Está claro que Alberto Núñez Feijóo dispone de una información contrastada que le ha permitido vaticinar el retorno de Carlos Puigdemont a la presidencia de Cataluña. Y que ha decidido pinchar el globo anunciando el enmascarado propósito sanchista.
He mantenido largas conversaciones con expertos de la política interna de los partidos catalanes. Pertenecí durante siete años al Consejo de Dirección de La Vanguardia y, aunque la muerte ha hecho estragos, conservo todavía a compañeros y amigos de criterio serio y responsable. Me han convencido de que la incertidumbre condiciona la situación catalana. Nadie duda del catalanismo de ERC, pero el amor de Junqueras a la independencia es por lo visto inferior al odio que le suscita la figura de Puigdemont. La reyerta interna lo domina todo.
Tampoco conocemos las cartas económicas que puede jugar Pedro Sánchez. Ha demostrado muchas veces su habilidad para alcanzar lo que persigue y si fuera verdad su propósito de convertir a Puigdemont en presidente de la Generalidad habrá que contemplar la jugada sanchista con el respeto que exige el acierto de maniobras anteriores.
Hay algo, en fin, que parece claro. La disputa no es ideológica. Juegan sobre todo las aspiraciones de algunos, los compromisos secretos de otros, los odios personales y el brillo de las navajas cachicuernas ya desenfundadas.