Cultura

Una selección de la naturaleza humana: Inventario de desperfectos, de Nicolás Corraliza Tejeda

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Miércoles 22 de mayo de 2024

Cada cierto tiempo, conviene preguntarse sobre la capacidad que tenemos para comprender lo que nos rodea y, desde ahí, saber si lo que sentimos es consecuente con la información que procesamos. En un presente tan veloz y exigente en lo superficial como es el que vivimos, resulta hasta lógica la anestesia que, gradualmente, hemos ido acusando en nuestro ser. Nuestra capacidad de percepción ha ido menguando, en detrimento de nuestra riqueza. Por ello, conviene recuperar posiciones, evitando que la marea diaria nos haga ir retrocediendo en nuestras facultades más positivas. No es tarea fácil, pero se vuelve cada vez más perentoria. La poesía —desde esta tribuna no me he cansado de repetirlo— es alimento del alma o, mejor todavía, bálsamo de nuestras dolencias internas. Es también una droga que, dosificada en su justa medida, resulta curativa. Nos sitúa frente al espejo, activando el razonamiento crítico y la facultad sensitiva. La magia de la palabra en su potencial lírico permite la evocación visual o construcción de imágenes y conceptos.

Qué duda cabe de que la poética de Nicolás Corraliza Tejeda (Madrid, 1970) se sitúa a la vanguardia de esta exigencia. Cumplidas ya las dos décadas de su oficio como escritor, la editorial Huerga y Fierro tuvo a bien reunir una antología de sus textos más simbólicos. Lo son porque la selección ha sido llevada a cabo contando con la mediación del propio autor, que ha escogido los poemas. Siempre resultan más genuinos los libros recopilatorios cuando lo elegido lo decide su propio creador. Porque, ¿quiénes somos nosotros para decidir lo que debe perdurar sin haberlo concebido?

La “selección propia” de Inventario de desperfectos contiene la esencia poética iniciada con La belleza inalcanzable y La huella de los días (Norbanova, 2012 y 2014), Viático (La Isla de Siltolá, 2015), El estro de los locos (Ravenswood Books Editorial, 2018) o Abril en los inviernos (Chamán Ediciones, 2019). Un recorrido por el que el autor ha ido destilando esa voz propia, tan cercana al haiku japonés, donde quien escribe parece desaparecer para dar protagonismo a los que se nos presenta, mostrándolo con su máxima sencillez. El poeta Miguel Veyrat afirma en el prólogo de la obra que Corraliza “se ha convertido, sólo en unos pocos libros escritos y publicados”, en sabedor de que “la verdadera poesía es la que logra que sintamos lo que antes no habíamos sentido”. Y lo hace citando a Paul Valéry en su Introducción al método de Leonardo: “Una obra de arte debe enseñarnos que no habíamos visto lo que estamos viendo”. No se trata ya de la perspectiva o punto de vista personal del poeta, que con su descripción reinventa lo que mira; se alude a esa capacidad de análisis tan esencial como invisible a los ojos que miran sin ver —por lo presuroso de su observar o por su orden de preferencias—, donde como decíamos no cabe la contemplación o detenimiento calmados. Porque lo que vemos es lo que somos, formamos parte de ello y nos explica. Como poeta, Corraliza lo evidencia en toda su labor, destacándolo en poemas como Una sombra preparada, que refiere precisamente a la capacidad del poeta para sugerir lo que al individuo se le habría pasado por alto: “Son los ojos de otro / los que nos hacen / ver lo invisible”.

El libro de Corraliza se inicia de forma bien original, optando por un recuento en sentido inverso, del tiempo presente al pasado. Así, el primero de los dos bloques se inicia con el periodo que va de 2022 a 2019, titulándolo Cosas de poca importancia. Existe pues, tanto en el título del volumen como en el del presente apartado, una intención por parte del poeta de connotar a su universo poético de un carácter ínfimo, de despojarlo de peso o gravedad. En parte, ello se encuentra seguramente relacionado con la idea de anular el carácter trascendente dado por el individuo a la escritura. El autor se echa a un lado para mostrar el poema, como si hubiese sido creado por la propia naturaleza y no por su mano. No obstante, la presencia del autor y de su estilo se hace patente, empezando por el primer poema, Esperando al sol de mediodía. Y no sólo él, también nosotros: “Es ese instante blanco / entre la noche y el día / donde todo está por escribir. / Las auroras del otoño / nos recuerdan que el sol se aleja. / Lo que buscamos en la luz ya no existe. / Hace tiempo que somos otros”. El juego con las estaciones, la luz y la temperatura queda unido a la contemplación del espectador, que espera aprender del mundo para escribir inspirado por él. Los cambios en la naturaleza afectan al cuerpo, siendo una misma cosa. Mar Menor es la crónica de un desastre natural pero, por encima de ello, es la consecuencia de la negligencia humana. Nuestro entorno depende de lo responsables que seamos con él, por lo que nuestra supervivencia necesita de nosotros mismos. El autor lo explica muy bien valiéndose de metáforas poderosas: “Ahora el mundo es un chino en un salón, / moviendo los palillos para que no caigan. / Los capitanes plagiaron sus estudios y no saben nadar. / Nuestra deriva es un mar que se muere”. De nuevo, lo cíclico estacional se muestra en Siempre es el mismo poema: “avanza enorme y gris / la mole del invierno. / No abras la puerta a desconocidos: / la primavera tiene la llave”. Jardinería de los cuidados nos sorprende por su brevedad. Con un solo verso, el autor nos demuestra su capacidad para condensar lo esencial en la mínima expresión. Empleando la simbología del jardinero, que trata con esmero un jardín amable: “Y todo en flor. Y nada con la mala espina”. Los cuidados tienen también que ver con la convivencia, con la capacidad para cohabitar en armonía, siendo unos apoyo de otros, como en Menú de Otoño: “Para digerir mejor / la incertidumbre, / nada con la ansiedad / ni con la sal de la sed. / Tiempo y ternura / en la cocina. / Contigo / para que el pan alimente”. No obstante, es inevitable sentirse solos a lo largo de la vida ante la incertidumbre de lo que vendrá, como se cuenta en Destino: “Flor deshojada. / El frío es inminente / sin tu cobijo”. En Ulises de nuevo la brevedad es protagonista, casi un aforismo donde se destaca la idea homérica de la experiencia como aprendizaje vital y sabiduría, ilustrada con la idea de periplo: “Es al volver / cuando cobra sentido el viaje”. Perspectiva tiene también el mismo espíritu. Lo vivido se va acumulando en nosotros y siempre hay que tenerlo en cuenta desde el presente para continuar nuestro camino. La imagen creada en paralelo será la del pintor trabajando ante el caballete, que debe apartarse cada cierto tiempo del detalle de lo pintado para comprender el conjunto: “Hoy, / conviene un paso atrás / para entender el paisaje”. En La gente se ofende enseguida se ilustra la actualidad de lo políticamente correcto, la dictadura del ofendido contra la libertad de expresión general: “Nadie ríe ya. / Por no faltar a nadie, / nadie se atreve”. En Desde otro ángulo, se comparan eficazmente las imágenes de algunos elementos de la naturaleza con el ánimo: “los círculos suficientes / que forma el agua / empujada por el viento del crepúsculo” y “la llama del deseo hecha paisaje”. En Colorama, la sinestesia permite asociar colores con estados internos ligados al recuerdo: “El mejor amarillo, / el del bachillerato / a la hora / de botánica. / El tiempo más azul / que cabe en los ojos”. En Camino a casa, se establecen equivalencias entre contrarios y afines: “Llegamos al silencio / por el ruido, / a la belleza por una / canción”. Lo sensorial se abre paso con De repente, donde la naturaleza se renueva respirando y haciéndonos respirar: “Clamor de agua. / Aroma en tierra campesina / sobre lo limpio. / Lluvia recién estrenada”. En Nueva identidad, se refiere al proceso de despojamiento al que aspiramos, de lo aparente externo a lo genuino o esencial: “Para ser otro, / falsifico la cédula de los registros / y olvido el número que me otorgaron. / Hoy viajo con cuerpo de niño / y pasaporte extranjero / para engañar a los monos de las aduanas. / Cuando llego al lugar del espíritu, / el disfraz se desvanece / y nace el sueño”. Fe es uno de los poemas místicos del libro, importante faceta del poeta. En él se augura una continuidad tras el final de la existencia mortal: “Nada / con la muerte. / Vida después / de la vida”. La canción de los cazadores da la vuelta al sentido que tiene arrebatar vidas por deporte, llevándolo a lo simbólico de las acciones éticas: “En esta cacería, / el mayor trofeo / es una conciencia / sin carga”. Con Dicen los médicos emplea el poeta por primera vez un recurso estilístico bien interesante: iniciar el primer verso en minúscula, siendo continuación del título que funciona como primer verso: “que en algunas heridas, / lo que más tarda en curar / son los reproches”. Se pone el acento en aquello que se queda dentro de nosotros sin solucionar en una relación, buscando reclamarlo al otro en el futuro. En Introspección vuelve a ser fundamental conocernos a nosotros mismos para valorar a los demás en su justa medida: “Con qué alegría / juzgamos en los otros / nuestra condena”. Frente a la luna sirve de homenaje a Un perro andaluz y a Buñuel, dando la vuelta a su famosa frase “Soy ateo gracias a Dios”: “—dijo el ateo / con voz firme—: / la religión / es un dios / como castigo”. En Fuselaje se refiere a la preferencia del cielo frente a la tierra, “solar baldío / de la discordia” del ser humano. También en Metafísica, donde con un pie en la tierra y otro fuera de ella se afirma que es “hora de salir / y no volver” en un mundo donde “a nadie / le abochorna la mentira”. Euforia representa un canto a la inspiración poética, su alegría y razón de vivir: “Se ensancha el poema. / Avanza / como un tumor / benigno / por las alas / del cuerpo. / No se aprecian signos / de malignidad”. El año del nudo vuelve a representar, como Mar Menor, una denuncia contra la inmoralidad política, capaz de generar tanto desastres naturales como luchas fratricidas, influyendo siempre en nuestra percepción de la naturaleza: “Al principio, / los pájaros bajaron a las avenidas / y se pusieron a los pies de la primavera. / Luego llegó la guerra, la precaria muerte / sin testigos y un verano a media luz / que parecía claro otoño. / Pobre tiempo: / huye por la vereda de la noche / y déjanos la última luna”.

El segundo y último bloque del poemario, Asiento de bienes, abarca los años 2018-2012. Se inicia con la melancólica llegada del invierno —parece enlazar con el otoño del poema anterior, aunque vayamos hacia atrás—, en El gris: “Llegó el invierno. / Esta tarde lo he visto colgado / sobre el esqueleto de los árboles / sembrando una semilla / en la tristeza”. Con La grieta se vuelve al contexto político, advirtiendo del riesgo que supone la disconformidad contra lo establecido: “la disidencia no es una virtud, / es solo un peaje que se costea de por vida. […] Un rayo de luz en la oscuridad de los desórdenes / que se alimenta del coraje que produce la razón”. El brillante poema Teletipo celebra con acertadas metáforas la recuperación de la ilusión; ésta siempre vuelve tras etapas de estancamiento vital, permitiéndonos continuar aunque la amenaza persista: “Al amanecer / frente al firmamento, / la melancolía / ha sido fusilada / por un batallón de mirlos. / Los cilicios y la pena juran venganza”. El mundo onírico queda meridianamente explicado En el sueño: “todo lo conocido se transforma. / Es el desacato del cuerpo a la cordura”. El fugaz paso del tiempo queda ilustrado en los cuatro versos de VIII, también de naturaleza onírica: “Despertar un día / con el aliento viejo / y saber que el sueño / fue la juventud”. Hay un paraíso en el marasmo dignifica a los invisibilizados por la sociedad dado su carácter vulnerable, que resulta su resistencia: “Dicen que fuimos feroces los débiles. / Que de aquella dignidad gladiadora / solo queda arena en la sangre”. XXXV también tiene que ver con la parte miserable de un mundo que no sólo ataca a los débiles sino que persigue el bienestar de los demás con la envidia. Conviene no mostrar la verdadera esencia de uno mismo en público para evitar represalias: “Los que están de pie / odian a los sentados. / Con la felicidad ocurre lo mismo. / A ser posible no la muestres”. Iberia indica que hay parte de esta forma de ser en nuestra tierra, a pesar de sus muchas bondades: “Al sol por las avenidas ilustradas / de los ateneos. / Las lunas de agosto / sobre el mar, / y en la cresta una ola / de Mundaka o Tarifa. / No todo es belleza; / aquí también engañamos a ciegos y a vecinos”. XXXIX describe mediante la imagen del hilo rojo —tan oriental— la idea de Eros y también de Thanatos: “Como ovillos / de una misma madeja, / nos vamos enredando / en la maraña del amor. / Sabemos el final. / La muerte es el nudo / que nadie deslía”. Con Bodegón ligeramente húmedo se traslada al paisaje de los alimentos las necesidades humanas: “Tú y yo, / carne cruda que se busca. / Digerir los mares muertos / mientras el amor se guisa. […] Hay una alacena para guardar el tiempo del azúcar. / Que el hambre no te encuentre / sin un beso que llevarte a la boca”. Mar materno evoca ese lugar añorado del que todos venimos, antes de ser empujados a la vida: “Regresar al útero / en un último pensamiento. / Hay un tiempo exento de magnitud, / donde la carne se nutre / y flota ahogada. […] El resto es caminar y enamorarse / hasta quedar huérfano de sombra”. En Inflexión se describe la creación y desarrollo de otro ser viviente, la composición lírica: “Nace el poema desdentado y sin rumbo. / Se va haciendo. / Carne de sílaba en frágil esqueleto / que crece o se emborrona”. Un nuevo poema nos recuerda cómo lugares que eran edenes fueron eliminados por el progreso y afán humanos: Aquí “antes había caballos. / Si nos quedamos quietos, / se acercaban a regalarnos / el musgo de su hocico. / Hoy pastan las excavadoras / el óxido amargo de los puntales”. El Bolero de Ida Rubinstein interpreta la famosa pieza ideada por Maurice Ravel para lucimiento de la citada bailarina ucraniana, destacando su repetitiva estructura y conclusión estrepitosa: “Dibujan las bailarinas circunferencias / al antojo de la danza. / Es el aire un títere movido por el afán, / un guante que se acopla obsesivo. / Enmudece el escenario / sobre la arquitectura de las escalas. / Llega el final, / El derrumbe controlado de otras vidas”. Con su brevedad, LXXVII une ironía y tristeza en la visión del presente: “Doctor: / hoy me duele el mundo / a la altura del Hombre”. Un desaliento repetido en LXXXV, donde lo destructivo es más poderoso que lo constructivo en el ser humano: “Nuestros héroes / envejecen. / Nuestros villanos / agrandan su crueldad”. Agro nos devuelve al campo con la sugestiva presencia del haiku: “Aquí el sol llega / jugando al escondite / entre frutales. / Cuando el aire se vuelve dulce, / amanece”. Finaliza el poemario con una nueva y última mención al árbol portador de fruta, asociando lo que aportan con la generosidad humana a la que el poeta aspira: “Amar sin comercio: / dar sin condiciones como hacen / los frutales”.

Éstos son sólo algunos poemas seleccionados por su belleza del poemario Inventario de desperfectos. Con ellos se ha quedado el autor que esto escribe, dado lo que le han sugerido o inspirado. No obstante, cada lector podrá hacer su propia antología de la antología hecha por el poeta. Para cada gusto colores, poemas o frutas. Y el paisaje, la naturaleza, envolviéndonos a todos.