Con permiso de Tolstoi aquí iniciamos con un juego de palabras a partir de la primera frase de su Ana Karenina: todas las democracias felices son iguales, pero cada democracia es infeliz a su manera.
Tres universos colocan a la democracia en el escenario del debate: el avance de la ultraderecha en las elecciones parlamentarias de Europa, la ventaja en las encuestas a favor de Donald Trump por encima de Joseph Biden y el resultado electoral de las elecciones generales en México --más de 20,000 cargos públicos en disputa-- ofrecen un universo analítico desafiante.
La ultraderecha en Europa avanza, retrocede, se recupera, pero el resultado electoral reciente prendió los focos de alarma en medio de un deterioro de la calidad de las democracias progresistas que se presentan como de izquierda no marxista. Si el escenario político de Estados Unidos no presenta un quiebre significativo después del debate de esta semana, entonces Donald Trump estará enfilado a la victoria presidencial de revancha en noviembre de este año.
El caso de México ofrece elementos muy interesantes sobre la situación política de una joven y débil democracia que comenzó a moverse en 1988 y que ingresó al camino imprevisible que se veía imposible: la alternancia al PRI en la presidencia de la República en el 2000.
El enfoque más sencillo para tratar de explicar lo que ocurrió en México con la victoria por segundo periodo sexenal del modelo político populista --para ahorrarnos explicaciones académicas-- del presidente López Obrador es el visible: el voto democrático --como pocas veces en la historia reciente mexicana-- le otorgó al proyecto lopezobradorista una mayoría presidencial que no se tenía desde 1988, le regresó una mayoría calificada de dos terceras partes de la Cámara de Diputados para modificar la Constitución a partir de la coalición Morena-Partido Verde-Partido del Trabajo y además le entregó siete de nueve gubernaturas en disputa para sumar una mayoría 24 gobernadores del total de 32.
El dato más importante del saldo electoral se localiza en la disputa poselectoral, pero sin poner en duda los resultados sino más bien alertando sobre el poder electoral de López Obrador-Morena para usar su mayoría en la reconfiguración la estructura del sistema político mexicano y de alguna manera retrotraerlo a los tiempos de dominio hegemónico del PRI.
Pero a diferencia de los años en que el PRI manipuló elecciones para definir resultados, ahora fue realmente el voto popular el que le dio el poder a Morena como mandato político. La mayoría de legislativa de Morena aprovechará su poder para una serie de reformas que se pueden sintetizar en un punto esencial: la reconstrucción del poder hegemónico del Estado y el fortalecimiento de la institución presidencial, pero después de que el PRI y el PAN ensayaron reformas democráticas de acotamiento del Estado pero con resultados de un empobrecimiento general de los ciudadanos.
El dato más revelador de las elecciones sigue sin entenderse en México porque no se ha hecho el esfuerzo de analizarlo a fondo: la clase media, que históricamente era un factor de estabilización conservadora, votó a favor de Morena y López Obrador porque el experimento económico neoliberal de dominio del mercado de 1983 a 2024 depauperó a los sectores de estabilización social-política.
Frente a una de las elecciones más democráticas de la historia de México, ahora los perdedores están tratando de acotar el espacio natural de decisión de un partido que conquistó una mayoría suficiente para cambios sistémicos. Si la sociedad le otorgó 60% de los votos a la candidata presidencial, el mensaje, bueno o malo, es democrático: regresar a los tiempos del presidencialismo que determinaba decisiones en los tiempos populistas del PRI que beneficiaban a los ciudadanos.
Los sectores conservadores derrotados se oponen a los cambios, pero carecieron de votos, aunque desde la campaña de terrorismo político verbal quieren vender la idea de que la nueva mayoría Morena-López Obrador va a reconstruir la vieja dictadura priista. Pero el problema no es de percepciones, sino del hecho de que la sociedad usó el acto democrático de las votaciones para construir una nueva mayoría. Y lo que no entiende la oposición es que su propuesta de continuidad del viejo modelo neoliberal con estado autónomo de definiciones sociales fue votada en contra en las urnas.
La democracia infeliz ahora quiere ganar en el debate de pánico social lo que no consiguió en las urnas. Lo democrático sería que Morena aplicara sus reformas y la sociedad calificará resultados en las dos próximas citas electorales determinantes: la renovación de la Cámara de Diputados federal en 2027 y las elecciones presidenciales del 2030.
La democracia acomodaticia quiere imponer sus reglas sin pasar por la prueba de la democracia electoral. Es posible que la reforma sistémica de Morena pueda causar estragos en la estabilidad mexicana, pero tiene la legitimidad de los votos de la sociedad. La oposición tendrá que hacer un examen riguroso de sus errores y del agotamiento de su propuesta de democracia conservadora.
La derecha política mexicana --y de alguna manera esa misma corriente en Estados Unidos y en Europa-- debe revisar aquella advertencia que lanzó en 1984 el politólogo italiano Norberto Bobbio al juntar el material para su libro nunca tan actual El futuro de la democracia, sobre todo en la parte en la que enumera las seis falsas promesas de la democracia: la socialización de la política, el sistema de representación ciudadana, el acotamiento del poder oligárquico, el sistema cerrado de decisiones, la existencia de poderes invisibles fácticos y la falta de educación política de los ciudadanos.
Aquí hemos mencionado, de manera sintética, aquella frase que el intelectual orteguiano Jesús Reyes Heroles pronunció como secretario de Gobernación en un discurso de aceptación del registro legal del Partido Comunista Mexicano en 1978, agrupación que pasaba de la clandestinidad ideológica y violenta a la institucionalización: la derechización de un régimen es culpa de la izquierda, o acomodada a circunstancias actuales: la izquierdización de un régimen es culpa de la derecha.
Los populismos no son demonios sueltos, sino producto del desarrollo de las contradicciones sociales de los sistemas políticos.
Así que hay que buscar la explicación el avance de los populismos y de la ultraderecha en la racionalidad de las sociedades y no culpando a la democracia.