Opinión

La Marquesa de S.

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 16 de junio de 2024

Tito y Nantes eran los que mejor rato habían pasado. El Retiro de arriba a abajo y en todas direcciones, y nosotros detrás vigilando que no escarbaran de más por debajo de los setos o se metieran en las fuentes.

Paseamos por las casetas de la Feria del Libro aprovechando que entre semana resultaba más sencillo demorarse en lo que se mercaba, en hojear libros que se ven durante todo el año pero que allí adquieren una renovada capacidad de atracción, propiciando incluso que se compren otros que, en un estado emocional menos atusado por el ambiente, de ningún modo nos hubieran atraído. Óscar y Laura fueron el ejemplo a seguir, dos pares de bolsas cada uno, más que contentos.

Fuimos a Los Alces. El camarero bromeó diciendo que llegábamos tarde, que dónde nos habíamos metido, por favor, que ya se nos echaba de menos. Tuvimos suerte de encontrar mesa. Muchos otros habían tenido la misma idea a la hora de querer refrescarse tras sus compras librescas. Candela y Darío ataron a sus respectivos perros a las sillas una vez sentados. Tito y Nantes, uno un teckel de pelo largo y el otro un caniche grande, se ladraron antes de tumbarse a la bartola, en señal de tregua, rozándose el hocico de uno con las patas del otro, serenos después de tanta actividad.

No me cuesta abstraerme de las conversaciones. Tampoco lo considero una cualidad. Creo que todos deberíamos tener el derecho a tomar ese billete de ida y vuelta de Babia sin que presuponga una descortesía con quien estemos hablando. Es así, más si cabe en verano. Cada uno estaba a lo suyo. Comentaban las compras, se enseñaban los libros y decían pormenores y aciertos de sus cubiertas u otros títulos de esos mismos autores. Juan y Adrián y Candela se pasaban filtros. Se llevaban la conversación a terrenos más personales, poniendo en común anécdotas de semanas pasadas. Daniel se unió posteriormente, vino con la tercera ronda. Empezaba a estar cansado de la preparación que estaba suponiendo el largo viaje que iba a realizar en vacaciones. Diversas ciudades por la India. Quería dejarlo bien organizado antes de que el calor atontase a los amigos con los que iba, con quienes había hecho otros varios, por lo que seguro que saldría bien.

A la manera de los recursos fáciles, un vaso vacío se resbaló de la bandeja de la camarera. Se rompió una mínima parte del borde, lo suficiente para inutilizarlo pero también para que el sonido se quedara con nuestras atenciones. Mientras cada mesa volvía a sus temas y el ritmo de entradas y salidas del bar se recuperaba, uno pudo fijarse en la mujer que bajaba por Santa Isabel. El galgo afgano no pasaba desapercibido. Intentaba marcar territorio en el tronco de uno de los plátanos de la plaza, pero su pelambre aristocrática se movía de un lado para otro impidiéndole la micción de rigor antes de que su ama se dirigiera a la terraza. Esperó a que una pareja de turistas se levantara. Tomó asiento, anudando la correa del galgo con mucha distinción, es decir, dejándola caer a sus pies, enroscándola suavemente a la pata de la silla. Pidió a nuestro camarero amigo una clara con limón. Apenas despegó los labios al realizar la comanda. Su dedo erguido acompañando el pedido hizo evidente lo que sería. Supuse que el silencio era algo recurrente en su vida diaria. Lo suficientemente respetado para no estorbarlo, no al menos con frases de cualquier tipo.

No sabía si alguien quería más cerveza. Me excusé para ir al servicio aprovechando que todos seguían a lo suyo, en sus risas mecidas por el aire sedeño. Quise acercarme a su mesa.