Según ha publicado el INE, la cifra de turistas extranjeros se ha visto incrementada en un 21%: 16,1 millones de visitas, número que –dicen los demógrafos y sociólogos– ha hecho historia. Con respecto a las previsiones económicas, el economista jefe del BCE en tiempos de Mario Draghi, Peter Praet, en lo financiero “España se ha comportado mejor de lo temido”, y sospechamos que mucho han tenido que ver el turismo y los fondos de recuperación. Este despegue ya lo experimentó el país entre 1962 y 1969, cuando Fraga con la ayuda del ministro José Solís Ruiz acuñaron el eslogan de “Spain is different!” Vinieron las suecas, las inglesas y las francesas, y los españolitos experimentamos el desarrollismo, recreando sueños de idilios de todo tipo a medida que se iban sucediendo otros niveles de vida.
Estamos como entonces en esto: el motor del sol, la playa, la Semana Santa y el flamenco regresan con más fuerza que nunca, con los guiris que tienen alto poder adquisitivo deseando comprarse una casita a la orilla del mar o en Los Jerónimos o El Viso –como Amber Heard tras su show judicial con el pirata del Caribe–, que están muy cotizadas allí. Llegaron entonces los financieros de la España superviviente y agónica y llegan de nuevo ahora, con su estética, su música, su aspecto y su estímulo todo, pero ya no les cuelga la cámara al cuello porque el teléfono inteligente es el mejor fotógrafo que todo hombre y mujer puede soñar.
El turismo, por eso, es la principal fuente de ingresos de nuestra economía, porque nos regaló nuestras envidiables y envidiadas condiciones climáticas y geográficas la madre Naturaleza, no un político populista ni ningún ministro de Industria y Turismo. En la trayectoria recentísima de la recuperación económica del sur –junto a Portugal, Italia y Grecia– ha tenido que ver lo que Dios y el planeta Tierra –y no los hombres– quisieron que así fuese. El político viviente, campante, sobrante y parasitante, por lo tanto, se sacude toda esa responsabilidad para la que fue elegido, esos racimajes con que se adornan para la foto en el Congreso, y pasa andrajoso de ideas sobre la sociedad española resonante y hasta tronante, porque da la casualidad de que la economía se recuperará aquí siempre, cuando alcemos la vista y veamos a unos guiris asomados a una ventana de la vieja capital, bebiendo sangría y tocando las palmas, porque encuentran que “Spain is different” y que todo les parece que “is typical spanish”.
Todavía no ha habido político, gobernante ni alcalde que en esta feria le quite ese puesto de confianza a España en la memoria colectiva del foráneo, siendo algo sí nuestro país como el rey del paraíso natural a nivel universal. Su riqueza gastronómica, su diversidad geográfica, su patrimonio –a pesar de la ignorancia de algunos ministros– y su evidente superioridad histórica y artística son una evidencia. Los jóvenes que se acercan a España ya tienen vaga sospecha de esto, y creen en España más a veces que en sus respectivos paisajes y paisanajes: se ponen rojos como una gamba cocida, se cuecen como una langosta con el vino blanco y saltan eufóricos desde los balcones a las piscinas mallorquinas. De ahí, de la juventud, nacen todos los conceptos que regirán sus existencias. Y cuando se hagan mayores y la tarde se haga más pesada, querrán pasearse en tromba al sol de España, ese “resort” vacacional de su adolescencia, y entrar a resguardarse en la sombra de alguna de aquellas tabernas, mientras se enciende la cámara oscura del último baile flamenco de la madrugada. Entonces el INE, el BCE y los analistas financieros internacionales respirarán tranquilos porque, al fin, España se habrá recuperado del susto de la bancarrota, hoy como ayer, una vez más.