Jordi Esteva ha publicado Mil y una voces (Aguilar, 1998); Viaje al país de las almas (Pre-Textos, 1999); Los árabes del mar (Ediciones Península, 2009); Socotra, la isla de los genios (V Premio de Literatura de Viajes Caminos del Cid, Editorial Atalanta 2011). Su primer libro de memorias es El impulso nómada (Galaxia Gutemberg, 2021) al que sigue Viaje a un mundo olvidado, reseñado para EL IMPARCIAL. Esteva ha rodado las películas Retorno al país de las almas (2012), Komián (2013) y Socotra, la isla de los genios (2015).
¿Cree que este libro puede ser eficaz remedio contra el habitual desinterés en Occidente por las realidades africanas y, de paso, contribuir a que tantos aletargados jóvenes africanos (y árabes) abran sus ojos a ese pasado que les perteneció y que les ha sido violentamente usurpado?
Ojalá, pero desde luego no es mi primera intención. No quiero dar lecciones a nadie. A mí siempre me han interesado los mundos que desaparecen. La sabiduría de los ancianos a menudo analfabetos y la tradición oral. Temas denostados por los habitantes de las grandes ciudades.
Yo siempre he trabajado de manera muy intuitiva sobre temas que me han interesado desde edad muy temprana. Algunos temas vienen de cuando era niño y soñaba sin salir de la habitación con los mapas, el atlas y el globo del mundo y los libros de fotografías de los pueblos de la tierra.
Nací en los años cincuenta en Barcelona, en una familia burguesa catalanista. Mi padre pese a ser agnóstico me metió en los escolapios. Yo vivía muy mal aquella época de rígida educación religiosa. No me gustaban los compañeros de colegio o los amigos impuestos. Era un soñador que disfrutaba con las películas de aventuras. Era demasiado pequeño para comprender de dónde procedía aquella grisura y tristeza inmensas. El drama de la guerra entre hermanos. En casa, como en muchas otras, no se hablaba de ello. Pero los niños perciben las cosas.
De mayor, salí al encuentro de lo que me había sorprendido e interesado de niño: el desierto y sus beduinos, los oasis, los veleros del Índico, África y sus cultos, el trance y la posesión. Al principio era un sistema de vida influenciado por el sentir de la época. Me tocaron vivir los tiempos de la contracultura, de la búsqueda de uno mismo, de los viajes al Atlas o a la India. Siguiendo El impulso nómada del que hablo en mi primer libro de memorias. Trapicheaba, compraba artesanía que revendía, trabajaba en lo que me iba saliendo y acabé en Egipto donde viví cinco años. Me ganaba muy bien la vida como traductor. Incluso trabajé en Radio Cairo Internacional, emitiendo en onda corta en español para América Latina. Conocí los oasis y su gente. Luego, me involucraron en una pretendida conspiración contra el gobierno y fui encarcelado en El Cairo.
Tras mi expulsión de Egipto, ya nada fue lo mismo. Hasta entonces me había sentido maravillosamente libre. A mi regreso forzado, tras casi un año de fuerte depresión y desvarío, ayudé a Pepe Ribas a reflotar la revista cultural Ajoblanco. Entonces empecé a entrevistar y a hacer reportajes. Comencé a tomarme en serio la escritura. Cuando, tras siete años de trabajo intenso, dejé la revista, decidí salir al mundo en busca de los sueños de infancia. A fotografiar, pero también a investigar y escribir. En Viaje a un mundo olvidado hablo de todo ello. El antropólogo José Antonio González Alcantud se interesó por mi trabajo sobre el oasis de Siwa y me propuso hacer un trabajo antropológico entre los akán de Costa de Marfil. Fue fascinante. Todo ello lo narro en Viaje a un mundo olvidado.
¿Será posible aún algún tipo de reparación de esas barbaridades cometidas al alimón por colonos y misioneros europeos?
Creo que tanto los gobiernos como la Iglesia deberían pedir perdón, pero no me corresponde a mí exigir nada. Yo escribo y al mismo tiempo reflexiono. No quiero hacer una denuncia implícita porque tampoco soy político o investigador al uso. Sin embargo, me gusta ir reflexionando a medida que describo las situaciones o hablo de otras culturas.
En el caso del mundo oculto del animismo. Llegué a él por una serie de casualidades. Creo que hay que dar tiempo al tiempo, dejar que actúe el azar y que surja la empatía. Sin ella, el trabajo que he hecho hubiera resultado imposible del todo. Conocí a una gran sacerdotisa que me introdujo en ese mundo oculto. Gracias a ella fui capaz de fotografiar e investigar aquel mundo que se rige supuestamente por la creencia en los espíritus, que, al modo de los dioses griegos, interactúan con los hombres y pueden beneficiarles o ponerse en su contra si no se les contenta. Comencé a asistir a los rituales por los que pasan los iniciados desde que son elegidos supuestamente por los genios o espíritus, hasta su entronización, varios años después como nuevos sacerdotes animistas. El trabajo con los akán me llevó largos meses y forjé estrechos lazos con muchos animistas. Yo soy un agnóstico, pero respeto las creencias. Ellos creen en ello y yo creo en su sinceridad, porque además he asistido a muchas ceremonias en las que la he sentido. El trance tiene una explicación científica. Entran en un estado de consciencia alterada como los místicos cristianos o el propio Dostoievski quien lo atribuía a su epilepsia.
¿Podría decirse que lo captado en fotografía supera en veracidad y emotividad a lo con posterioridad filmado?
Yo creía que, al ser escritor y fotógrafo, me resultaría fácil filmar. ¡Qué ingenuo! Son lenguajes distintos y el cinematográfico, como los otros, se aprende trabajando. Filmar requiere un equipo que por pequeño que sea resulta aparatoso y más en pequeñas comunidades cerradas. Filmar es manipular. Desde el momento en que se encuadra, se está dejando fuera muchas cosas. No sentía lo mismo que cuando iba solo y descubría aquel mundo. La filmación necesita un guion y yo trataba de transmitir mis primeras emociones, aunque en aquellos momentos quizá no las estaba sintiendo como la primera vez. Tampoco era mi intención pues en realidad lo que pretendía era reconstruir lo que había sentido mientras investigaba y fotografiaba. Pero en muchas ocasiones se sucedían situaciones imprevistas que lograban emocionarme, a olvidarme en cierto modo de las cámaras y a sentirlo como la primera vez. Entonces era maravilloso cuando apartaba por fin el guion y me dejaba llevar por las nuevas situaciones. Porque en los rituales animistas, los distintos espíritus van apareciendo y nunca dos ceremonias son iguales.
¿Tendrán la biblioteca y la calle (y «la atalaya», añadiría Gato Pérez) un mayor peso a la hora de encarar la escritura resultando la intuición, el desparpajo y la seguridad en uno mismo más decisivas a la hora de dirigir?
Ajoblanco me ayudó mucho. Me dio disciplina. Aprendí a entrevistar y a sintetizar. Pero llegó un momento en que tuve que dejarlo todo y echarme de nuevo al ruedo. Tenía la sensación de que estaba dejando los mejores momentos de mi vida en una redacción. Necesitaba enlazar de nuevo con las ilusiones de aquel niño rebelde –rebelde sin causa– como bromeaba mi padre. ¡Me regresó la curiosidad! Ya nada volvió a ser lo mismo. Volví a irme.
No me gustan las ciudades grandes, tampoco Madrid, París o Londres me interesan. Si me pierdo que me busquen en Palermo, Atenas, Nápoles o en El Cairo, donde por cierto me he perdido muchas veces.
Aunque después de leer ese párrafo de Viaje a un mundo olvidado van encajando las piezas del rompecabezas, es muy probable que la percepción de sus años tempranos de formación quede completada con El impulso nómada (Galaxia Gutemberg, 2021) que, precisamente, se ocupa de rememorar su infancia y juventud y el despertar de la fascinación por lo diferente y lo lejano.
Anímeme a mí, y a los lectores de EL IMPARCIAL, a hacernos también con El impulso nómada, inicio de la reflexión memorialística que conforma su, hasta ahora, díptico vital.