Opinión

La lección americana

Juan José Solozábal | Jueves 13 de noviembre de 2008
La victoria de Obama en las recientes elecciones americanas ha de darnos la ocasión de cubrir una carencia de nuestra cultura política que necesita de una reconsideración del papel fundamental de la contribución de los Estados Unidos a la misma idea de la democracia. No siempre se hace justicia desde España a los Estados Unidos y en la imagen que tendemos a formarnos de este país predomina su condición de imperio antes que de verdadera comunidad nacional, reparando en la imposición de su liderazgo por la fuerza y no en su capacidad de convicción como modelo de sociedad igualitaria y libre. Es una pena que esta visión sesgada predomine todavía en amplios sectores de nuestra sociedad y clase política y cuestione en definitiva las posibilidades que ofrecen nuestra experiencia histórica, comenzando por la contribución española a la revolución de la independencia, y nuestra condición de cabeza visible de un colectivo cada vez más presente en la realidad americana, como es el mundo hispano.

De momento anotemos dos lecciones magníficas de las elecciones americanas. La democracia es un sistema en el que el pueblo decide soberanamente sobre su gobierno, ratificándolo o cambiándolo. No es la democracia un sistema de dominio ad eternum sino un tipo de gobierno limitado y precario, en el que el que manda dispone de atribuciones tasadas y a ejercer por un tiempo definido. Al término del mandato representativo, el dueño del poder lo recupera, y confirma o releva a quien lo ejerce en su nombre. Buena lección para quienes piensen en perpetuarse en el mando o actúen como si nunca hubiesen de volver a su verdadera condición, la de simples ciudadanos, iguales y sujetos todos al imperio del derecho. La temporalidad en el poder es garantía frente a la corrupción y remedio contra la revolución, que el cambio político vuelve innecesaria.

Las elecciones, en segundo lugar, son una fiesta democrática que permite a la comunidad acordar su refundación, renovando los términos del contrato originario. Quizás esto que ha ocurrido de manera indudable en el presente momento no es algo sólito. Pero evidentemente lo que se ha planteado en las elecciones americanas es la reformulación misma del sistema político, concitando masivamente el entusiasmo hacia un proyecto nacional de futuro. ¡Qué hermosa lección de política, convocando a todos hacia el acuerdo , proponiendo lo que todos necesitan y excluyendo lo que divide y enfrenta a la sociedad americana! Como de modo antológico ha mostrado el discurso final de Obama, y también el de Mac Cain, en la vieja democracia federal la política no es el arte de imponer sectariamente un programa de gobierno privativo, sino antes de nada la capacidad de suscitar la emoción del esfuerzo por ensanchar la libertad y prosperidad de la ciudad de todos, a la que llamamos patria.

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