Opinión

Cuarteto

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 02 de junio de 2024

Es posible que, del mismo modo que sus creaciones, su faceta como autora de cuentos se haya desarrollado de forma callada y persistente. No son pocos los títulos que se agrupan en la solapa —ocho, concretamente—, pero aun así me da por pensar que no son los que más atención han recibido. Puede que unos más que otros, pues el primero salió en 1982 y el último en 2021. Contienen, no obstante, sin desmerecer sus novelas, algunas de las mejores páginas de su narrativa.

Un libro de relatos, y esta opinión es completamente personal, siempre será más certero que una novela. Su brevedad, entendida y manejada a placer por quien escribe, refiriéndome a la extensión, permite que se alcancen con más facilidad —oficio adquirido aparte— esas intensidades que en la narrativa ofrecen un apunte descriptivo, una frase o diálogo por entero, pero también lo que se omite y queda en suspenso. Soledad Puértolas ha hecho de su atracción por las figuras huidizas un sello distintivo, tan desenvueltas en el momento de la acción como retraídas en lo crucial; meditativas, pareciendo que no desean nada, que no buscan nada, pero siguiendo en su lucha, revestidas de una lucidez melancólica.

Cuarteto es la demostración de sus bazas como escritora a través de cuatro relatos que desarrollan sus periplos gracias a las locuciones latinas Horror vacui, Ceteris paribus, Festina lente y Noli me tangere. Se nota que la escritora ha disfrutado del proceso. En todos se ha hecho permanente el esfuerzo que subyace en la intención prosista, en querer narrar una historia, con sus licencias, sin duda, pero dejando a un lado las capacidades estéticas o demasiado literarias que en multitud de ocasiones se palpan en la escritura de otros. Puértolas es cervantina en ese aspecto. Lo que se sabe sentir, se puede contar. También Chéjov y Baroja, Buzzati incluso, han sido significativos. El dominio de las sutilezas es evidente, rayano en lo perfecto. La sencillez es la capa que envuelve la profundidad psicológica inmanente a los protagonistas.

Decía líneas más arriba que estos podían retraerse en momentos propiamente activos, pero en el caso de los de Cuarteto sí consta la diferencia de que todos —desde la errancia ermitaña de la princesa Georgina, la voluntad empresarial de Olimpia o el favor llevado a cabo por Fredi debido a las últimas palabras de su esposa— obedecen al mandato interior que los interpela. La languidez justa se alterna con caracteres fuertes, con intereses que repentinamente tiran de ellos, obligándolos a cumplirlos, si bien su naturaleza, de no haberse visto nunca ante semejantes coyunturas, los haría permanecer más silenciosos y replegados.

Recojo estas palabras de Puértolas, de un prólogo a una novela anterior. ‘Lo bueno que tiene este oficio es que sólo importa de verdad lo que se está haciendo. Eso permite mantener la ilusión de continua novedad. El escritor es un hombre que no se contenta con vivir. Su verdadera dimensión está en inventar una vida distinta sobre el papel. Por eso, la obra acabada y publicada se desvanece. El mundo que en ella se creó deja de pertenecernos. El escritor no se conforma con la nostalgia del pasado. Lo único que le colma es seguir escribiendo, seguir inventando: crear ese presente que dejará de ser presente para uno mismo.’

En los relatos de Cuarteto sucede esa renovación. Este libro que nos entrega la autora tiene la finura suficiente para embelesar y engañar de manera inocua, para creer que esa lentitud, ese tempo enigmático, en ocasiones inquietante, son como los que habitamos, mecidos por la duda que se alumbra al pensar si verdaderamente se vive o se sueña.