La reciente pandemia del Covid ha sido verdaderamente universal. Llegó hasta los esquimales de Laponia y los indios perdidos del Amazonas. Nunca había ocurrido tal cosa en la historia de la humanidad. Tanto es así, que me recordó la frase del Evangelio: habrá señales en el cielo y las estrellas. Todo el mundo las verá.
Lo esencial no es el fenómeno astronómico, sino el hecho de que a todos los seres humanos, a todos sin excepción, les llegue el anuncio. No habrá nadie que no lo perciba. Tuve la impresión que el Covid ha sido la primera de las señales que anuncian el fin del mundo, porque en efecto todo el mundo se enteró.
Como dice gráficamente Bermúdez de Castro, estamos en el último minuto de Reloj del Apocalipsis antes de dar las doce. El Covid puede haber sido la primera campanada de las fatídicas doce que marcan el fin de este mundo. No es que hayamos entrado en el último minuto. Es que han empezado a sonar ya las doce.
Al Covid está siguiendo el miedo cerval por las consecuencias negativas que pudiera tener la inteligencia artificial. Todo el mundo habla de esto ahora. Olvidamos que la IA no es para tanto. Para ser verdaderamente inteligentes, antes hay que estar vivos. El adjetivo artificial lo dice todo. Se trata sólo de artilugios. Los podemos desmontar, y volverían a funcionar, si los montamos otra vez. No están vivos. Pero en todo caso la potencia de la IA es tal que puede destrozarnos, si la usamos mal. Puede hacer incluso más daño que el Covid. Y esto es lo que tanto nos aterra. Digamos que la actual polémica sobre la IA resuena como si fuera la segunda campanada de las fatales doce.
Pero aún más que las dos anteriores campanadas impresionan las contundentes palabras de San Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses. Primero tiene que llegar la apostasía y manifestarse el hombre de la impiedad, el hijo de la perdición, el que se enfrenta y se pone por encima de todo lo que se llama “Dios” o es objeto de culto, hasta instalarse en el templo de Dios proclamándose él mismo Dios” (Sagrada Biblia. Edición CEE. BAC 2011. Página 1984).
Quizá el actual y mundial movimiento LGTBI sea justo el Anticristo del que habla San Pablo. Aunque la palabra Anticristo sea la más usada, aquí parece preferible emplear Antilogos. En último término es igual, pues Jesucristo es el Logos encarnado en este mundo, como dijo San Juan. Sin embargo, y como luego se dirá, la clave de todo está en la verdad lógica, en el Logos.
Por otra parte, Anticristo sugiere una persona individual. En cambio, podemos entender Antilogos como un estado de opinión generalizado, una manera de pensar y actuar que se impone masivamente en la sociedad. Eso ocurre con el movimiento LGTBI en nuestra sociedad occidental. Tiene detrás la mayoría social, el poder político, el dinero y los medios de comunicación. Tiene todo, menos la verdad objetiva. Únicamente puede ser derrotado por la lógica. También por esta razón es preferible el término Antilogos.
Dentro del escenario global del movimiento LGTBI, el hecho de que el Papa Francisco bendiga a los homosexuales es sólo una anécdota. Aunque bien significativa. El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia, dijo Pablo VI. Ahora podemos añadir que ha penetrado en ella hasta el fondo, tal como profetizó San Pablo. Sin duda este pestilente humo de Satanás es el que tiene más peso en mi corazonada de que el fin del mundo no puede estar ya muy lejos.
¿Cuál será el cataclismo cósmico que acabe con la presencia de seres humanos en el planeta Tierra? Tampoco es obligado pensar en una catástrofe en los cielos, como un meteorito tan masivo y rápido que desplace a la Tierra de su órbita, o algo por el estilo. Los humanos hemos acumulado ya un número de bombas nucleares suficiente para acabar con la entera humanidad. La estupidez humana es muy capaz de desencadenar la Tercera Guerra Mundial, que sería la última, pues terminaría con todos nosotros. Más bien sorprende que no haya estallado todavía en los 78 años que han pasado desde 1945, cuando se estrenó la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Ahora, por desgracia, no se trata de una corazonada, sino de una objetiva probabilidad, que vemos incluso concretada en el impávido rostro de Putin.
Hay un único terreno en que el movimiento LGTBI está en desventaja. Se trata de las leyes lógicas que regulan el pensamiento humano. Fueron formalizadas y convertidas en un cálculo perfecto por Gottlob Frege y Giuseppe Peano a finales del siglo XIX. Ese aparato formal ha permitido que tengamos ahora nuestros flamantes ordenadores y asistamos a la presente revolución digital.
Lo más decisivo para lo que aquí interesa es que esa lógica moderna descoloca a los ateos. Quedan convertidos en analfabetos lógicos, como antes había analfabetos gramaticales. Permite empezar la aventura del pensamiento desde el axioma completamente firme y seguro de que Dios y su poder creador existen. Los tres conceptos de posible, necesario e imposible, así como la conexión entre ellos, son anteriores al Big Bang. Antes del Big Bang ya existía la posibilidad lógica de nuestro mundo. Eso basta para captar la envergadura y el alcance de ese capital triángulo que forman los tres modi del ser.
Por desgracia, la ignorancia de la lógica formalizada está generalizada también entre los creyentes. En los intelectuales que sinceramente creen en Dios se detecta una postura defensiva, una especie de complejo de inferioridad contra la palabra tabú, la ciencia. Cuando se les asegura que la lógica moderna obliga a pensar partiendo de la existencia de Dios, suspiran algo así como demasiado bello para ser verdad.
Nunca agradeceremos lo suficiente a Popper que insistiese tanto en que toda teoría científica es falsable. Y si no es falsable, no es científica. La pomposa y sublime ciencia es por fuerza incompleta, parcial, provisional, transeúnte. Nunca llega a la esencia de la naturaleza. Tiene éxito al permitirnos usarla para nuestro provecho material. Pero no consigue desentrañar la verdad última sobre la materia y mucho menos sobre la vida. Por mucho que haya avanzado el Premio Nobel de Física o de Medicina de este año, hay trabajo asegurado para los respectivos Premios Nobel del año próximo.
Eso no ocurre con la lógica formalizada moderna. Llega a verdades definitivas, como la conexión lógica entre los tres modi del ser antes citados. Constituye el
terreno firme y seguro para empezar a razonar. Es el escudo imbatible que tenemos contra el movimiento LGTBI. Este nos abrumará con su poder político, económico y social. Pero siempre estaremos en condiciones de probar que está equivocado. Podremos responder con total contundencia mediante la lógica. Al final es siempre la verdad la que vence a la mentira. El movimiento LGTBI es en efecto el gran enemigo de la Verdad. Con razón se ha dicho que Satanás es el padre de la mentira.
Obviamente, yo no sé, ni puedo saber, si mi irracional corazonada de que el fin del mundo está cerca responde o no a la realidad. En cambio, sí puedo afirmar lo siguiente. Suponiendo que mi sospecha fuera cierta, no podría tener mayor motivo de alegría. Esto sí lo sé con toda seguridad. La imposición definitiva y completa de la Verdad estaría ya próxima. Se acabaría su escandalosa mezcla con las mentiras de los hombres. Que el bien y el mal convivan en este mundo siempre será siempre la victoria provisional del mal. Y por tanto, la separación completa del cielo y el infierno será el triunfo final del bien. El Logos habrá vencido para siempre a Satanás, Anticristo, Antilogos, LGTBI, o como queramos decirlo. ¡Alleluia!