En 1978 había en España 700.000 funcionarios públicos. En el año presente, caminamos francamente, si se suman los enchufados en el delirio de las empresas públicas, hacia la meta ya no tan lejana de los 4.000.000 millones. Por lo pronto, el Gobierno sanchista ha anunciado la convocatoria de empleo público por encima de las 40.000 personas. Para justificar los sueldos que se abonan a tanto pariente, a tanto amiguete, a tanto paniaguado, se ha multiplicado la burocracia. El ciudadano medio, además de pagar más de dos millones de sueldos innecesarios, está sometido a un tsunami del papeleo, a un huracán de las trabas burocráticas que a todos amargan. Las últimas protestas de los agricultores han puesto de relieve que el papeleo oficial les abruma todavía más que la sequía.
Los partidos políticos se han convertido en agencias de colocación. Hubo un artículo de la Constitución que estuvo redactado así: “Ningún partido político, ninguna central sindical podrán gastar un céntimo más de lo que ingresen por las cuotas de sus afiliados”. Adolfo Suárez, también Fernando Abril, se negaron a dar vía libre a este artículo. Y los partidos se establecieron, primero, como si fueran ministerios, con su gran edificio, sus automóviles, sus escoltas, sus sueldos, su personal auxiliar, todo ello a cargo de los contribuyentes. Y vino lo que tenía que venir. Cada partido político, y no hay excepciones, en cuanto tuvo fuerza para ello, se dedicó a colocar en las diversas Administraciones y empresas públicas a sus enchufados que se refugian, para justificar trabajos innecesarios, en una burocracia abrumadora.
Ya ocurrió esto el siglo pasado. Se produjo entonces una fuerte reacción social que clamó por la supresión de los partidos parasitarios y voraces. Y eso provocó en gran parte el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, el estalinismo en Rusia, el franquismo en España, el salazarismo en Portugal… Por eso hay que medir con especial cuidado la crítica a los partidos, que son imprescindibles en la democracia pluralista plena. La regeneración democrática de los partidos en España y otros países europeos parece obligada. Pero habrá que hacerlo de forma que no se produzca el rechazo popular al sistema de partidos y regresemos a fórmulas de partido único, mucho peores que los abusos actuales de la partitocracia.