«Hace un par de años que creía haber encontrado la felicidad». Es una de las frases del último capítulo de El pozo, de Juan Carlos Onetti. Yo también lo creí. Firmemente.
La primera novela del escritor uruguayo, publicada en 1939, nos presenta las divagaciones, los recuerdos, el monólogo, de Eladio Linacero. El protagonista, rozando los cuarenta años y desprovisto de tabaco, hace balance de su vida durante un caluroso fin de semana en la pieza que comparte con Lázaro, el cual es retratado como uno de los muchos otarios de la revolución. Eladio evoca las mujeres de su vida: Hanka, la jovencita con la que salió por unos meses; Ana María, la muchacha de la que abusó cuando él sólo era un adolescente. Pero, sobre todo, recuerda a Cecilia Huerta, la mujer con que se casó y creyó ser feliz. Eladio, ahora, espera el fallo del juicio para el divorcio. Nada le importa el resultado. Y sabe que de nada sirve hablar con los dos tipos de personas que quizá hayan paliado más el sufrimiento de la humanidad: las putas y los poetas. Tanto su cita en la habitación de un hotel con la puta Ester como la plática literaria con el poeta Cordes le abocan a la misma certeza: «No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza». Absolutamente nadie.
El malogrado descubrimiento de que es imposible disolver mi odioso yo en el otro, sin embargo, no acontece cuando Eladio ha consumado la ruptura con Cecilia. Tiempos antes, cuando todavía dormían juntos, Eladio rememora una noche de verano en la que esperaba a su todavía prometida. Ella bajaba, vestida de blanco, con pasos ligeros, por la rambla a la altura de Eduardo Acevedo. Esa imagen, preservada en su memoria como el recuerdo de un santo en su relicario, es la huella de su felicidad. Entonces, Eladio despierta a su mujer, le hace vestirse como aquella noche estival y le lleva hasta el mismo lugar para que baje hasta él como en aquella ocasión. La mujer sigue las órdenes de su alucinado marido. Sube y baja varias veces por la rambla. Él sólo quiere volver sobre los pasos que un día le condujeran a la felicidad. Estaba convencido de que «había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces». Pero nada era igual. Ni podía volver a serlo.
Eladio cobra conciencia de la situación: no es el rostro de su amada el que ve, no es el cuerpo caliente de su esposa el lugar donde busca abrigo. No. Los ojos de aquella mujer sólo le devuelven la verdad que él sabe y se empeña en negar: todo se acabó. Su cuerpo, que fuera beldad encarnada, no es más que una morgue de promesas de felicidad. Cecilia no ha muerto; es peor que eso. Cecilia es la luctuosa ausencia que le impide olvidar que su única motivación para vivir pereció. Es el cadáver que espeja la condición de Eladio: la de un muerto en vida. Cecilia, que será fuente de felicidad y hontanar de esperanza para otros hombres, anuncia a Eladio lo que aquel que no sea un iluso sabe: «Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos». Eladio lo supo por Cecilia. Ahora, yo también lo sé por ti. Eladio y yo compartimos la esencial intuición de que la vida no es más que «el paso de fracciones de tiempo, una y otra, como el ruido de un reloj, el agua que corre, moneda que se cuenta».