Opinión

México: elecciones presidenciales accidentadas, pero institucionales

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Carlos Ramírez | Miércoles 08 de mayo de 2024

Luego de 71 años de dominio del poder presidencial por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI, nacionalista-progresista, neoliberal), México ingresó en el 2000 a la alternancia democrática procedimental presidencial con la victoria del opositor Partido Acción Nacional (PAN, de derecha), sin que se cumpliera la maldición del que fue durante 50 años todopoderoso jefe de los sindicatos priistas: Fidel Velázquez, de que “a balazos ganamos el poder y a balazos no los tienen de quitar”.

Dos datos deben matizarse para tener elementos de análisis:

1.- El PAN, que nació en 1939 para oponerse al proyecto populista del presidente Cárdenas, siempre fue considerado como una oposición leal, es decir, dentro de los márgenes de funcionamiento del sistema/régimen/estado/Constitución del PRI. Durante dos sexenios, 2000-2012, el PAN cogobernó con el PRI que controlaba el poder legislativo y sus programas de gobierno no fue alternativos a los del PRI.

2.- En el siglo XX sólo existieron en México dos oposiciones reales: una, la del Partido Comunista Mexicano, que enarbolaba la bandera de instauración del comunismo; otra, la del PRD, nacida de la coalición de grupos opositores de izquierda, emergió en 1989 con los grupos de izquierda del PRI que se aglutinaron en torno a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, priista hasta 1987 e hijo del general Cárdenas. A pesar de tener el registro legal del PCM, el PRD ha sido un partido neopopulista, de economía de mercado y sólo de programas asistencialistas.

En el 2012, el PAN agotó su fuerza política en la presidencia, perdió las elecciones y tuvo que entregar la Jefatura del Poder Ejecutivo al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, ya con este partido sin definiciones históricas relacionadas con la Revolución Mexicana y en los hechos defensora de la economía globalizada de mercado y por lo tanto un partido del neoliberalismo empresarial.

Por alguna razón que todavía no se ha estudiado a fondo, la ciudadanía que repudió al PRI en el 2000 y --en palabras de rancheras de Fox-- los “sacó a patadas de la casa presidencial de Los Pinos” le otorgó una segunda oportunidad al priismo en el 2012. Sin embargo, el Gobierno de Peña Nieto --hoy exiliado en Madrid para escapar de expedientes de investigación judicial sobre irregularidades y corruptelas-- en las elecciones presidenciales de 2018 apenas pudo acreditar 9% de los votos, cuando su promedio en los primeros cinco periodos sexenales había sido de 95%.

López Obrador fue un desprendimiento político del PRI en 1988, abandonó el partido oficial y se sumó al PRD de Cárdenas, al grado de que fue presidente nacional del partido de 1996 a 1999. López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno de Ciudad de México para el PRD en el 2000 y luego fue tres veces candidato presidencial, dos por el PRD, y uno por su propio partido Morena. El proyecto político de Morena es autónomo y se separó de Cárdenas, en tanto que la oposición se alió en una mezcla extraña del PRI-PAN-PRD, las tres fuerzas históricas que fueron adversarias en el pasado y que hoy conjuntan una sola amalgama política e ideológica.

Las elecciones presidenciales, legislativas federales de las dos cámaras, de nueve gobernadores estatales y de otros cargos de elección popular --más de 20 mil en total-- se realizarán el próximo domingo 2 de junio, dentro de tres y media semanas, pero con tendencias electorales en encuestas que señalan la presunta victoria presidencial de Morena con alrededor de 55% de los votos, contra 25% de la coalición PRI-PAN-PRD.

Como es lógico, la oposición acepta encuestas cuando le benefician y las repudia cuando favorecen al adversario. Pero hay datos sobre la distribución del poder político en México que constituyen elementos para analizar las tendencias: Morena ha ganado 21 gobiernos estatales de un total de 32, dos adicionales que están en poder de sus aliados y otros dos que también tiene entendimientos políticos. En total, el partido del presidente López Obrador tiene el control político-electoral del 78% del territorio nacional a través de gobiernos estatales de su partido. Este dato subraya el hecho de que las tendencias electorales estatales son gestionadas por los gobiernos locales. A ello se agrega el dato de que la aprobación presidencial oscila entre 55%-65% y que prácticamente todos los gobiernos estatales fueron ganados por Morena sólo por la figura presidencial de López Obrador.

La estructura electoral mexicana ha cambiado. Hasta 1996, las oficinas electorales eran controladas por la presidencia de la República; del 1996 a la fecha, las instituciones electorales son electas por las mayorías de los partidos en el Senado. Cabe señalar que el avance de Morena-López Obrador en elecciones locales se logró en 2018-2024 a pesar de que las autoridades del Instituto Electoral habían sido designadas en alianza por el PRI de Peña Nieto con el PAN y que buena parte de la campaña de desprestigio contra el populismo López Obrador lista se financió desde el Instituto Electoral.

Las actuales autoridades electorales cambiaron hace dos meses y toda la élite de la burocracia electoral dejó de ser controlada por el PRI-PAN. Este es otro dato que debe ser tomado en consideración cuando se quiera tener un análisis objetivo de la correlación de fuerzas político-electorales que se van a encargar de la gestión de las elecciones nacionales del próximo 2 de junio.

Si como dicen los economistas las variables políticas permanecen constantes, el resultado electoral tendrá que reflejar la distribución del poder político nacional: la racionalidad de las cifras 55%-25% de las encuestas. Las tres y media semanas que faltan para las elecciones estarán cargadas de una intensidad polarizante, con las dos principales candidatas presidenciales acusándose mutuamente de todos los males de este mundo y en medio --eso sí: muy preocupante-- de una violencia criminal que ha estado afectando aspirantes electorales de niveles bajos.

Lo único que queda claro es que hasta hoy la estructura electoral mexicana es lo suficientemente sólida para gestionar unas elecciones sin rupturas revolucionarias.

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