Antonio Hualde | Miércoles 12 de noviembre de 2008
En 1944 tuvo lugar en el Hotel Maison Rouge de Estrasburgo –Francia- una reunión organizada con la máxima discrección. El curso de la misma daría pie a uno de los enigmas más sugerentes de la segunda mitad del siglo XX. A ella asistió un selecto grupo de hombres de negocios alemanes, así como algún destacado dirigente nazi. Entre ellos, Hjalmar Schacht, quien fuera la primera autoridad financiera alemana. Eran conscientes de la derrota militar y, sabedores de que los aliados irían por ellos, tomaron la determinación de crear un entramado que facilitase huida, escondite y fondos, esto último a espuertas. Lo que allí se debatía tenía un fuerte componente económico, pero también político, aderezado además con tintes de espionaje. Fue en el Maison Rouge donde se gestó lo que posteriormente se denominaría Odessa, y no precisamente en honor a la ciudad ucraniana, sino por sus siglas en alemán Organisation der Ehemaligen SS-Angehörigen –“Organización de Antiguos Miembros de las SS”-.
La literatura y el cine inmortalizaron esta leyenda con obras como “Odessa” y “Los niños del Brasil”; la primera, sobre la brutalidad de un antiguo comandante de las Waffen SS, ahora bajo identidad falsa, y la segunda, sobre los experimentos genéticos del doctor Mengele, médico de Auschwitz, en la selva brasileña. ¿Leyenda? En absoluto. Terminada la guerra, aquella primigenia organización nacida en Estrasburgo ayudaría a escapara a miles de nazis de Alemania. Lo haría a través de rutas que comunicaban el sur germano con Francia y Suiza. A esta ruta se le llamaría Die Spinne –“la araña”, en alemán-, y estaba conformada por granjas y casas francas de simpatizantes nazis, que acogían y daban cobertura a los prófugos. Pero también la Iglesia tuvo su parte. Así, monasterios de todo Centroeuropa sirvieron de refugio tanto a judíos que huían del terror nazi, como posteriormente de sus verdugos. Se aprovechaban de que los monjes, en uso de la hospitalidad monacal y de la caridad cristiana, se limitaban a acoger a todo el mundo sin hacer preguntas.
Dos fueron los santuarios de Odessa. Por un lado, Argentina, donde Perón simpatizaba abiertamente con la causa nazi. De hecho, hubo instructores alemanes en el ejército argentino, y es sabido que el propio Juan Domingo Perón se jactaba de haber acogido a más de un antiguo alto cargo de las SS. Se ha llegado a decir incluso que tuvo animadas charlas con un tal Gerard, sobrenombre usado por Mengele en Sudamérica. Por otro, España. Aquí la cabeza visible fue uno de los hombres más notables del Reich, el ingeniero austríaco Otto Skorzeny. Especialista en operaciones especiales, fue el artífice del rescate de Benito Mussolini, y auténtico alma Mater de Odessa en España. Tan es así que los más viejos de la capital recuerdan que era frecuente verlo en Horcher, restaurante alemán por antonomasia en Madrid. Skorzeny era un personaje. Se entregó a los americanos, quienes le recluyeron 2 años en un campo de prisioneros. Allí tuvo ocasión de reclutar a lo más granado de las Waffen SS y de Abwehr –contraespionaje alemán-, para posteriormente operar bajo órdenes de la CIA. Murió en 1951, y quizá eso le salvo…no de la Fundación Simon Wiesenthal, sino del servicio secreto de un pequeño país que acababa de nacer, y cuyos espías llegarían a la categoría de mito. El Mossad israelí, claro. Ellos capturaron al lugarteniente de Reinhard Heydrich, Adolf Eichmann, teniente coronel encargado de la logística del Holocausto. Entre otras muchas cosas. Pero eso es secreto.
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