El domingo siguiente a Pentecostés la liturgia nos propone el misterio de la Santísima Trinidad, o sea, Dios en sí mismo, Dios por dentro, por así decir. Dios es infinito y nuestra mente es finita. Nunca podremos entrar en la intimidad de Dios, que nos sobrepasa absolutamente. Sólo sabemos lo que nos dijo Jesucristo, que habló de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo como de la misma y única realidad divina. Empleó unos términos comprensibles para que la gente más sencilla al menos pudiera hacerse una idea aproximada.
Concebimos a Dios Padre como el Ser supremo, el que existe por sí mismo. De nadie ha recibido la existencia y ni siquiera puede perderla. Necesariamente es. Gracias a Él mantiene en el ser todo ente finito que de hecho exista. Es el Creador de nuestro inmenso mundo. A Él debemos la vida cada uno de nosotros. Permanecemos en la existencia en la medida en que Él sostiene nuestra vida en esta Tierra segundo tras segundo.
Jesucristo habló de Sí mismo como Dios Hijo encarnado en este mundo. San Juan Evangelista utilizó la palabra griega logos. La liturgia latina la tradujo por el Verbo. Tras el último Concilio se usó el término la Palabra. Ahora se ha vuelto otra vez a el Verbo. Pero en rigor siempre estamos pensando en la Verdad.
Todo lo que existe tiene un correlato racional, y expresable de suyo en un lenguaje, que lo describe, define o identifica. Otra cosa es que nuestra mente finita conozca o no esos correlatos. Pero en todo caso, si Dios Padre es el Ser supremo, pensamos a Dios Hijo como la Verdad suprema, el correlato lógico o racional del Ser supremo. Entendemos así la frase de Jesús El Padre y Yo somos lo mismo.
Por último, los padres y doctores de la Iglesia se han referido siempre al Espíritu Santo como el Amor. Dios es Amor. Deus charitas est, dice el mismo San Juan Evangelista. Este fue el título de la primera Encíclica del recientemente fallecido Papa Benedicto XVI, que fue un eminente teólogo.
Sin embargo, el amor presupone la belleza. Amamos lo que previamente hemos intuido como bello, en el más amplio sentido del adjetivo bello, o sea, lo que nos atrae, fascina y seduce, nos encanta o admiramos. El amor es la respuesta a una belleza previamente percibida. Por tanto, podemos entender el Espíritu Santo como la Belleza suprema, de manera análoga a como Dios Hijo es visto como Verdad suprema.
Así pues, Ser supremo, Verdad suprema y Belleza suprema son tres maneras como nuestra mente finita se acerca a Dios infinito, en la medida de su limitada capacidad. Quizá en el cielo, si tenemos la dicha de llegar a él, entenderemos algo mejor la misteriosa unidad entre estos tres aspectos con que aquí abajo entrevemos a la Divinidad.
Si hacemos uso de la terminología más frecuentemente usada en nuestros días, diremos que Ser, Verdad y Belleza son los tres valores supremos, que atribuimos a Dios en grado infinito. También vemos brillar esos valores de modo fragmentario y finito en este mundo. Pero sobre todo, entendemos que la unidad de los valores es también un valor. Esa unidad debe ser. Es preferible que se dé a que no se dé. Los valores no se excluyen entre sí. Al contrario, se enriquecen mutuamente y se complementan. En este mundo, cuantos más valores veamos en una persona concreta, tanto mejor.
Usando el término valor nos acercamos un poco mejor al misterio de la Divinidad una y trina a la vez. La terminología tradicional, e incluso oficial, recurre a las nociones de persona y naturaleza. Pero esta terminología resulta siempre forzada y confusa.
El término persona aplicado a Dios es insuficiente, si las únicas personas que conocemos somos nosotros mismos. No somos capaces de concebir cómo tres personas sean la misma realidad. Por otra parte, tampoco podemos separar la noción de naturaleza de la de esencia. Ya Santo Tomás de Aquino nos advirtió que no podemos aplicar a Dios la noción limitativa de esencia. Tener esencia es no ser lo que cae fuera de esa esencia o naturaleza. Dios es por fuerza existencia pura, Ipsum Esse.
A primera vista quizá parezca artificioso aplicar la palabra valor a Dios Padre o Ipsum Esse. Aquí abajo vemos claro que una persona concreta posee o tiene determinados valores. Es poseedor, protagonista o titular de ellos. En cambio, la existencia de un ser humano concreto no es vista como un valor que debe ser, sino como un hecho.
En efecto, valor se define en Axiología como lo que debe ser, sea o no sea. Y la existencia de un ser humano en este mundo no debe ser. Simplemente es. Podía ser, y ha llegado de hecho a ser.
Sorprendentemente, eso no vale para Dios. La existencia de Dios Padre no se encuentra en esta situación. Cumple con la definición de valor. Esa existencia debe ser. Y además necesariamente es. Deber ser se relaciona con necesario de la misma manera que poder ser se relaciona con posible.
Por eso cabe entender la existencia de Dios Padre o Ipsum Esse como un valor. Se cumple la definición de valor que aquí empleamos, o sea, valor es lo que debe ser, sea o no sea. Ocurre sólo que en la segunda parte de esta definición la alternativa positiva siempre se cumple. Pero la definición como tal es compatible con ese caso.
En conclusión, Ipsum Esse, Ipsa Veritas e Ipsum Pulchrum son tres valores supremos e infinitos, cuya unidad es también un valor, que denotamos con la palabra Deus. Esta es la gran ventaja de recurrir a la palabra valor. La unidad de los valores es también un valor y debe incondicionalmente ser. La terminología axiológica es preferible a la tradicional para acercarnos al insondable misterio del uno y trino a la vez.