Opinión

México: enigma, paradoja o racionalidad política

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 12 de junio de 2024

El saldo electoral de las elecciones presidenciales, legislativas, regionales y municipales de México del pasado 2 de junio se convirtió en un desafío para las ciencias sociales. Sin embargo, su explicación es menos esotérica: el México que nació del populismo 1917-1982 y que aguantó un largo ciclo de neoliberalismo de mercado 1983-2018 tomó la decisión democrática de votar por un periodo sexenal más a favor del modelo social-popular que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador.

En las sorpresas el primer sorprendido es el que perdió de vista el escenario histórico de la República y no supo leer los mensajes que desde principio de año estuvo mandando la sociedad a través de encuestas que le daban a la candidata lopezobradorista Claudia Sheinbaum Pardo una tendencia de votos de 55%-60%, contra el apoyo a la candidata opositora de centroderecha-ultraderecha Xóchitl Gálvez Ruiz de apenas 25%-30%; las cifras oficiales estuvieron en ese rango.

En lugar de hacer un análisis del significado de esas cifras, los voceros de la oposición desgastaron su tiempo y esfuerzo desprestigiando a las empresas encuestadoras y gritando que hubo fraude electoral. Cuando menos las siete empresas encuestadoras más importantes acertaron en el saldo final de 59.9% de votos por la candidata oficial. Y todavía frente a las evidencias de una elección inobjetable en cuanto a su credibilidad, la oposición comenzó a vender el discurso del fraude hasta que su aliado Lorenzo Córdova Vianello, consejero presidente del INE 2014-2023 y apoyador de la candidatura de Xóchitl, vertió un balde de agua helada sobre la oposición: “el único fraude es el discurso del fraude”.

Lo que queda por indagar son las razones de la sociedad mexicana, incluyendo la clase media que apoyó a la candidata opositora, para votar por la opción populista --en un reduccionismo válido para entender los hechos-- que siempre propuso el modelo de Estado de bienestar y gasto social que beneficiaría a buena parte del 80% de los mexicanos que padece de una a cinco restricciones sociales, en tanto que la candidata opositora enarboló la bandera ideológica derechista de “vida, verdad y libertad” que no le dijo nada a la población marginada mexicana que había recibido en los últimos seis años enormes cantidades de gasto social directo y en efectivo.

Mientras la candidata oficial entendió el escenario electoral en función de la aceptación del proyecto político-social del presidente López Obrador con hasta 70% de aprobación el día de las elecciones, la candidata opositora ondeó la bandera de la democracia formal y criticó el modelo de Estado social que desarrolló el Ejecutivo populista a lo largo de su Administración y que remachó de lunes a viernes durante cinco y medio años en su conferencia de prensa matutina.

Aquí hemos tratado un dato histórico: una reforma al artículo 3 de la Constitución referido a la educación definió en 1946 el modelo de democracia popular mexicana que ha venido prevaleciendo a lo largo de la historia, inclusive en los años del neoliberalismo de mercado: la democracia no es sólo un régimen jurídico y de gobierno, “sino el mejoramiento constante de las condiciones de vida del pueblo”. Esta fórmula le sirvió al PRI durante muchos años para gobernar con represión autoritaria, pero siempre desarrollando políticas sociales de beneficio mayoritario.

El escenario estaba muy claro: la democracia durante los años del neoliberalismo le redujo bienestar a los mexicanos y la última encuesta gubernamental de oficinas que estudian la pobreza reveló que el 80% de los mexicanos --como se dice líneas arriba-- vive con una a cinco restricciones sociales y sólo el 20% de los mexicanos vive sin restricciones sociales. Este era el escenario electoral: los mexicanos marginados habían sido beneficiados en modo populista por el presidente López Obrador, por lo tanto el voto por la continuidad de ese enfoque estaba cantado --es decir: adelantado--, como lo reflejaban, por si existiera alguna duda, la mayoría de las más importantes encuestas que estuvieron circulando en los cinco primeros meses del año antes de las elecciones.

La coalición derechista no entendió la lógica del ciudadano; y en esa coalición participaron de manera ostentosa y violando criterios de imparcialidad los más importantes intelectuales del conservadurismo, encabezados por el excomunista renegado Roger Bartra, el intelectual beneficiado con contratos multimillonarios por el Gobierno de Carlos Salinas de Gortari: Héctor Aguilar Camín y el historiador ultraliberal Enrique Krauze.

En este contexto, las elecciones mexicanas no debieran sorprender a nadie. Y menos si se agregan datos recientes del informe de Latinobarómetro 2023 sobre la relación democracia-autoritarismo en América latina que la sociedad mexicana había estado enviando mensajes a los políticos como botellas lanzadas al mar: de 2020 a 2023 México registró un aumento de once puntos porcentuales a favor del autoritarismo y en detrimento de la democracia, los años justamente más importantes del Gobierno político de López Obrador. México, agrega el reporte, sufrió una pérdida de apoyo a la democracia en esos años al disminuir del 43% al 35%, es decir, que sólo de la población prefería el autoritarismo a la democracia, si en medio estaba el beneficio de política social.

Lo grave del asunto fue que la oposición derechista de la candidata Gálvez Ruiz enarboló y desarrolló el discurso antipopulista y convocó a los mexicanos a votar por la democracia procedimental y no por programas de beneficio social. Esa coalición opositora estuvo configurada por el PRI ya con ideología neoliberal de mercado y olvidándose de su viejo populismo histórico, el PAN que rescató los valores decimonónicos de la libertad, el catolicismo conservador y la libre empresa y el PRD ya sin ideología populista-cardenista y autodefinido en esta última fase como partido del liberalismo económico conservador.

Otros aliados ampliaron la membresía, pero no aportaron votos: el sindicato patronal de la Coparmex con su ideología fascistoide, el empresario ultraderechista Claudio X. González que financió buena parte de la campaña opositora en nombre de la derecha ideológica más vinculada a Vox de España, militantes del PRD que se quitaron su disfraz partidista y se vistieron del traje de etiqueta de sociedad civil o frente cívico, la iglesia conservadora que combatió a Juárez en el siglo XIX y a la Revolución Mexicana en el siglo XX y otra serie de grupos de franca definición derechista.

López Obrador durante su sexenio y ahora su candidata Sheinbaum Pardo consiguieron otro sexenio para su política populista de bienestar social, mientras la oposición entró en modo de colapso por las acusaciones mutuas y la debacle en cifras electorales del PRI, el PAN y el PRD.