En 1972 formé parte en Escocia, junto a Emma Cohen, del Jurado español del Festival de Eurovisión. Algún día escribiré lo que vi y aprendí entonces. Conozco bien las dificultades para conseguir un buen resultado en un Festival que se disputan una treintena de naciones. Meterse en el top ten es la aspiración de los que pretenden quedar decorosamente.
No redactaría estas líneas si no fuera porque el resultado de la representación española ha sido aireado por algunos canales de televisión y ciertos dirigentes políticos como un éxito para España. Y no. Nuestra nación hizo el ridículo. Quedó entre las tres últimas y la canción, promocionada hasta la náusea, pretendía justificar ante la opinión pública a un tipo de mujer que la sociedad mayoritariamente rechaza. En cualquier caso, el absurdo mensaje sería lo de menos. Lo de más reside en la endeblez musical de la canción, en una escenografía pretenciosa y en un figurinismo cutre y rechazable.
No se deben politizar las manifestaciones culturales. Por el contrario, necesario es subrayar el mérito allí donde se produce. Picasso es el primer nombre de la pintura universal del siglo XX y era comunista. Antonio Buero Vallejo está considerado como el primer dramaturgo español y era comunista. Rafael Alberti, tan admirado por Pablo Neruda, ocupa lugar de cabeza en la poesía y ambos eran comunistas. El mundo cultural de centro derecha no puede negar estas evidencias. La izquierda woke está muy lejos de la izquierda seria y culturalmente responsable.
La canción que España llevó al Festival de Eurovisión y su envoltura no pasaban de la mediocridad e hicimos el ridículo. Pero eso sería una cuestión menor porque a muchos de las grandes naciones les ha ocurrido lo mismo a lo largo de los años. Lo que no parece de recibo es que el fracaso y el ridículo se presenten y aireen como un gran éxito. La realidad exige rechazar el ideologismo político, inclinar la cabeza, reconocer el error… Y callar.