Lo que identifica a todas las dictaduras de la Historia es la existencia de la censura. El control de los medios de comunicación y la consiguiente prohibición de cualquier crítica política es la primera medida que aplica un régimen comunista o fascista. Porque la democracia se basa en la libertad de expresión, en el “contrapoder” de la prensa. Pues sólo así la opinión pública puede conocer la verdad.
Y, como era de esperar, Pedro Sánchez ya ha puesto en marcha una censura a su medida. Tan a su medida que Puigdemont podrá acusar de “mafiosos” a los integrantes del Tribunal Supremo, pero nadie podrá informar que su mujer está siendo investigada (antes imputada) por sus turbias relaciones empresariales. Una burda persecución a los medios que, según él, publiquen bulos. Y para él, los bulos se limitan a las críticas a su Gobierno y, sobre todo, a las informaciones sobre los tejemanejes de su mujer o su hermano. El acoso a los medios críticos se basará, al principio, en prohibir la publicidad institucional; en un intento de ahogar económicamente a los periódicos que hurguen en las heridas del Gobierno. Que ahora son muchas después de haber sido acorralado por el Tribunal Supremo al dejar en papel mojado su torpe e inmoral ley de amnistía. Tan torpe que resulta inaplicable para Puigdemont, el poseedor de esos 7 escaños que han permitido a Pedro Sánchez seguir en La Moncloa después de perder las elecciones generales.
Pedro Sánchez, como buen autócrata, necesita la censura para ocultar sus muchas trampas políticas y legales. Para intentar convencer a la opinión pública que sólo él puede impedir, cual muro de contención, la llegada de “la ultraderecha” a España. Pero para propagar tal falacia necesita que unos medios de comunicación estén amordazados y otros, los que ensalzan las conquistas sociales” del Gobierno progresista, puedan propagar libremente sus “bulos”. Se trata, en fin, de la censura pura y dura que desde siempre han aplicado las dictaduras.