Cultura

Ajustar cuentas con uno mismo: Osadías y descalabros, de Miguel Sánchez-Ostiz

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Viernes 10 de mayo de 2024

Llega siempre puntual el cartero de las buenas noticias. Quien pasa más tiempo fuera de casa que dentro —paradójicamente deseoso de gratos viajes y no obligados— recibe en su buzón la alegría que, por esperada, siempre relumbra: un nuevo trocito de vida encuadernado de mi querido Miguel Sánchez-Ostiz. Agradecido siempre al detalle y cariño del maestro, desenvuelvo el presente y me reencuentro con su sempiterna coherencia. Publicado por Pamiela, editorial de confianza del escritor, Osadías y descalabros representa un libro engañoso por su apariencia, pues pese a su brevedad representa un inventario de reflexiones cuajadas a lo largo de dos años cruciales en la vida del escritor pamplonés. Tal vez pueda definirse como un cuaderno de bitácora o diario de a bordo; un híbrido a caballo entre lo filosófico, lo poético y lo ilusoriamente esbozado, pues su contenido es resultado de conclusiones bien meditadas, no solo entre el 2021 y 2023 sino a lo largo de toda una vida.

Quien es sabio se guardará siempre de alardear de ello, haciendo todo lo contrario: pecará de autocrítica, de ajuste de cuentas con uno mismo. Para llevarlo a cabo, se valdrá siempre de una ironía que no esconde verdades descarnadas y, en tantas ocasiones, dolorosas. Por eso le está permitido hacer juicio también de lo que le rodea, pues el auto de fe comienza por su propia figura. Es Sánchez-Ostiz un hombre valiente que “no calla” aún sin “tener olvido ni absolución posibles” —como afirma en el último texto del volumen–. Sigue hacia delante, no ceja en su empeño como las olas del mar, aun cuando la vida pone diques de contención.

La importancia de Osadías y descalabros la hace patente el propio autor, cuando afirma que no es “otro libro más” para él: “Es un libro importante porque se lo he arrancado a las secuelas de un ictus que padecí hace año y medio”. Y sigue: “Fueron muy indeseables, porque cuando me empecé a recuperar no podía escribir. Estaba incapacitado completamente [...], no manualmente, sino que estaba seco. Y me costó mucho empezar a escribir otra vez”. Para quienes supimos de la noticia, resultó un hecho bien doloroso; no obstante, sabíamos de la tenacidad y determinación de Miguel —”cabezonería” diría él—, así como que lucharía con uñas y dientes por recuperar aquello que representaba su voluntad de vivir: el pensamiento y su consecución en la escritura. “Este libro se lo he quitado a esas tinieblas”, afirma en una feliz victoria sin paliativos.

A pesar de que este episodio o “asunto desagradable” —como lo denomina el propio Sánchez-Ostiz— forma parte de la génesis de este trabajo, no se encuentra presente explícitamente. El autor se “prohibió” escribir sobre él para evitar todo parecido con un libro de “autoayuda”. Así, el poema de Funambulistas evita toda compasión con uno mismo para empatizar con quienes han podido atravesar ésta u otras circunstancias vitales: “¿A quien le cuentas de tu cuerda floja? Si cada cual tiene la suya, si quien no bailotea sin red en la maroma está estampado contra el suelo, mientras el público pide ‘¡Otra! ¡Otra!’” Abre aquí el escritor su mundo a un ambiente muy querido por él, el circense o teatral. También asocia su figura a la del clown en “Quién está ahí?”, cuando se presenta oculto a las miradas de los demás en una bodega, mientras otro le busca, “agazapado detrás de una recia tapa de fuesa de los enterramientos familiares de la antigua iglesia, derribada hace más de cien años”. La idea de ruinas y vestigios familiares nos hablan de que todo es ceniza y humo en una vida donde ni siquiera se puede contemplar ese pasado porque ya no existe: “Ahí se esconde, como puede, el jatorra de la alegre botarga, que oculta a otro que no lo era tanto, ni mucho menos. Un auténtico falso, un espejismo burlón, sí, pero melancólico, como buen payaso”. Como venimos viendo, de sus penas no tiene derecho a quejarse, como en Desconsuelos: “Del verdadero desconsuelo no sabes nada porque no quieres, porque has tenido suerte y la ignorancia te salva. No has perdido nada que de verdad te aflija […]. Por eso te inventas embustes, falsas memorias y consuelos líricos para dar el pego, porque de la vejez y del dolor no sabes, en realidad, nada, mero testigo y espectador miedoso de sufrimientos ajenos”. Este personaje puede ser creado o intuido por la apariencia, siempre desde el prejuicio. En Fuera de lugar (Metro, 18. II. 2022) se nos presenta una anécdota autobiográfica en la que un guardia de seguridad del suburbano madrileño observa con malos ojos a nuestro protagonista y le “conmina” con la mano en su espalda “a desaparecer de escena”. Concluye: “Estás fuera de lugar, estás de más… vuélvete al cementerio, que enseguida se hace tarde”.

De la figura del clown u hombre de mal vivir a la del volatinero, cuya figura podría asociarse con la del propio Sánchez-Ostiz. Ésta la recrea Francisco de Goya en su aguada de tinta china sobre papel Valentías. Una obra entre dramática y cómica, representa a un hombre de edad avanzada cayendo rodando por unas escaleras. La leyenda que pone el de Fuendetodos debajo dice: “¿Valentías? Cuenta con los años”. De ahí precisamente sacará el escritor el título para el libro, describiéndose literariamente como un hombre maduro que, en aquel momento de su edad, todavía puede asistir a distintas pruebas vitales, sufrir palos en el camino, siendo el valor el arma principal con la que sortear todo obstáculo. El primero de sus poemas, Osadías, lo precede una cita del poeta Joan Margarit, que va en consonancia con lo anterior: “Has de escribir aún los versos más difíciles”. A estas palabras responde Sánchez-Ostiz preguntándose si refieren “a los que resultan imposibles porque palabras e ideas se escapan”; llevándoselo a su propia situación personal, continúa: “ahora sé que llega el día en que te fallan las fuerzas y también las verdaderas ganas y la mirada se apaga, los recuerdos se encanecen, se debilitan y borran y no hay palabra que los resucite. Te has derrotado y lo sabes, y sin embargo insistes, osado y sin futuro alguno, en poner una palabra detrás de otra”. Es precisamente la labor de la escritura la que mantiene la llama vital por encima de todo, a pesar de la dificultad que puede conllevar la expresión de pensamientos y sentimientos en determinadas condiciones, como las del autor.

En esa valentía también cuenta el hacer inventario de la biografía personal y sentimental, asumiendo los hechos, anhelos y pérdidas. Dice así Ponerme en paz, tan elocuente en el título: “Ponerme en paz con cuanto tuve y perdí, de golpe y porrazo (literal). / Ponerme en paz con cuanto quise y pude tener y no tuve. Ignorar los motivos de tus descalabros, […] Pues son dañinos y sólo añaden dolor al recuento a trancas y barrancas, entre el deseo y la desidia, las deserciones y las cobardías”. De las viejas amistades, compañeras de mi vida abunda en ello: “Amigos que se fueron por las bravas, sin despedirse, cartas que no fueron contestadas, vacíos y cuentas pendientes, celos de la edad brava. Poco importa, ya fueron: vientos y veletas al frente de un negociado de pompas fúnebres”. En Mire compadre, trago prepóstumo, ruega el autor a su compañero —símbolo de correrías pasadas— que no le “cuente inventos fraternales” y “deje las cosas como están, no remueva el cieno”. Sólo cabe dejar atrás ese pasado y quedarse con la sensación que dejó su vivencia. La idea de “jatorra” —término proveniente del vasco— refiere al carácter simpático, amable o auténtico que pudo detentar el protagonista, quien a su vez alude a que pudo ser pura máscara de seguridad, como las que pintó Ensor o Solana para sus carnavales multitudinarios e interminables. “Recuerde que ya hace años bebimos la última para el camino, que ha sido, de verdad, largo”. La resistencia a la despedida y abandono de la vida, así como la necesidad de darse ánimos con lo que tuvo lugar fuera del presente, es otro asunto a tratar por el autor en este libro. También a los amigos se les pasa revista en Papamoscas y compañeros de mi vida. Quien es hábil para cazar moscas es también ingenuo, cándido y crédulo, como estos personajes. Hay un poso de tristeza, de pasado de alegrías que quedaron para la posteridad. Un esperpéntico cuadro de Grosz son estos recuerdos: “No hubo tiempo de la amistad, como mucho fue del compadreo en el vinoso cuerpo de guardia de la Garduña hecho humilladero de guapetones, dandis fules de pueblón y matasietes buscarruidos. / Ni ceniza queda de los días de la patraña. / Éramos cuadrilleros de un mal poema y comparsas borrosas de una peor novela, escrita por un lelo, talladores de una penosa biografía de cómicos de cuatro perras. No más”.

En el baile de los aukidos se retoma la alegoría de la casa como cuerpo que se encuentra en “liquidación por derribo”: “‘Aquí vivía’, o peor aún, ‘Aquí viví de joven’”. El poeta no comprende su presente, “un nuevo orden hecho de patrañas, abusos de autoridad y violencia” que contrapone a su juventud idealista y combativa: “Del predicador puño en alto por los descampados no queda nada, decepción, hartadumbre y tristeza por tanta vida echada a perder, desarbolada”. Las poderosas imágenes que nos propone Sánchez-Ostiz facilitan esa crítica personal y a las circunstancias orteguianas en las que se ha desenvuelto el poeta a lo largo de su vida. En dicha línea continúa con Un erudito en tiempos de zozobra, donde el autor se erige en analista de la realidad, casi un entomólogo. A la picaresca social y política se suma el peligro del control al que podemos estar sometidos como ciudadanía: “El estudio persigue pícaros en tiempos policiacos de terror y pesquisa, pícaros de tiempos y lugares lejanos, porque nadie puede estar seguro, si hasta en su casa las paredes oyen”. También en Interior con figura se refiere a cómo quienes estaban arriba ordenaban la vida de quienes estaban abajo: “No fuimos nada o peor aún, poca cosa, sumisos peones de un juego ajeno, materia para el derribo y olvido”. Del mismo modo en Aplausos incondicionales, educación sentimental o santa claque: “Nos mentían a placer y aplaudíamos con garbo porque aplaudir era de obediencia debida”. En Caín anda suelto, se realiza una radiografía certera de la piel de toro en que vivimos, caracterizada por negativos valores: “En la patria de Caín está mal visto no compartir los odios y los rencores del que más fuerza o voz tiene y no dar matarile verbal al demonio del día”.

Con Desarzonado, el poeta como jinete es expulsado violentamente de la silla por el caballo, y por más intentos de volver a montarlo, en el suelo acaba más pronto que tarde. “Ese es el riesgo de buscar sin descanso la ventura…” Dura aunque hermosa metáfora de la fuerza de voluntad, del ánimo que lleva a cosas aparentemente imposibles. Todo lo puede este jinete audaz, empleado ya por Miguel en otros trabajos como su libro de poemas Espuelas para qué os quiero (Pamiela, 2022). En Testamento inútil, el esforzado caballista pone también pie en tierra para pensar en su futura ausencia y legado: “Si nadie queda que ocupe tu silla ni tu mesa de matanza diaria, a qué dejar encima lo que no posees ni vas a tener. Ni tu sombra puedes dejar. Como mucho un nombre enterrado entre papeles, libros y cachivaches, cuatro letras. Humo, humo, humo, humo. Mal ejemplo y peor legado”. Para entonces, ya habrá llegado la “segalari”, de vidas, representada en Chirrión último: “La muerte maneja el tiro: esa es historia vieja y no aprendida, hasta que la indeseable derriba la puerta, se mete en el espejo profundo de la sala de respeto y desde esa lejanía te observa, dar cuenta de tu última cena solitaria”. Como en Mire compadre, hay una resistencia a emprender y concluir el último viaje o la bíblica “última cena”. En Una luz que se escapa (Vanitas) se remite al último chispazo de luminosidad, un “fuego fatuo a lomos de un murciélago que sale de caza en los desvanes ruidosos de tu vida”. Como dice Caminito, el tango de Gardel, “una sombra ya pronto serás”, pero queda tiempo aún para los destellos. Ya era tarde para los viajes, “se acabaron”, incluso “los inmóviles”: “¿Adónde irías? De vuelta está claro, por las tareas pendientes lo digo. Retomar viajes truncados, aunque sean imaginarios. [...] Te fallan las verdaderas ganas, amén del cuerpo, y tienes más miedo que alma a los quebrantos de salud ya padecidos, allá lejos y aquí cerca”.

Hablaba antes Sánchez-Ostiz, en uno de sus textos, de sus “cachivaches”. Aquellos que ha ido reuniendo con el paso del tiempo como recuerdo de sus experiencias y aventuras en distintos lugares. Como el bueno de don Ramón en su torreón, el pamplonés ha ido creando su propio gabinete de curiosidades, que contemplamos en libros como Viaje alrededor de mi cuarto (Pamiela, 2021). Así lo describe en Juntacositas: “Atesoro cosas y cositas sin otro valor que el de ser vagos recuerdos de lo vivido: las manías de la vejez, a modo de rescoldos y reliquias brumosas de pasiones y momentos dichosos que ya fueron” Esos restos del naufragio aparecen también a modo de imágenes en algunas páginas de este libro, como en Luz de atardecida o Trompeta de tritón: “Charonia tritonis, que guardas en un cuarto oscuro y secreto, como un tesoro pobretón, en recuerdo de los mares de Asia por donde no has navegado”. Sin embargo, hay otro cuarto “donde se esconden los recuerdos indeseados, el que es, a la vez, escondite y celda de castigo”. De nuevo lo arquitectónico como metáfora del propio cuerpo y de la identidad. Un habitáculo de manías y sentimientos de culpa.

Si seguimos en esto último, tras este recuento de cosas vitales, concluye Sánchez-Ostiz elaborando un áspero autorretrato en Hurt: “Si pudieras volver atrás, pero no puedes, y lo sabes, e insistes, y sientes el daño causado por inadvertencia o mal humor, los desfallecimientos, las raterías y embustes y el egoísmo de un menesteroso que vivía una vida inventada o armada a medias, por falta de arrojo o de talento y coraje para inventársela entera. / No tienes ni olvido ni absolución posibles y a pesar de ello, no callas”. No cabe deshacer los entuertos, se sabe lo que éstos pesan a las espaldas. No obstante, nada puede hacerse para la enmienda, pues el autor es como es y no podría desdibujar su identidad. Gracias a ello, podemos disfrutar de sus portentosos trabajos.