyeron textualmente durante todo el lunes en EL IMPARCIAL: "Estamos en Afganistán porque quienes han arrancado la vida de nuestros compañeros no sólo amenazan al pueblo afgano, amenazan la libertad y amenazan la seguridad de todos, también de nuestras familias, también de las familias españolas".

Lo ha dicho Carme Chacón, la ministra española de Defensa, ante los cadáveres de los dos últimos de los casi cien militares españoles muertos en el conflicto del Medio Oriente. La misma Chacón, dura debeladora en su momento de la guerra de Irak, mujer de raíces pacifistas, cuando no antimilitaristas que es, sin embargo, una ministra de respetada trayectoria desde que ocupa su puesto, voluntariosa, valiente y en la primera línea cuando hay que dar la cara.

Como no oculto mis simpatías, reconozco que la tengo por ella, en los acuerdos, algunos, y en los desacuerdos, que son bastantes. Pero ha sido ella quien ha tenido que dar la clave oculta, que los suyos, su partido, han camuflado durante todo el conflicto afgano-iraquí.

Estamos en Afganistán (como estuvimos en Irak, añado) porque ahí se libra la guerra sorda de supervivencia occidental. Porque, tras la amenaza directa de agresión islamista a nuestro suelo, escenificado en la destrucción de las Torres Gemelas, sólo había dos posibilidades: o poner un escudo fronterizo frente a la ola fundamentalista crecida por el éxito terrorista, o ir a la madriguera del terrorismo, a su cuartel general, a su territorio, a sus vecinos. Y plantar una estaca en el corazón del enemigo, poner el aliento en su nuca.

Hace tanto tiempo que sostengo que las guerras de Oriente Medio son geoestratégicas, y no liberadoras ni punitivas, ni económicas ni petrolíferas, que no aspiraba a que alguien que se jugara elecciones lo reconociera.

Pero lo ha dicho Carme Chacón. Porque seguramente era la única que podía hacerlo. Porque delante de los ataúdes cubiertos con la bandera de España, a una mujer, a una madre, o a cualquiera que tenga sensibilidad le es imposible decir que las muertes de las que se duele han sido por nada. O que han sido por Bush o para que Cheney ganara dinero con el petróleo.

Y Chacón ha dicho la verdad. Nuestros soldados, e incluyo aquí a los españoles muertos ahora, y a los hispanos que combaten en nuestras filas, (y con ellos a los ingleses, canadienses, polacos, italianos… y miles de estadounidenses) están en ese maldito escenario por una razón. Porque, como la ministra percibió, siendo duro morir, peor es hacerlo sin sentido. Y que tenía sentido, dentro de la pavorosa tragedia, ese sacrificio.

Occidente, en general. Bush en particular. Aznar, en España. Y Zapatero, al no renunciar a la misión en Afganistán, una vez conseguido rédito político de la retirada de Irak, lo saben.

De las dos posibilidades de una guerra cruel, la una estaba dentro de las fronteras propias, a la espera de la próxima bomba en un metro. La otra, extramuros. No lo inventaron ellos. Los romanos prefirieron luchar en la periferia, en el gran limes del Imperio, porque si la amenaza se acercaba podrían desaparecer, tal como sucedió con el tiempo.

La exportación de la guerra fuera de las fronteras occidentales tiene la misma implacable y dramática lógica. Allí libran la batalla las vanguardias profesionales de nuestros ejércitos, y nuestras familias se quedan tranquilamente en casa con sus compras en el hipermercado o en sus apartamentos playeros.

Y esa acción bélica occidental ante las propias barbas del enemigo fracturó a los fundamentalistas más aguerridos, que habían buscado el liderazgo que unificara a los islamistas gracias a su capacidad de golpear al Imperio.

Debilitado ese liderazgo (para entendernos, modelo Ben Laden), las contradicciones en el islamismo se agudizaron. La vanguardia terrorista ya no era invencible. Ninguna de las facciones islámicas tenía por qué comandar la Yihad. Y se reabrió la guerra civil siempre larvada en las sociedades islámicas. No volvieron los atentados a Nueva York. Los suicidas se inmolaron en el desierto, y la única victoria parcial del terrorismo fue en la España de Zapatero (pero sólo por oportunismo en Irak, pues se mantiene firme en Afganistán, pese a recoger una treintena de cadáveres).

En la brutal lógica de los conflictos de poder, queda claro para Occidente, de Bush a Aznar, y probablemente de Zapatero a Obama, que mientras se matan entre ellos, no nos matan a nosotros. Esta es la verdad, por bestial que sea decirlo. Pues no se trata de la moral que desearíamos, sino de la realidad salvaje que mueve a los humanos.

Tenemos, tienen los nuestros, que morir a allí, porque el conflicto debe permanecer lejos.

Pues mientras mueren ellos y aquellas familias, no mueren las nuestras.

Están ahí nuestros militares para defender a nuestras familias.

Lo ha dicho Carme Chacón. Sólo una madre de familia podía decirlo.

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