Este mundo de emociones desatadas y estupidez a flor de piel ha resuelto abiertamente prohibir la tauromaquia. En Cataluña hace tiempo, luego en País Vasco, ahora en Colombia... Los declamadores de las mil formas de “cultura” no aceptan el testimonio de García Lorca, de Picasso o de Buñuel, que podrían figurar, indudablemente, en el ilustre panteón de los miembros de la cultura. En relación con los toros sólo atienden a la voz de su corazón. Nada les parece más inaceptable que citar a José Tomás entre los más grandes artistas de nuestro tiempo, pese a que es probable que alguno de aquellos no dudara en apoyar nuestra afirmación, si es que nada tiene que envidiar José Tomás a Ignacio Sánchez Mejías, por ejemplo, en cuanto a valor y buen gusto en el arte de torear.
El animalismo, que llamaré bestialismo, ha decidido proteger la vida de los animales frente a la vida del heterótrofo humano a cuya especie pertenecen. Entre las bestias no hay bestialistas, aunque entre ellas se cuenten algunos de los mejores amigos del hombre. Sucede que, para los espabilados de sensibilidad exaltada, es fascista la razón a la que oponen un sentimiento del que se niegan completamente a dar razón. La razón, en su anhelo de verdad o en su pretensión de conocer la realidad, debe ser abolida en nombre de una presunta “verdad del corazón”, que es tan arbitraria y caprichosa como puede serlo un sentimiento jamás edificado. Es a ese sentimiento sin estructura al que aludimos con la expresión sentimentalismo. Un sentimiento que no da razón de sí mismo, que se autosatisface en la virtualidad inconsistente de su propio ensueño negando la realidad inapelable que exige límites. Dado que sólo existe lo que resiste: lo que resiste en primer lugar a nuestra voluntad. Mal educados o caprichosos quieren reducir la realidad a su deseo.
La mera alusión a la educación del sentimiento, o a la formación de la voluntad que necesariamente la acompaña, les parece inaceptable a estos tiranos con disfraz de liberal. No puede establecerse, a su juicio, idea alguna de vida buena como horizonte de una política pública. Nadie tiene derecho a configurar nuestro deseo. El deseo es una indiferenciada potentia gaudendi que no puede determinarse por su objeto, más allá de – como afirma la coda definitiva – interferir en el deseo del prójimo. Yo soy yo y hago con mi cuerpo lo que me da la gana, reza el único mandamiento de este detrito ideológico. Y esa “gana” es un deseo supuestamente prístino que mana de ese corazón intacto que se conmueve con facilidad ante el mugido fatal del toro.
Ni por un instante piensan – “el hombre que piensa – dice Rousseau – es un animal depravado” – que ese corazón está bajo el control de los ingenieros de la atención, de los publicistas del ánimo, de los técnicos de la emoción que inducen y seducen el deseo con la exactitud creciente de la inteligencia electrónica, capaz de calcular sus efectos a partir de la infinidad de datos que nuestros actos sentimentales le ofrecen gratuitamente. Prohibida la tauromaquia y desaparecido el toro de lidia empezaremos a criar gusanos y termitas, escarabajos de crujiente quitina que serán la materia de nuestras harinas y una fuente riquísima de proteínas. Digamos, simplemente, que nuestra distinta condición está bien clara a la luz de nuestro animal totémico. ¿Es Ud. más de toros o de gusanos?
Una oscura asociación une España y tauromaquia, un resentimiento insuperable relaciona la razón con la autoridad de los límites y la forma de la realidad. Frente a esas asociaciones sugestivas, administradas por los publicistas del voto, sólo podemos oponer la figura soberana de una voluntad racional o de una razón animada por el gusto bien educado de los viejos amantes de la tauromaquia.