Despachurrado en el palco, la mejilla apoyada en la mano y la cara de sueño, así estaba el presidente José Luis González González. Observaba a las veinticuatro mil almas pidiendo la segunda oreja para Borja Jiménez con indolente displicencia. Al no conceder la segunda oreja demostró que es un mandamás sin criterio, al conceder la oreja por la segunda faena demostró su cobardía. Borja Jiménez triunfó. Esta Puerta Grande tuvo mérito. Frente a las figuras cuajadas con un sólo encaste, frecuentemente denominado el toro-carretilla, Borja se forjó con lo que le echen. Acartelado con Roca, hoy tocaban los buenos: los de Victoriano del Río. Toros móviles y de mando a distancia. Inteligencia Artificial.
Borja Jiménez ha resuelto con brío y valor las tres portas gayolas: una vez de pie, engarzaba capotazos de categoría y variedad. Rezumaba decisión. Rodilla en tierra, la mano baja y trazo largo, levantaron al público del asiento. Dulce (2º9/19) iba enroscándose en la cintura del diestro quien, con los pies clavados en el albero, no se cansaba de siluetear los pases por ambas manos. Tallista (5º 8/9) prometía mucho, embestía con estilo, pero se caía, lo cambiaron y acabó en el desolladero. Volandero (Torrealta 6º11/19), un tren de toro, castaño, pero con varias teclas por tocar. Borja tuvo que pechar con un morlaco que se ceñía, pero arremetía a la muleta con emoción. Tandas redondas, una mirada al tendido y un triunfo a lo grande.
Los varilargueros estuvieron muy mal. Se malició hasta Alberto Sandoval. Las banderillas discretas. Igual de discretas fueron las faenas de Emilio de Justo. La primera con Tordillo (1º7/18) empezó con la mano baja, logrando olés, pero el desacierto con las distancias y la desgana de probarlo al natural difuminaron la obra. Bisonte (4º8/19) fue protestado al salir y la faena resultó monótona.
Al salir Soleares (3º9/19) se levantó un vendaval de protestas contra el afeitado de los toros. Roca Rey indeciso y desganado, se armó de valor para hacer un quite de costadillo por detrás, en su versión clásica se hacía de frente por detrás. Comenzó de rodillas, arrastrándose, buscando la embestida del animal. Esta búsqueda llevó mucho tiempo. La faena se esfumó. En resumen: unos mantazos de pasa-torito, perdiendo pasos y escuchando las protestas. Un aviso. Cóndor (6º8/19) fue un manso con pintas. Roca tampoco tenía ganas de probarlo. Pocas veces se ve tal coincidencia de temperamentos: ambos iban de perfil y mirándose de reojo, sin lanzarse. Roca, no acostumbrado a tales sorpresas, lo abordó con dos tandas por la derecha y el marrajo se rajó. El torero también. Aquí se acabó el cuento.