Edgardo Krebs | Miércoles 12 de noviembre de 2008
En este contexto internacional tan volátil y alterado, Barack Obama representa para los norteamericanos el último movimiento, tal vez catártico por fin, como una epifanía compartida, de una larga línea de evolución social e histórica de los EE.UU. Desde el principio este fue un país mestizo que ha preferido verse, sin embargo, como un país “blanco.” La historia como disciplina académica se instaló en las universidades norteamericanas a partir de 1880. Desde entonces, pero en particular después del Civil Rights Movement, la producción de libros y artículos sobre temas clásicos y arcanos del pasado nacional es apabullante en volumen, variedad, calidad literaria e imaginación. El panorama que surge de los archivos es el de una sociedad cultural y biológicamente mestiza. En este sentido la historia va algunos pasos por adelante de los estereotipos políticos y los prejuicios ideológicos. En las páginas del New York Review of Books ocurrió hace poco algo extraordinario. El decano de los historiadores coloniales de este país, Edmund S. Morgan, saludo consagratoriamente a una joven colega negra, Annette Gordon-Reed, por el libro que acaba de publicar sobre la relación de Thomas Jefferson con su esclava Sally Hemmings. La larga reseña de Morgan no deja lugar a dudas sobre el porque de su respaldo, una suerte de traspaso de poder a una nueva generación de historiadores menos inclinados a preservar ciertas beaterías heredadas. Después de enviudar, Jefferson tuvo seis hijos con Sally Hemmings. Sally era hija, a su vez, del suegro de Jefferson con una esclava negra, lo que la convertía en la media hermana mestiza de Marta Jefferson. Los hijos de Sally eran, por su parte, medio hermanos de la hija legal de Jefferson con Martha. Y de hecho convivían como tales en Monticello, la casa del autor de la declaración de independencia. “La esclavitud, escribe Gordon-Reed, creaba situaciones muy extrañas en el sur: padres que eran amos de sus hijos; hermanos cediendo la posesión de hermanos como regalo de casamiento; hermanas vendiendo a sus tías; esposos teniendo hijos con sus esposas y también con las media-hermanas esclavas de ellas; niños esclavos y sus primitos libres blancos compartiendo juegos en la misma plantación –cosas que, bajo cualquier óptica, violan nociones básicas de lo que suponemos constituye una familia.” La situación descripta en “The Hemmingses of Monticello” era representativa, no excepcional. Morgan sabe que una exposición tan completa y erudita de este caso-símbolo llega al fondo de la hipocresía sobre materias raciales en los EE.UU. La cortina se ha corrido y no hay más remedio que mirarse en el espejo. Morgan, un scholar enjuto, de humor seco, sin paciencia para tonterías, que se dedica a construir muebles con sus propias manos como hobby, concluye su reseña afirmando: “Esta es una de las historias que realmente cuentan.”
Cuando Barack Obama alude a lo improbable de su posición al frente de una formula presidencial, se refiere desde luego a la esclavitud, al ocultamiento de hijos mestizos, la supresión de sus derechos, a los linchamientos, a la segregación racial que domino la mayor parte de la historia norteamericana en el siglo xx, y a la noción --persistente aun en ciertos sectores de la sociedad—que ser negro es ser inferior, y que cuesta imaginar a una primera dama negra en la Casa Blanca. Pero Obama representa también la mejor forma de resistencia de la comunidad negra, que siempre se dio a través del estudio, la superación personal, el recurso a las leyes. Aun durante la vigencia de la esclavitud, los negros norteamericanos cultivaban parcelas de tierra para su propio beneficio, aprendían oficios, se enlistaban en el ejército, en la marina mercante, iban en busca de libros, encontraban refugio en los textos bíblicos. Demostraban una enorme capacidad de tomar la iniciativa bajo circunstancias muy desfavorables. Apenas una generación después del fin de la esclavitud, los hijos y los nietos de muchos negros campesinos y analfabetos tenían sus doctorados en química, eran abogados, escritores, arquitectos, diplomáticos. La pequeñas iglesias negras rurales fueron los primeros centros de sociabilidad y de acción política. La iglesia del controvertido Rev. Wright proviene de esa tradición combativa. Las iglesias Bautista y Metodista negras influyeron en el contenido y el ritual de las iglesias Bautista y Metodista blancas. El mestizaje es también religioso. Y musical. Y literario.
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