Opinión

Visitas a Los Alces

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 09 de junio de 2024

Son inevitables. Van llegando los primeros indicios del verano. Las persianas se adecúan a su posición, cubriendo la mitad de las ventanas y dejando sombras débiles en las habitaciones. Las obras se adelantan y ofrecen delicados paréntesis a las máquinas sopladoras de hojas para que ensayen sus mejores escalas y arpegios por las calles. El humor se ensancha para después antojarse caprichoso y desinteresado por someterse al calor insoportable. Todo irá adquiriendo sus brillos y cansancios, igual que un traje de fiesta desusado.

Uno debe ir asegurándose las vacaciones para huir de todo lo mencionado —y quedando más atributos en el tintero— o compaginarlo con otras actividades para saber sobreponerse. En los bares es donde mejor puede darse esa actitud que es mezcla de trinchera y consuelo. En las terrazas, a media tarde, especialmente.

Estos últimos meses, se ha ido abriendo paso como valor seguro la que cito en el título, por pasar muchas veces delante sin haberle prestado atención, hasta haber llegado el día en que se toma asiento y todo se alinea para que te des cuenta de lo agradable que resulta, y te digas y a quien te acompaña pero cómo no hemos venido antes. En su ligera pendiente, bajo los plátanos espolvoreando sus pelusas y el monasterio de frente recortando la caída del sol, trayendo ese aspecto de pueblón manchego que tan bien le sienta al centro de la ciudad, recordando que no ha dejado de serlo.

En mi imaginación han permanecido cada una de las visitas, cada detalle de las mesas y las esperas, no muy largas, por suerte, que algún día nos han tenido aguardando. Otros pueden impacientarse, no es para menos, pero uno aprovecha para fijarse en la clientela o en quienes suben y bajan por la cuesta de Santa Isabel, camino o de vuelta de su gimnasio, de la compra, de la cita lograda o próxima a rematarse o no. La gente va tensa y concentrada. Todo lo contrario si se observan los rictus de quienes siguen en la terraza, impasibles a tu espera. Uno estaría igual si estuviera en ese otro lado, pensando, seguramente, en la siguiente ronda que va a pedirse.

Posiblemente, esas primeras ocasiones que fui contenían el interés que iría desarrollándose en las siguientes. Llegando el verano, esa apreciación se hace más prometedora, quizá por lo pegajoso de la luz. Fue con Candela la primera vez, no recuerdo el motivo, no suele hacernos falta, y repetimos. Después fueron pasando otras tardes y noches, invitando a los amigos habituales en ese tipo de quedadas. Daniel, Víctor, Lola, Óscar y Laura, Juan, también Adrián y Darío más recientemente. Con ellos he conformado ratos de excelente humor, jovial, llenos de conversaciones llamadas a perdurar y continuar en siguientes que ocurrieran allí o en cualquier otra parte, o disueltas en ese ambiente flotante, más ajetreado en las altas horas.

No sé si alguno de ellos, en las varias visitas que llevamos, se percató de una mujer sentada en una de las mesas esquinadas, vecina de las del bar contiguo. Es la Marquesa de S. Hacia las nueve de la noche abandona su puesto, en riguroso silencio, igual que debe hacer a su venida, que no he presenciado todavía. Suele tener consigo un galgo afgano. Se caen sus pelos como olas blancas y café a los zapatos de su ama, bien anudados a unos pies que frágilmente la sostienen. Pide agua con gas o una clara con limón. ¿Nadie viene a acompañarla? ¿No tiene amigas con las que hablar sus mismos recuerdos de barrios y tiempos idos? Vive por la zona. Debe preferir el perder un rato sola la mirada entre quienes allí nos congregamos, antes de volver a su caserón o piso. La miro con disimulo. Espero a que suceda, aunque breve, ese cruce de palabras.