Opinión

La literatura está de duelo, ha muerto Paul Auster

TRIBUNA

Roberto Alifano | Viernes 10 de mayo de 2024

En un viaje que hice hacia mediados de la década del setenta a la maravillosa ciudad de Nueva Orleans, invitado por la Universidad de Talane para participar de un encuentro de escritores y un homenaje a Jorge Luis Borges, conocí a un muchachote muy simpático y gigantón, de origen judío, cuatro o cinco años menor pero tan desaforado conversador como yo, llamado Paul Benjamin Auster, que firmaba sus poemas como Benjamin Auster. Era profesor de literatura en un colegio de Nueva York, la ciudad donde residía y hablaba casi fluidamente el castellano y el italiano. Demás está decir que establecimos una rápida amistad. De Borges, al que había leído, le encantaba toda su prosa; no así su poesía, que fue motivo de alguna discusión entre nosotros.

La semana pasó como un suspiro y nuestra relación quedó sellada. Paul, además de buen poeta y encantadora persona era un extraordinario memorioso, que podía recitar con enjundia poemas de Whitman y Ungaretti, Quasimodo y Mario Luzi, a quien conocía y era una de sus devociones. El libro que había editado por aquel entonces en una modesta edición de autor aunaba poemas y ensayos, y se llamaba Pista de ensayo; incluido el título, me pareció original. Sus poemas mezclaban el lirismo con la crítica social. Recuerdo que me comentó que hacía casi un año trabajaba en una novela. Durante la semana que convivimos en el mismo hotel desayunamos juntos casi todas las mañanas en compañía del enjundioso y no menos talentoso escritor español, devoto de Dante Alighieri, como Paul y yo, llamado Ángel Crespo, dueño de una traducción comentada e impecable al español del poeta florentino.

En 1976, ya con el nombre Paul Auster (eliminando Benjamin), firmó su primera novela Jugada de presión, muy en el estilo del thriller clásico de Raymond Chandler y Dashiell Hammet, obteniendo escaso éxito editorial y se debió resignar todavía, por un largo tiempo, a no vivir de la literatura como era su propósito. Sin embargo, la muerte de su padre, un rico comerciante de telas del barrio El Bronks, le cambió la vida ya que le dejó una buena herencia, que lo sacó de apuros económicos y lo inspiró para escribir La invención de la soledad, la novela con la que empezaría su consagración y le permitiría vivir de la literatura como era su propósito.

Poco después de cumplir los 24 años, viajó a París, donde conoció a Samuel Beckett, escritor al que admiraba y con quien mantuvo una dilatada correspondencia. Beckett le dio permiso para usar sus traducciones y con criterio literario él armó una excelente antología bilingüe de poesía francesa del siglo XX. En los 80 conoció a Siri Hustvedt, con quien se casó y tuvo a su hija Sophie. En esos años le fue dando forma a lo que luego se conocería como La Trilogía de Nueva York, integrada por Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1987), tres libros unidos por una misma ciudad y por un modo de apelar a su predilecto género policial desde cierta irreverencia o giro filosófico en su manera de barajar distintas tradiciones que iban de Dostoievski a Beckett y de Camus a Dashiell Hammett. En la primera novela de la trilogía narra la historia de Daniel Quinn, escritor de novelas policiales convertido en detective privado por un error telefónico. Sucede en la fábula que alguien lo llama a su casa una noche preguntando por el detective Paul Auster y el personaje Quinn asume esa identidad y acepta investigar el caso propuesto. No es un detalle menor la coincidencia de las iniciales de Daniel Quinn con Don Quijote, de Cervantes, novela de la que Auster era ferviente admirador y acostumbrado relector.

En la década del 90, se dio algo parecido a lo de Nueva Orleans, que nos hizo coincidir. En la Universidad Autónoma de México, fuimos ambos invitados y con alegría nos volvimos a abrazar. En esa oportunidad Paul estaba acompañado por la también escritora Siri Hustvedt. Entre 1986 y 1994, la época en que se publicó Ciudad de cristal, su primer gran éxito editorial (la novela más vendida de los Estados Unidos durante esos años y traducida a varios idiomas), no demoró en publicar Leviatán, Mr. Vértigo y El palacio de la luna, lo cual hizo que, como correspondía a su calidad de novelistas, fuera consagrado con el “Premio Médicis”; pero, según confesó en una entrevista, su propósito era dedicarse al cine, y lo cumplió financiando su primera película que escribió y codirigió con el director Wayne Wang. Ese filmes, inspirados en un relato suyo fue una producción independiente y se tituló Cigarros y humos del vecino, y vino luego El cuento de Auggie Wren. Posteriormente, escribió y dirigió en solitario Heridas de amor (1998). Película que me confesó, cuando estuvo de visita en la Argentina, había sido fatal para su economía. “Me gasté todo lo que tenía y de no ser por un adelanto que me dio la editorial por la novela Tombuctú, y luego el “Premio Princesa de Asturias”, hubiera tenido que salir a pedir limosna”.

Disciplinado y empeñoso contador de historias, como un tsunami narrativo su producción literaria fue creciente. En1987 publicó El país de las últimas cosas una novela distópica sobre cómo la busca de la muerte se impone a la vida con clínicas de eutanasia y clubes para el asesinato, Dos años más tarde escribió El palacio de la luna, otra de sus más leídas novelas en las que alterna y combina la orfandad de Fogg (apellido que viene del personaje de La vuelta al mundo en 80 días de Jules Verne) y la fuga al oeste del pintor Effing, a principios del siglo XX.

La del 90’ fue otra década prolífica para Paul Auster. Como él decía, combatió en varios frentes y publicó La música del azar, una road movie sobre la vida errante, el desarraigo, los destinos entrelazados y el azar. Continuaría luego con Leviatán (1992), título que alude a la biografía de Benjamin Sachs, a quien le estalla una bomba en la mano y vuela en mil pedazos, donde hay otro huérfano como protagonista y una especie de realismo mágico al viejo estilo de las novelas americanas. La historia se desarrolla en el sur de los Estados Unidos, desde los años veinte hasta los ásperos días de posguerra.

Publicó después la novela Tombuctú y en 2002 el precioso Libro de las ilusiones, y dos años después La noche del oráculo y Viajes por el Scriptorium. Año abundante en su creación, pues empezó la que sería su segunda película como director: La vida interior de Martin Frost. En 2008 publicó otra novela muy reconocida por la crítica y de gran éxito comercial: Un hombre en la oscuridad.

Durante 2021trabajó casi a destajo en la escritura de El país de las últimas cosas, una novela que es, sin duda, su obra magna y fue llevada al cine por Alejandro Chomski. Anna Blume, la mujer que es el personaje principal, cuenta en una carta a un desconocido, enviada desde una ciudad sin nombre, lo que sucede en ese extraño y fatídico país al que Anna llega para buscar a su hermano William, y va describe una tierra donde la busca de la muerte ha reemplazado a los avatares y goces de la vida: las clínicas de eutanasia y los clubes para el asesinato florecen, mientras que los atletas y corredores no se detienen hasta caer literalmente muertos de cansancio, y los saltadores se arrojan de los tejados. Pero Anna intentará sobrevivir en ese país devastado, en busca de su hermano, donde conocerá personas en su misma situación y vivirá acontecimientos que finalmente la harán intentar salir nuevamente de la ciudad.

En lo personal Paul estuvo como cualquiera expuesto a las peores calamidades. Su hijo murió por una sobredosis, semanas después de haber sido acusado por el homicidio involuntario de su pequeña Ruby, que tan solo tenía 10 meses de vida. El escritor estuvo marcado por otras terribles tragedias, como revela casi explícitamente en Un país bañado en sangre, un ensayo donde critica, además, la relación de Estados Unidos con la violencia y las armas.

Paul Auster fue siempre un defensor de la libertad y se negó a visitar países “que no tienen leyes democráticas”; verbigracia, no aceptó ir a China y rechazó otras invitaciones por el estilo, encabezando la marcha de una protesta con periodistas y escritores que habían sido encarcelados. Otro tanto sucedió con la invitación que le hicieron en Turquía con motivo de la publicación allí de su libro Diario de invierno. En 2021 también encabezó en su país un movimiento opositor al gobierno de Donald Trump, al que consideraba un oportunista payasesco.

Nos reencontramos en Buenos Aires cuando viajó invitado por la Feria del Libro y desayunamos en su hotel, fue un encuentro cálido y entusiasta, lleno de muy gratas evocaciones. Yo había publicado mi libro sobre “Macoco” de Álzaga Unzué, y Paul, que era un hombre con gran sentido del humor se divirtió con las anécdotas de mi personaje. “Hay que llevarlo al cine -me sugirió-. Puede ser una trama en capítulos. Tu ‘Macoco’ es una réplica del ‘Gran Gatsby’ de Scott Fitzgerald.

Borges y sus humorísticas anécdotas, lo mismo que a “Gabo” García Márquez, lo divertía a más no poder. “Aquí en esta ciudad la paso muy bien es espléndida -se alegró-. Y qué mujeres, ché… Si hubiera venido a los treinta años me habría quedado para siempre en tu Buenos Aires querida”.

Paul Auster nació el 3 de febrero de 1947 en Newark y murió de cáncer de pulmón el 2 de mayo de 2024 en Nueva Jersey, de donde era oriundo el también famoso novelista, Philip Roth, otro de mis escritores norteamericanos favoritos.