Para un mundo complejo como el que ahora vivimos, surgen distintas claves o interpretaciones desde las diferentes miradas. Unas más prosaicas, otras más líricas. Todo depende del camino tomado para la expresión del sentir, para la comunicación de las impresiones. En algunos casos el mensaje se hace claro y en otros oscuro, evidente o complejo, acertado o errado, directo o confuso por la dificultad de su interpretación. En cualquier caso necesario, pues la reflexión es más urgente que nunca en nuestro presente. Tiempos difíciles y sombríos éstos, para los que se precisan captadores de su esencia, traductores de sus componentes.
En este sentido, resulta impactante un libro de poemas. Su título es El óxido de la luz y su autor Pablo Malmierca (Zamora, 1972). Publicado por Lastura, los textos en él contenidos resultan barrocos y bien enigmáticos, pues el autor así lo ha buscado con claras pretensiones sugestivas. Se hace preciso detenerse en cada verso, buscando comprender el sentido de sus poderosas imágenes. Su mensaje es en esencia desolador, como es la triste herencia recogida y perpetuada cada vez con más ahínco por la especie humana. Qué mejor forma que la poesía para traducir las oscuridades de este bosque umbrío en hermosas imágenes terribles. En esencia, se trata de una poética que despierta nuestras sensaciones, haciéndonos intuir constantemente una sinestesia bien particular, un maridaje de imágenes rompedor. El propio título representa un ejemplo de ello, resultando esencial para la comprensión del libro: unir el concepto de “óxido” al de “luz” supone dotar a la representación de lo vital y de lo luminoso de un elemento corrosivo, que ataca directamente a aquello que entendemos como positivo. Algo perturbador e inquietante parece interferir en cualquier amago de esperanza. Se prepara pues una lucha entre ambos opuestos.
El óxido de la luz se compone de tres bloques cuyos títulos encierran ideas alusivas a la desolación mentada. En el primer caso, Navegan los cielos del otoño en catafalcos de piedra, se introduce la idea de túmulo destinado a albergar los restos de un difunto y la sensación de su pesadumbre. Dos “cargas” en el ánimo que se ligan a la idea de otoño como estación más melancólica y, todo ello, a la idea de cielo con su carácter relajante e ingrávido. En el primer texto, Poema de la amanecida, destaca la vivificación de elementos inertes de la naturaleza (“tirita el monte”, “se emborrachan los hilos de la lumbre”), que directamente enlaza con los dos versos finales, incitando a lo humano: “Todo recuerda / al ansia de seguir unos pasos”. En Siempre fue el momento de todo, la esperanza vuelve a tratar de imponerse sobre el desaliento (“Hubo un momento en que el mundo fue desprecio […] Hay un momento / donde todo cambia / […] donde la vista se hace puentes”). En Acarician las manos sin verlas se pregunta directamente “quién será capaz de acaparar la voz y la mirada?”. Una pregunta que tal vez no tenga respuesta, aunque sea esperable la llegada de quien sea capaz de equilibrar la balanza del mundo. En la negación se encuentra la salida hay una invocación del sueño como forma de poner en paréntesis una realidad áspera, donde es posible recuperar lo que nos salva, a pesar de su irrealidad. En el delirio de la inacción el regreso propone una oda a la contemplación como forma de salvación igualmente válida a la del sueño o complementaria. Con Nombrar se establecen los polos opuestos del día y la noche como contrarios necesarios, extrapolables a la vida y al ánimo, en los que hay que vivir o con los que hay que subsistir: “Parco en palabras / atrae el día / la querencia oculta de la noche. […] Vivo entre dentelladas de acero, / entre brazos de musgo, / al abrigo de sentimientos de plomo”. En Limpia los ojos antes de contemplar el ocaso se anima a la fortaleza para enfrentar un nuevo final del día, con lo que conlleva simbólicamente: “Apacigua el olvido, / harto de contemplar / la furia del ocaso”. Buscar el día sin encontrar la noche refleja un nuevo ejemplo de la lucha interna e infatigable por encontrar lo positivo sin hallar descanso (“Perseguir la luz, / invocar ausencias, / los ritmos se asocian a la melancolía”). En Identidad se nos traza un autorretrato de gran realismo, forjado por debilidades, deseos, nostalgias e inseguridades pero, ante todo, coherente: “Ante la grandeza / de otras evanescencias / convertirse en garantes / de la propia cordura”. Continúa esa descripción propia en Arder de esperanza, en el cual se palpa un existencialismo extremo: “Un grito de ahogo, / la sensación de auxilio, / nadie puede asir / el extremo de un aliento gélido. […] Falanges de niebla / recorren el cuerpo / en busca de la incorruptibilidad de la carne”. Y sigue en Vivir en la mentira elaborando un cuadro de tintes insólitos, como si Goya hubiese pintado a Frankenstein —tal es el tormento o zozobra humanos que imprime—: “Crear monstruos / a nuestra imagen y semejanza, / trasunto de beldades / en unos labios muertos”. Aunque el siguiente texto asume este tramo del poemario como partes de un Retrato, es cierto que la esencia del libro mismo supone una confesión del ser introspectivo: “Vestido con los andrajos de la ira, / inercia, / en una silla de musgo / busca identidad / en el fragmento de un espejo”. En Sed de nuevo se produce un combate entre los deseos antagónicos expresados por la razón y el inconsciente: “La miseria es confesar / la sed de luz, / cuando es la oscuridad / a la que imploran los deseos”. En Exceso, el poeta parece sobrepasar los límites con sus necesidades, del mismo modo que Precipicios exhibe una identidad plena de sentimientos a punto de desbordarse. En Espinas hay una descripción del mundo hostil (“Llueve sobre el dolor / de la sangre de un tiempo / que nada / tiene / salvo el poder del dinero”) al que se enfrenta el narrador, ansiando doblegarlo (“Querer que el mundo / se impregne de deseos de futuro”). La animalidad ancestral que late en nosotros se presenta en (…), Ulular o Hambre. También los insectos parecen hablar de nosotros en Paternalismo.
Iniciamos el segundo bloque con Regresar a la esdrújula luz de la noche, donde el último oxímoron marca la búsqueda de la lucidez en las sombras —lo veremos explícitamente en Aguijonean tus ojos (“En la noche / buscar el principio de la luz cegadora”)—. Así se cumple en el poema Esperanza, que deja respirar un poco de aire tras tanta falta de oxígeno. El poeta reconoce que el propio individuo también puede dejarse respirar: “En lo más profundo del cuerpo / laten capilares aún por descubrir, / el goce de una belleza por vislumbrar”. Retornando al masoquismo propio de nuestra especie, Ingrávido ironiza con el autoengaño humano —y la inconsistencia que produce— mediante el lenguaje bíblico: “Dichoso aquel que transita sus días / con una mortaja en los ojos, de él será la mentira”. En Huida se remarca la imposible escapatoria, pues no podemos librarnos de esta invidencia simbólica: “Falla la luz, / ceguera, / ver a través del murciélago que acompaña”. De nuevo la imagen de esa oscuridad o imposibilidad de visión que se cierne sobre nosotros aparece en Luz: “Hijos eternos del ocaso, / deambulamos por una constelación apagada”. La falta de perspectiva hacia un futuro se visualiza en Fracaso: “Convertirse en el vagabundo / sin más destino / que rutear entre pasos borrados en la nieve”. Esta forma de ser remite a la naturaleza corrompida del mundo presente, que de nuevo se trae a escena en Comprensión, convirtiéndose en un hecho: “La inmediatez acosa con su barbarie, / la lujuria de los sentidos / contamina las vivencias. […] La vida se encamina hacia la nada”. Para ir a la contra de este panorama adverso, se aconseja un Camino: “En la inmundicia del orden / esperar la siega del ocaso. // Buscar un atisbo de paz / tras el incendio del deseo”. En Sensación de ausencias predomina el blanco níveo como metáfora de la frialdad, el silencio, la pérdida o la muerte. El Neolenguaje representa la necesidad de obtener un nuevo idioma con el que romper la incomunicación humana. Para ello habría que recuperar nuestra esencia perdida, lo que nos hace lucíferos y que tiene que ver con la pureza presente en la naturaleza de la que formamos parte. Algo así sucede en Mística, donde se presenta una imagen sobrenatural del cuerpo, que se vuelve sagrado en fusión con los componentes de nuestro hábitat: “Afloran brotes de espliego / en los bordes de la espalda, / briznas de pan blanco / en las comisuras de los labios”.
El tercer y último bloque lo representa un único texto en forma de prosa poética. Aquí se insiste en la búsqueda de un lenguaje que no constriña “la palabra y el aliento” y en esa “búsqueda incesante de la oscuridad”
En definitiva, El óxido de la luz da conciencia de la crudeza del mundo que hemos creado y en el que sobrevivimos, así como clama por superar el pozo interminable en el que nos ahogamos y volver a nuestra condición primigenia, subiendo hacia la luz que se encuentra en la superficie. Malmierca pretende la complicidad en el lector, tender puentes que unan en una sociedad cada vez más escindida. Por eso su libro es tan necesario.