Las noticias, que nos llegan, de la guerra de Palestina, son aterradoras. Una vez más, dos grupos humanos, israelitas y palestinos, en lucha por el mismo territorio que, desde hace muchos siglos, consideran propio. El racismo y el instinto territorial, están tan arraigados, en el ser humano, que no parecen remitir, por lo que este conflicto no tiene solución.
Una vez más, cada bando justifica sus acciones considerándolas reacciones a otras anteriores del contrario. Y en esta lucha milenaria, cada uno tiene mil motivos, donde escoger, para alzarse con la razón.
La guerra actual se inicia con la invasión de un comando de Hamás que mata a 1200 civiles judíos desarmados y coge prisioneros, que mantiene como rehenes y objeto de negociación.
La invasión de Palestina es la respuesta de Israel, que continua buscando y destruyendo las trincheras subterráneas que Hamás pretendía utilizar como emboscada para destruir al invasor.
Nos cuentan que Hamás emplea como “escudo humano” los hospitales. Se refugian allí con la esperanza de que el contrario tenga más conciencia que ellos y detenga sus ataques, ante la certeza de que produciría una matanza de civiles heridos y población infantil refugiada. Víctimas inocentes que no pueden ni siquiera intentar la huida.
Creen que será una barrera que el enemigo no pasará... pero la pasa; y los palestinos la siguen empleando. demostrando que el nivel moral es el mismo. Israel ataca a los palestinos incluso impidiendo que los seres más desvalidos sean ayudados. Matan, con saña, incluso a equipos que pretenden llevarles un mínimo de supervivencia. El ataque a la ONG de José Andrés, en el que murieron siete cooperantes, se produjo a lo largo de dos kilómetros y medio de carretera.
Y os podría relatar otras barbaridades de la guerra de Ucrania en la que el instinto territorial de este ser, llamado humano, armado con la última tecnología, que su inteligencia ha sido capaz de crear, masacra, con sus aparatos dirigidos a distancia, ciudades y hogares con sus indefensos habitantes dentro.
Una vez más, una nación, intenta apoderarse, por la fuerza, de otra o de parte de ella, basada en la “razón” de que, alguna vez, en ese continuo tejer y destejer, fue territorio suyo. Y no hagamos remilgos, os recuerdo que esa ha sido la historia de Europa.
Parece que en la carrera evolutiva, que el ser humano emprendió, hace muchos siglos, según nos contaba H.R. Hays, en su libro “Del Mono al Ángel”, no ha llegado muy lejos. Sus instintos animales parecen imposibles de erradicar a pesar de la innegable inteligencia que le hace capaz de grandes logros. Logros que no deben engañarnos pues, el ser, llamado humano, va destruyendo todo lo que con grandes esfuerzos va construyendo.
Tampoco debe engañarnos la falsa historia que leemos en los libros. Eso es una “novela histórica”. La verdadera historia de la humanidad no se escribe con la pluma sino con el pico y la pala de los arqueólogos, esos pacientes y meticulosos “detectives científicos”, que se dedican a “reconstruir todos los aspectos de la vida de los grupos humanos, a partir de las manifestaciones materiales que nos han dejado”.
Por ellos sabemos cómo el “Homo sapiens” ha exterminado a todos los demás “homos”, persiguiéndolos hasta el último confín de la Tierra. Y ahora parece que se dispone a eliminarse a sí mismo. como un perrillo rabioso que se vuelve contra su propia cola.
Y sabemos, también, cómo ha ido destruyendo civilizaciones de una entidad increíble. Algunas duraron muchos siglos pues, por lo que nos ha quedado, parecían destinadas a eternizarse. Y las vamos sacando de la tierra que las cubrió. Y quién sabe lo que todavía nos tiene reservado ese trabajo arqueólogo-detectivesco.
Y por el camino que vamos, parece que la película de los simios puede ser profética y quizá, un día, alguien, no se quien, encuentre, en un mundo asolado, un trozo de la Estatua de la Libertad emergiendo de la tierra. Estamos en ello.