Juan Marsé, un maestro para Patricio Peñalver (Murcia, 1953), aseveró que gente nacida en familias acomodadas, que va a buenos colegios donde hace provechosas amistades, estudia luego carreras, trabaja, se casa y tiene hijos, no le motivaba especialmente porque con ella no arranca la escritura que él pretendía: nueva, radical e irrepetible. Por ello sus principales criaturas de ficción tienen orígenes proletarios, cuando no marginales: el premio Cervantes de 2008 convocaba a quienes se abren camino en la vida partiendo de cero y sin concesiones: a dentelladas.
En Espinardo, barrio del extremo norte de la ciudad de Murcia, Peñalver vive una infancia pobre, mediterránea, que recuerda no poco a la que Albert Camus describe en El primer hombre. A los trece años abandona la escuela pública y empieza a trabajar en un almacén de infusiones y especias, en lo que será inicial ocupación de una extensa lista (aprendiz de un maestro de pintura; empleado en fábricas de hilaturas y talleres de reparación; limpiador de cristales de autos en Barcelona; dependiente de almacén; temporero del tomate; corredor de productos de mercería; vendedor a domicilio del Círculo de Lectores y de productos de lavanda…). Aparte de sentir en propia piel la dureza de la existencia, en este joven que no encaja en ningún puesto laboral va creciendo su conciencia social.
Escasas dudas pueden quedar de cómo Marsé hubiera cincelado a uno de sus inolvidables protagonistas con los vaivenes de este murciano con ganas de presentar batalla. Quizá, debido a esa influencia literaria, opte Patricio por convertirse en narrador de su propia vida. En una acertada decisión, con ella, además de distanciamiento, involucra a lectores más o menos coetáneos en unas peripecias –las suyas– que, aunque no hayan sido compartidas en su totalidad (en mi caso muchas), trascienden el «yo» para pasar al «nosotros»: aunque parezca la autobiografía de Patricio, –en efecto–, estamos ante un espejo que refleja bien parte de la luz original de nuestras vidas.
Peñalver consigue el Graduado Escolar, y, alternándolo con los variados empleos citados (luego se añaden otros), decide estudiar en la Escuela de Graduados Sociales para ser asesor laboral. Estamos en 1974, época de conflictividad en la que las primeras huelgas logran que las patronales concedan subidas salariales. La política se ha convertido en el eje central de Patricio, una trayectoria interrumpida por quince meses de servicio militar durante el que será cabo primero con tareas de suboficial (ello no le impide distribuir en el cuartel la revista izquierdista Combate). Concluida la mili en 1976 y con Franco muerto el ex militarizado Peñalver se reintegra a la vida civil.
Las asambleas universitarias, la legalización del PCE y el retorno de exiliados como Dolores Ibarruri y Rafael Alberti allanan el camino para las Elecciones Generales de 1977, donde el electorado español, por vez primera –y no última– opta por la moderación con aquella clara victoria de UCD (centro democrático) y un buen resultado del PSOE (que pronto dejaría de ser un partido marxista). A Patricio le queda «la gran satisfacción de haber empleado todo su tiempo durante esos años en la lucha antifranquista por la democracia».
Viajes a Barcelona y Madrid, luego a Europa, ocupan abundantes y sabrosas páginas de esta vivida –y vívida– autobiografía. Destaca aquel periplo con el escultor Pedro Noguera en un Dyane-6 que no pasaba de cien kilómetros por hora. París, Bruselas, Ámsterdam, la República Democrática de Alemania e Italia dejan divertidísimos y rápidos apuntes de países y ciudades, visitados en un vertiginoso carrusel que hace que Patricio –una vez de vuelta– escriba: «De ese recorrido solo recordaba destellos de levedad. Después de muchos días de ir de un lado a otro, de idiomas, de gentes, de países diferentes, ya estaba en Murcia y todo lo acontecido le parecía como el sueño de unas noches de verano».
Pero la pretensión principal de Peñalver al redactar su autobiografía, que originariamente va publicando de fragmentaria manera, ha sido «ir hasta el momento en que llego por primera vez a escritor».
Primero, su pasión por la lectura. Con el temprano descubrimiento de García Lorca y Antonio Machado otros clásicos (Lope de Vega, Góngora, Quevedo) jalonan la afición de Patricio, que queda deslumbrado por la honda poesía de Miguel Hernández. Vendrán luego textos sobre socialismo y comunismo: Lenin, Mao, Trotski. Autodidacto en filosofía e historia, toma conciencia de clase y sigue en Triunfo las columnas de Eduardo Haro Tecglen, Diego Galán y Manuel Vázquez Montalbán. Combinar autores de la Escuela de Frankfort con revistas satíricas tipo Hermano Lobo y El Viejo Topo acrecienta su interés por la prosa: los libros políticos pronto se ven desatendidos en beneficio de los de novelistas como William Faulkner, Gabriel García Márquez o Julio Cortázar.
En una imprenta, y sin especialización alguna –«Aprendiz de mucho, maestro de nada», insiste en el libro–, a Peñalver lo que más gusta es desempeñar labores de cajista «porque se siente como un escritor». Compra una máquina de escribir por la que paga 25 pesetas al mes. El impresor siente crecer el gusanillo del periodismo.
Sus primeros artículos ven la luz: uno, sobre la obra de Cortázar («Los desconocidos rumbos del largo viaje cortazariano») aparece en el diario Línea de Murcia en enero de 1981. Antes Patricio lo ha remitido al genio argentino, colando en el sobre su relato Los sueños de la habitación de uralita… ¡Y recibe una imprevista y alentadora contestación!: «se nota que manejas bien ese escurridizo género», lo anima el autor de Las armas secretas. Patricio Peñalver se plantea entonces convertirse en autor de cuentos. Ella o El hombre del maletín salen en las revistas Postdata y Monteagudo. 1982 es este año en que él ha decidido «escribir, escribir y escribir, y publicar, aunque sea sin asumir el papel de escritor».
Durante 2017 Patricio, que nunca ha dejado de ser cervantino («El Quijote es el inicio de la novela moderna, la novela de novelas, la gran Biblia, ahí están todas las formas de narrar»), redacta su autobiografía («La estoy escribiendo en tercera persona, como narrador») en servilletas de bares que luego pone en limpio en su muro de Facebook. Con este proceso de literaturizar su vida indaga el porqué de empezar a escribir proviniendo de una familia de ágrafos.
2017 es también el año de la publicación de La muerte del minotauro. En 2018 participa en el Nadal que gana Alejandro Palomas con ¡Apunten! ¡Fuego! ¡Viva la República!, quinta novela suya que, por fin, ha logrado editar en 2023.
Nada mejor para terminar la reseña del excepcional libro que ha resultado ser Aunque parezca mi autobiografía tal vez sea la tuya que incluir una reflexión hecha por Patricio Peñalver al recordarse veinteañero:
«A veces, tengo la sensación de estar recostado en el diván de mi psicoanalista. En ciertas decisiones de la vida se puede encontrar la clave de lo que uno ha llegado a ser en el presente. En esta autobiografía solo llegaré al momento en el que empiezo a escribir y a ser escritor de un modo inconsciente».