Tanto Alberto Núñez Feijóo como Pedro Sánchez transformaron las elecciones europeas en un plebiscito nacional. Si ganaba Sánchez, eso le facilitaría la continuidad; si perdía, estaba claro que Feijóo le exigiría la convocatoria de elecciones generales a celebrar en el último domingo de octubre próximo. El resultado de las europeas, a falta de algunas precisiones oficiales, ha significado una escasa victoria de Feijóo por solo dos escaños. Escasa, pero victoria, al fin y al cabo. A pesar de la desmedida campaña del sanchismo, a pesar de las piruetas del líder socialista, a pesar de tantas y tantas manipulaciones, la ciudadanía ha dado la victoria en las urnas a Alberto Núñez Feijóo, colocando a Pedro Sánchez a los cascos de los caballos electorales.
Como las elecciones en plenas vacaciones veraniegas resultarían distorsionadas, parece claro que el sanchismo debería someterse al veredicto popular el próximo otoño. La fecha que se considera por muchos más adecuada es el último domingo de octubre.
¿Qué hará Pedro Sánchez? Sin duda alguna, se resistirá a convocar elecciones. Es un dirigente muy capaz y ha demostrado extraordinaria habilitad para la finta política. Si Feijóo le hubiera ganado por doce escaños, su reacción sería la misma. Uno de los errores del centro derecha en los últimos años ha consistido en el desdén permanente hacia el líder socialista. Pedro Sánchez, sin embargo, ha sabido sortear todas las situaciones, caminar por los laberintos de la oposición y aprovecharse de los errores cometidos por Feijóo. Si a lo largo de este mes de junio le saliera bien el órdago catalán, cuyo alcance permanece enmascarado, mejorarían sus posibilidades de aplazar lo que parece inevitable a los observadores más sagaces. Alberto Núñez Feijóo, ante la posible negativa sanchista de convocar elecciones generales, ha hablado ya de una moción de censura. Los ”agradaores” y palmeros que le jalean en Ferraz deben comprender que Feijóo no puede plantear la moción de censura con él como presidente. Lo razonable es que esa moción la encabece un presidente independiente -un juez, por ejemplo, o un sindicalista indiscutido como Nicolás Redondo Terreros- con un solo punto en su programa: la convocatoria inmediata de elecciones generales. Y que el pueblo decida.