Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek. Impedimenta. Madrid, 2024. 288 páginas. 20,95 €.
Por Soledad Garaizábal
Muchas veces, cuando se habla de la antigua Yugoslavia, se utiliza la palabra desintegración. Desintegrarse, deshacerse, disgregarse, atomizarse, dividirse, romperse, que los trozos acaben siendo tan pequeños que casi desaparezcan, que resulte imposible recomponer nada. Cuando un territorio se desintegra, sus pobladores parecen desintegrarse también.
Rota y despedazada estaba cada una de las personas a las que la profesora Tanja Lucic llamaba “mis chicos”. Eran hombres y mujeres, casi todos jóvenes, que habían logrado salir vivos del infernal lodazal yugoslavo y estaban en Holanda a principios de los noventa. Se apuntaron a las clases de Tanja sobre Lengua y Literatura “en nuestro idioma”, como prefería llamarlo porque estaban tan perdidos y asustados que ya no se atrevían ni a ponerle nombre a su lengua materna.
En las aulas se multiplicaba por quince el desarraigo extremo individual, pero les mantuvo relativamente unidos el deseo común de salir a flote, de construir una comunidad efímera de apoyo, durante los dos semestres de clases en la universidad de Ámsterdam que sirvieron para rescatar a algunos náufragos en vida y subirlos a una endeble balsa de salvamento emocional. “De una cosa estaba segura: fuera adonde fuese, mis estudiantes eran la dirección en la que me movía. Ellos eran mi centro interior, mi plaza mayor, mi calle principal, mi arteria; y lo eran literalmente”.
En clase, la yugonostalgia lo envolvía todo. Meliha, Darko, Igor, Bobam, Nevena, Salim, Mario, Johanneke y los demás, igual que Tanja y otros tantos, eran personas desintegrándose como la antigua Yugoslavia, caminantes de pasos perdidos en calles de niebla de ciudades ajenas. Venían desde Bosnia, desde Croacia, Eslovenia, Macedonia, Albania, Montenegro o Serbia, “huíamos de todas partes y a todas partes llegábamos”, cuando los refugiados de guerra se calculaban en oleadas de millones y “Europa hervía de ex yugos”, cuando Ugrešić empezó a escribir novelas que ponían nombre y caras a las terribles cifras.
En 2023 murió, en la capital de los Países Bajos, Dubravka Ugrešić (Kutina, antigua Yugoslavia 1949-Ámsterdam, 2023), la autora de esta gran novela que, con traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek, ahora ofrece al público español la editorial Impedimenta. Cuando murió llevaba treinta años fuera de lo que alguna vez consideró su casa. Tuvo que huir de su tierra natal por su compromiso con la paz y su desprecio al conflicto bélico. Optó por pedir asilo político en el arte de escribir. Desde entonces se vio obligada a vivir en el exilio, refugiada en la literatura valiente, ciudadana de sí misma, tras las únicas fronteras de su voz.
Profesora de Literatura Comparada y formada en la vanguardia rusa del primer tercio del siglo XX, que posteriormente fue arrasada por la Gran Purga de Stalin y la imposición del realismo socialista como modelo estético, Ugrešić se convirtió en una de las firmas más destacadas del posmodernismo yugoslavo, hasta que la caza de brujas nacionalista en su Croacia natal la arrojó al exilio.
Ya instalada en los Países Bajos, su producción literaria comenzó con Ficcionario Americano, Gracias por no leer y El Museo de la Rendición Incondicional, novelas a las que siguieron la que ahora nos ocupa, además de Babá Yagá puso un huevo, Zorro y La edad de la piel, todas ellas publicadas por Impedimenta.
Caracterizada por una fuerte carga política y emocional, su obra se consolida entre la de los creadores comprometidos y valientes, refugiados en segundos países, obligados a escribir desde un espacio propio donado por la literatura y que se despliega por encima de todas las fronteras que otros, sobre los mapas, se empeñan en marcar. El Ministerio del Dolor está escrita también desde la inevitable amargura del recuerdo de su patria hecha añicos, hundida por el lastre del trauma colectivo provocado por los conflictos más sangrientos que Europa había vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
“Somos bárbaros. Las personas de nuestra tribu llevan en la frente el estigma invisible del error de Colón. Nosotros viajamos al oeste y siempre llegamos al este. Y cuanto más al oeste penetramos, más al este llegamos. Nuestra tribu está maldita”.