Opinión

Cosas que pasan

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 29 de mayo de 2024

Aunque resulte sorprendente hay vida más allá de la política. Pasan cosas a nuestro alrededor, es más, algunas incluso inspiradoras. No va con segundas, pero es una opinión muy subjetiva dado como está el patio de las influencias. Creo que el personal terrenal anda mermado de proyectos y de ahí la fiebre por encontrar algo, lo que sea, lo más parecido a Shangri-La, ese lugar tan ficticio como lo de ver burros volando.

Dicho esto, y como el paisanaje es el eterno buscador de complejos argumentos no más allá de sus propio teléfono móvil, una buena oportunidad sería la de rendir culto al libro ahora que estamos en puertas de celebrar la 83ª Feria del Libro de Madrid.

Las ferias de libros están cargadas de simbolismos y no es que atraiga más al lector por aquello de fijar la marca con su autor o autora preferida, lo que sucede es que hay un “lector de feria” que le satisface cruzar el rubicón de la fortuna y mantener un “cara a cara” con su favorito o favorita de turno.

El culto al libro es una necesidad tan cierta como abrir sus páginas y formar parte de la intriga de su contenido. Nada es lo que parece, ni tan siquiera la ilustración de su portada, pues lejos de la historia que en él se encierre, siempre estará la magia del autor capaz de sucumbir ante el reto del buen lector.

En esta suerte de relación escritor-lector a veces se establecen normas de conducta, incluso una especie de complicidad seductora. El libro se vuelve objeto de deseo y eso tiene mucho de galanteo, pues el enigma de su contenido ya es causa de provocación; diría que es la sensualidad de la imaginación la que nos provoca entrar en el mundo de lo fantástico.

El libro, por sí solo, es una cuestión de honor a dirimir entre dos partes que se desconocen, incluso que pueden llegar tanto a rechazarse como a intimar. Es un simple acto de particular confianza dispuesto a recrear fantasías escritas capaces de convertirlo todo en una relación magnética; de tal manera que la grandeza de leer nada tiene que envidiar a la magnitud de escribir, pues si no ¿qué sería el escritor sin lector o viceversa? Con esta premisa, la nada se convierte en todo cuando las páginas se suceden en complicidad y el libro se vuelve codicioso en ser leído; a partir de ahí el universo de la sabiduría llama a la puerta del intelecto y es cuando la ficción se convierte en cultura.

De por sí los libros son callados y escondidos. Se guardan celosamente en sus letras impresas esperando que alguien establezca el parentesco, ese vínculo afectivo que se detrae de los recogimientos seductores más íntimos. Sin duda el mejor libro es la persona misma merced a la hondura de lo que cada cual alberga en su propio ser, por eso aún todo queda por escribir y ser leído, porque la mejor historia es aquella que se guarda de miradas críticas; de ahí la grandeza de lo creativo.

Si en cada uno de nosotros existe sensibilidad también hay creatividad y ello precisa ser escuchado a través de cualquier lenguaje que manifieste capacidad de inventar. Uno de los pilares para doblegar a la incultura es la lectura y con algo tan sencillo como es abrir un libro y dejarse llevar por el vínculo del conocimiento ya es entrar en los dominios de la educación. Sin duda uno de los mejores caminos hacia el progreso.

El gozo de escribir viene a justificar la virtud de leer y más allá de esta concordia nada se interfiere no siendo la pereza por despertar la magia de lo desconocido. Eso sí, más allá de todo esto, conviene recordar que no todo está en los libros. Ustedes y yo somos la historia viva de la que dependen las cosas bien hechas. Al menos, mientras estemos en esta parte del mundo real o imaginario de cada cual.