Opinión

La "regeneración" del presidente

TRIBUNA

Fernando Maura | Sábado 11 de mayo de 2024

En su breve intervención del "donde dije digo, digo Diego", que era más bien una auto-rectificación y una pasmosa amenaza contenida en su afirmación por la cual, "éste no es un punto y seguido, sino un punto y aparte", se diría que el presidente lo que pretendía era advertir que ese “y aparte” supone simplemente “apartar” a la media España -o más- que no le apoya, en coherencia con el muro que anunció que levantaría en la sesión de investidura. Poco más que decir en este orden de cosas.

Pero en esta breve comparecencia, Pedro Sánchez nos prometería la "regeneración democrática". Se convierte así ésta en una especie de bálsamo de Fierabrás capaz de sacarnos del lodazal en el que el presidente considera que nos han introducido -de consuno- la derecha y la extrema derecha.

En el caso de que la susodicha regeneración tuviera algo que ver con la transparencia, el debate o el mero contraste de pareceres, hay que decir que no empezaba Sánchez con buen pie su trayecto renovador. Adelantaba la hora de su comparecencia, lo hacía frente a una sola cámara y en un medio televisivo -el público-, no admitía preguntas y hurtaba a las Cortes, en consecuencia, la posibilidad de someterse a su control después de cinco días dejando aparcada su agenda.

El regeneracionismo es un proyecto político que procede en España de la crisis que en nuestro país produjo el llamado “Desastre” con la pérdida de nuestras últimas colonias. Sería principal ariete de este propósito don Joaquín Costa, que apelaba a "la escuela, la despensa y las siete llaves al sepulcro del Cid". Instrumento principal de su estrategia era el llamado "cirujano de hierro" que, andando los años, y negándose don Antonio Maura a recibir el poder que le fuera ofrecido por las juntas militares, debido a su convicción civilista y de respeto a la ley y a los procedimientos constitucionales, asumiría desde 1923 el general Primo de Rivera.

La pérdida de las colonias se produjo bajo la Regencia de doña María Cristina, pero el espíritu regeneracionista se encarnaría en buena parte de la política española, desde el Rey Alfonso XIII a buena parte de los responsables de la época. Pretendían el descuaje del caciquismo y la reconstrucción de la Armada -Maura-, la contención de la influencia de la iglesia -Canalejas-, la legislación social -Dato- o la democracia coronada o republicana -Melquiades Álvarez.

Más recientemente se ha identificado la regeneración democrática con la práctica de la separación de poderes, y en ella, la elección del órgano de gobierno del poder judicial por los jueces, la práctica de la función de control del ejecutivo por el parlamento, la actuación de los diputados sin sujeción a mandato imperativo, la independencia de los organismos reguladores, el respeto obsesivo por el cumplimiento de la ley o una norma electoral en la que la elección de los representantes no quede en exceso distorsionada respecto de la ciudadanía que los elige, y, por supuesto, el combate sin complejos contra la corrupción que se encuentra insertada en el Código Penal y en las prácticas políticas torticeras. En resumen, se trataría de transformar un régimen de partidos en una democracia de ciudadanos libres e iguales.

Pero el presidente parece pretender darle una vuelta a ese calcetín, prosiguiendo por el camino por el que viene avanzando desde antiguo. Por lo visto ha leído -o aprendido de otros- la célebre invectiva contra el totalitarismo comunista que expresaba George Orwell en su "1984" y su "neo-lenguaje". De este modo, cuando hablamos de guerra, decimos paz; y si toca referirse a la fabricación de noticias falsas, lo llamaremos verdad. La degradación de la democracia, basada en los diversos procedimientos, ya empleados por el gobierno social-comunista, formaría parte de una ampliación de los derechos democráticos y la vuelta de tuerca del punto y aparte, la ya referida regeneración.

Pero el neo-lenguaje no aguantaría el asalto de la realidad. Cuando la incompetencia de la gestión comunista produjo la catástrofe de Chernobil (31 personas murieron en el momento y 600.000 «liquidadores» involucrados en las operaciones de extinción del fuego y de limpieza estuvieron expuestos a los altos niveles de radiación), el régimen comunista soviético caía de manera estrepitosa, y el resto de los países sometidos a su órbita lo harían sucesivamente, como en el ordenado desmoronamiento de un castillo de naipes.

¡Largo me lo fiais!, objetarán los partidarios de una conclusión más breve del mandato de Sánchez. La existencia de la URSS permaneció 71 años ensombreciendo el panorama del mundo y sometiendo a millones de personas, y por supuesto que, por mucho que sea un mal, no se prolongará el del actual presidente del gobierno por tanto tiempo. Pero no habrá que excluir a priori que aguante algún tiempo más que el actual mandato presidencial gracias a sus golpes de efecto y a la incompetencia de la oposición en combatirlos.

Buen ejemplo de lo que señalo ha sido la forma en la que el líder de la oposición ha objetado al presidente del gobierno su (anti)propuesta de regeneración democrática. Le ha bastado con remitirse a la suya, seguramente mejor orientada que la de Sánchez. Y es que la insistencia de Feijóo de que pretende gobernar de manera opuesta a la de Sánchez no parece suficiente, es preciso ilusionar a la ciudadanía con un proyecto alternativo.

En todo caso, con este debate sobre la regeneración corremos el peligro de caer en la trampa de las palabras, tan común a las polémicas falsas a las que nos está acostumbrando este líquido -por lo carente de consistencia- siglo XXI. España es un país necesitado de reformas, y las que cabe presagiar que practique el actual gobierno, dados sus antecedentes, no es probable que operen en la buena dirección. Sentada está afirmación, debería afinar el PP en la mejor respuesta.