Javier Zamora Bonilla | Martes 11 de noviembre de 2008
Que Barack Hussein Obama vaya a ser el próximo presidente de los Estados Unidos de América es un símbolo innegable de la altura de los tiempos. La importancia de que un mulato con raíces africanas recientes dirija un país, la primera potencia del mundo, en el que hace menos de medio siglo existían diferencias legales en función del color de la piel, no se le escapa a nadie. Obama es todo un símbolo: un símbolo de la deseada normalidad en la convivencia de razas y religiones en Estados Unidos, y un símbolo de la complejidad racial, cultural e ideológica de las sociedades occidentales contemporáneas. Pero si Obama se queda sólo en símbolo, lo que representa su victoria antes o después se perderá, por eso es importante que el mismo 20 de enero pase a la acción.
Obama se ha presentado al pueblo norteamericano para pedir su voto como quien puede impulsar un cambio con su apoyo: “yes, we can”. Ese cambio ofrece perfiles muy diferentes, que van desde una nueva política internacional a un replanteamiento de algunos principios de la sociedad estadounidense. Obama debe liderar una política internacional que no suponga una renuncia al poder militar y económico de Estados Unidos y a su papel de gran potencia, pero que esté abierta a un diálogo constructivo (y no impositivo) con un mundo diverso y complejo. Los atentados del 11-S y toda la política que de ellos se ha derivado son un claro ejemplo del fracaso de la diplomacia norteamericana no de la era Bush sino de los últimos treinta años, una diplomacia que no ha sabido encontrar su lugar en el orden internacional que se configuró de facto tras la caída del muro de Berlín y que no se ha enterado de lo que pasaba en el mundo, enmarañada en viejas disputas de la superada guerra fría y atenta principalmente a intereses comerciales. La actual relación con Rusia es otro buen ejemplo del fracaso de la diplomacia norteamericana, pues no se puede obligar a la gran nación euroasiática, camino de conexión milenario entre dos continentes, a quedar reducida a potencia local, rodeada por estaditos proOTAN, tutelados por el gran jefe yankee. Rusia tiene mucho que decir, por ejemplo, en la relación de Occidente con China y con Oriente Próximo y Medio, sigue siendo clave para el suministro de materias primas a Europa y además todavía tiene fuerza para desestabilizar países de Iberoamérica.
El cambio de Obama ha de llegar también y principalmente al pueblo de Estados Unidos, ese que encabeza su Constitución: “We, the people of the United States”. La actual crisis financiera ha mostrado las insuficiencias de una política que se permite dejar en la cuneta de la historia a grandes masas de ese pueblo. Hasta qué punto Obama será capaz de transformar el papel del Estado es una cuestión que está por ver.
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