Los Lunes de El Imparcial

Manuel Bernal Romero: Las muertes de Federico

Narrativa

Lunes 20 de mayo de 2024

Renacimiento. Sevilla, 2024. 180 páginas. 17,90 €.

Por Rafael Fuentes



La muerte parece solo una. Un fallecimiento nos causa la impresión de ser un hecho individual y único. Una defunción provoca la quimérica apariencia de quitar la vida en exclusiva a la víctima. Pero, en realidad, un execrable crimen no se circunscribe solo a la persona inmolada, sino que acuchilla también de forma fratricida a aquellos que la amaron, la admiraron, o tan solo la conocieron, quizás incluso a quienes la odiaron o desearon en secreto su desaparición sin mancharse nunca las manos de sangre. En esta honda expansiva del homicidio se basa la conmovedora incursión de Manuel Bernal Romero en torno al espantoso asesinato de Federico García Lorca en agosto de 1936 a las afueras de la ciudad de Granada.

Resulta obvio que existen hechos incontrovertibles que el autor narra de forma tan concisa como sugestiva. La huida de Federico desde Madrid a su casa granadina, el asalto de una partida ultraderechista a la Huerta de San Vicente, maltratando con viles pretextos a los dueños de la finca junto a sus empleados. El refugio desesperado de García Lorca en el céntrico domicilio de la familia falangista de los Rosales. La definitiva captura del poeta por miembros de la CEDA. Y los odios políticos, tanto como familiares a propósito del reparto de las herencias en la rama de los Alba, que precipitaron su ejecución inmediata la noche del 18 de agosto en la carretera a Alfacar, o el Barranco de Víznar. ¿Pero la experiencia de tan brutal homicidio se limitó en exclusiva al creador de Bodas de sangre o el Romancero gitano?

Bernal Romero considera que no. Para él, ese crimen fue vivido también por quienes intentaron protegerle o salvarle, así como por los amantes que sintieron con Federico vehementes pasiones, o personas humildes que lo admiraron sin límite, o escritores contemporáneos de distintas generaciones que le profesaban auténtica veneración. Todos, y cada uno de ellos vivieron, a su manera, el asesinato de Lorca. Algo que autoriza al autor de esta obra a hablar de “las muertes” de Federico, en vez de una única defunción solitaria. Su libro recrea esa multiplicidad de “muertes” de Lorca entre quienes lo conocieron, ofreciendo una visión caleidoscópica de la tragedia, multiplicada a través de infinidad de perspectivas.

Si examinamos las historias de los que trataron de salvarlo, destaca sin duda el sufrimiento de Manuel de Falla en el capítulo “Las cuartillas de Alta Gracia”, así como el de la madre de los Rosales en “El taxi”. Imborrable la iniciativa de Falla al presentarse humildemente en el Gobierno civil de Granada para pedir la liberación del poeta entusiasta del cante jondo, jugándose la vida sin lograr su propósito y arrastrando un profundo pesar a causa de su fracaso hasta su propia muerte en el exilio argentino. No menos conmovedora es la furiosa defensa de Esperanza Camacho, madre de los hermanos Rosales, para que los milicianos no sacasen de su casa a García Lorca.

En el capítulo de los amantes sobresale la figura del ingeniero de minas Rafael Rodríguez Rapún, irremplazable colaborador de Lorca en el proyecto teatral de La Barraca y enamorado manifiesto del poeta granadino, que, un año después de su asesinato, se lanzó a una acción bélica en el frente Norte tan intrépida y temeraria que fue vista como un suicidio indirecto en forma de sacrificio en tributo al amor de su vida. Más importancia se le concede en el libro a Juan Ramírez de Lucas, quizá la última pareja amorosa de García Lorca, quien recibe la noticia del crimen en una furtiva llamada telefónica que estremece al todavía adolescente. El autor piensa que Ramírez de Lucas era el auténtico destinatario de los Sonetos del amor oscuro, de modo que entrelaza sus inmortales versos con el hondo efecto que produce en su alma el homicidio de su amante. La vivencia de la muerte de García Lorca se expande y adquiere registros pasionales inimaginables.

Un crimen donde el cuerpo de la víctima no aparece y los asesinos directos se desvanecen en la sombra, resulta un perfecto caldo de cultivo para las fantasías más insospechadas. Entre el pueblo llano proliferan los ensueños que se niegan a aceptar la muerte del dramaturgo y poeta. Manuel Bernal Romero recoge dos de ellos. En ambos, es un joven campesino el que descubre el cuerpo tiroteado de Lorca en medio de un olivar y consigue trasladarlo todavía con vida. En una de estas leyendas, el autor de La casa de Bernarda Alba muere finalmente rodeado de su familia y permanece enterrado en secreto bajo su piano. En la otra fábula, Federico, desfigurado por un disparo en el rostro, es sacado fuera de España a través del puerto de Málaga y llevado a Hispanoamérica para instalarse en Valparaíso, amparado por Pablo Neruda, donde vivirá largos años en la hermosa contemplación del océano Pacífico. El alma ingenua del pueblo rechaza de buena fe admitir la muerte trágica de sus héroes.

El impacto de la muerte de Lorca entre los grandes autores que le conocieron posee otra vía de expresión más sobrecogedora: la creación literaria. Por ello el libro recopila una extensa colección de textos poéticos sobre el crimen -ya mítico- de Federico. El autor los contextualiza en la circunstancia personal de cada creador, incrementando así las vivencias íntimas causadas por la muerte del fascinante amigo. El resultado es un terrible canto lírico contra el fratricidio. Coloca en cabeza la célebre elegía de Rafael Alberti: “Sal tú, bebiendo campos y ciudades, / en largo ciervo de agua convertido…”, para continuar con textos de, entre muchos otros, Vicente Aleixandre, Cernuda, Concha Méndez, Edgar Neville, Antonio Machado, Rafael de León, Pedro Salinas, Juan Gil-Albert, concluyendo con un fragmento de las palabras con las que María Zambrano abre la primera antología dedicada a Lorca, publicada en Chile en 1937. “Voces amigas” denomina Bernal Romero a esta recopilación de testimonios, y, sin duda, lo son al dar emocionada cuenta de su fascinación y amistad por Lorca.

Difícil no sentirse profundamente conmovido por esta profusa y agitada lírica en torno al crimen. En el libro, dentro de las posibles reacciones al asesinato de Federico García Lorca, se echan en falta las posibles experiencias íntimas de aquellos que le odiaban, o de aquellos otros que han buscado obtener algún beneficio con su muerte.

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