Opinión

Estados Unidos ha perdido la razón política

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 03 de julio de 2024

Como reportero que tuvo la oportunidad de estar presente en varias elecciones presidenciales de Estados Unidos pude atestiguar in situ algunos de los comportamientos sociológicos y hasta psicológicos de la sociedad norteamericana y la forma en que se imbrican con las élites del poder económico, político y militar: la vida política del país más poderoso del mundo sólo la entienden sus ciudadanos.

Las elecciones presidenciales han respondido a cierto tipo de comportamientos coyunturales de los electores, pero es la hora en que se dificulta explicar ciertos movimientos bruscos entre extremos: pasaron de la frivolidad sexual de William Clinton al conservadurismo militarista desinflado de un George Bush hijo que carecía de cartas profesionales de la política; y del Bush de la derecha el electorado dio un brinco al otro extremo y votó por lo que parecía imposible: el primer presidente de piel color negro y raíces paternas afroamericanas, un abogado constitucionalista como hacía tiempo no llegaba al poder y con una agenda progresista que en la sociedad norteamericana a señalaba con calificativos izquierdistas.

Pero luego de dos períodos del primer presidente de color, los estadounidenses volvieron a dar un giro pendular hacia el otro extremo y votaron por un candidato blanco y rubio que venía de los puritanos de las doctrinas de la derecha religiosa europea del siglo XVI, empresario especulador peleado con el Estado y una biografía política que comenzó con los demócratas y terminó como republicano en modo de ultraderecha religiosa. En las elecciones presidenciales del 2020, Donald Trump acumuló casi la mitad del voto popular, pero perdió la reelección por el voto de la mayoría de los 580 consejos electorales que son los que en realidad designan presidentes, sin importar el voto popular. De la izquierda de Obama se pasó a la derecha de Trump y luego llegó el centro acomodaticio y burocrático --más profesional que ideológico-- de Joseph Biden, vicepresidente los ocho años presidenciales de Obama, burócrata legislativo y ya con el peso de la edad sobre los hombros y sobre su disminuida capacidad mental.

El debate del presidente Biden con el expresidente Trump rompió con los esquemas de organización electoral: no son candidatos formales, las elecciones primarias todavía no se han realizado en cada partido y de manera formal los debates se realizan en septiembre y octubre para llegar a las elecciones del primer martes de noviembre.

No hay una explicación racional a esa decisión. Algunos dicen que querían probar en acto si el presidente Biden era capaz de confrontarse con su adversario, pero otros consideran que también pudo haber sido el de hecho de que las estructuras del poder real que manejan los hilos de decisión en el Partido Demócrata no podían negarle a Biden su candidatura para la reelección y prefirieron dejarlo que exhibiera en público sus limitaciones.

La decisión demócrata de permitir el debate con Trump fue un acto de política cruel: segundos después de haber terminado la confrontación, Biden fue destruido totalmente por el aparato político demócrata, al grado de que el poderoso periódico The New York Times utilizó toda su influencia editorial para exigir la declinación de Biden a la candidatura presidencial y que buscaran algún otro sustituto para las elecciones que se realizarán dentro de cuatro meses.

Lo peor de todo es que los demócratas no se prepararon para ninguna eventualidad; los presuntos candidatos sustitutos son desconocidos, algunos se consideran cartuchos quemados y no pocos ven en la autorización para el debate la mano perversa de Obama para quemar las posibilidades presidenciales de Biden y abrirle espacio a su esposa Michelle como candidata presidencial, tratando, claro, de evitar el papelazo de Hillary Clinton en 2016 cuando fue apabullada por Trump.

Las candidaturas presidenciales demócratas y republicanas tienen que atravesar por el tejido de una red de intereses de los grupos de poder que sostienen ambas formaciones político-ideológicas: los lobbies que aportan dinero para empujar a candidatos al congreso, a las gubernaturas y a la presidencia para responder a los intereses del poder económico, político y civil-militar. James Carter, Clinton, Bush Jr. y Trump no tenían las calificaciones profesionales para ejercer la presidencia, pero consiguieron el apoyo del verdadero aparato de poder capitalista que controla la política en Estados Unidos.

Después del ridículo previsible que hizo Biden, ahora todos los demócratas están en modo de pánico porque ese debate no hizo más que consolidar en modo irreversible la candidatura de Trump, inclusive, con la posibilidad de enfrentar un colapso político si deciden politizar los problemas judiciales de Trump para cerrarle la candidatura presidencial, algo que ya algunos analistas han comenzado a caracterizar, en caso de que se logre, como un verdadero fraude electoral: impedir vía lawfare la candidatura De Trump.

Lo que en Estados Unidos pudiera ser considerado como parte del mundo loco de la política estadounidense, en realidad obedece a una extraña racionalidad psicológica del individualismo que ha definido el carácter de los habitantes de EEUU: una distancia del ejercicio del poder, que los ambiciosos y corruptos operen la maquinaria pública. Los votantes tienen una agenda muy clara: la hegemonía militar, la estabilidad mundial a partir de los intereses norteamericanos, el control de los recursos naturales para el confort del american way of life, la inflación y la reducción permanente de impuestos. Quien cumpla con estas condiciones podrá ser presidente sin importar problemas de estabilidad emocional o moral.

El poco explicable tránsito electoral de Bush Sr. a Clinton, de este a Bush Jr., enseguida al primer presidente negro de la historia y luego al Trump que fue caricaturizado de manera genial por el escritor inglés Salman Rushdie debería ser producto de estudios de psicología social y hasta psicología política, de tal manera que fuera de Estados Unidos pudiera entenderse, en pocas palabras, que demonios está pasando al interior del país más poderoso del mundo.


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