La sociedad ha llegado al pico más alto del declive moral y existencial. Padres y madres que matan a sus hijos por cuestión de atormentar de por vida a una de las partes en litigio hacen de la maldad virtud. Es la muerte a manos llenas, sin diligencias previas para que el dolor carezca de fecha de caducidad. Es la oscuridad cerebral alienada con la sed de venganza. Quien así actúa ignora que los niños aman por encima de sus posibilidades a quienes bien les quiere y cuida de ellos. Es la ley de la inocencia y eso no es un tema baladí. Por consiguiente, nadie puede arrogarse el derecho sobre la vida ajena y en especial la de los niños.
Matar es un recurso de cobardes, de débiles frente a sí mismos, y si además las víctimas son tus propios hijos o cualesquiera otros inocentes, la cobardía se convierte en la canalla más miserable. Resulta curioso como en el reino animal se es capaz de recuperar la supervivencia del lince ibérico mientras que a la especie humana resulta imposible evitar su propia degradación.
La cabeza tira del cuerpo y estoy de acuerdo en que la locura puede entregarse sin oponer resistencia, pero cuando la relación entre personas se vuelven demoniacas la sed de venganza contrata los servicios de la muerte a mano airada y es cuando la sociedad se acoge al minuto de silencio como quien siembra trigo en el desierto de Atacama. Hay dolor, claro que lo hay, pero un minuto son solo 60 segundos de un todo criminal. Después el potencial de las estadísticas se archiva en algún ministerio más entregado al ruido que a las nueces, mientras el dolor vaga por soledades e indiferencias.
Nadie es de nadie. Ni siquiera los hijos son moneda de cambio ante nuestros sufrimientos. Cuando un padre o una madre son capaces de matar a sus hijos, el otro cordón umbilical, el del universo de la vida, debiera convertirse en látigo de castigo para el ejecutor de la perversión. Ni la locura servirá de remedio. Nada podrá atemperar las consecuencias ni físicas ni mentales, más cuando el desvarío se torna en deleite cabe diferenciar distintas clases de demencia y los aspectos que en ella se asocian. La furia vengadora que expele el corazón del ser humano es, sin duda, la mayor representación de la maldad del sujeto. El ardor de la guerra, la codicia, los amores aborrecibles y criminales, las violaciones, los abusos a menores, el parricidio, el incesto, el síndrome de Otelo, o la venganza, son algunas de las principales causas de perversión; ahora bien, nada más monstruoso como el matar a los propios hijos con la única intención de infringir dolor de perpetuidad.
Una vez más se suceden los casos de violencia vicaria en nuestro país, como el sucedido en Las Pedroñeras (Cuenca). Uno de los progenitores tiende al extravío de la razón y para el elemento dominante de uno sobre el otro se impone el odio o la simple conducta narcisista. Es cuando al aquelarre de la muerte invita la casa. El resto lo pone cada cual de su propio bolsillo sacando cuchillos y hachas, porque hoy no solo se mata, sino que se descuartiza y trocean los cuerpos como muestra de imagen fiel de la barbarie.
El resto de la sociedad, digamos los considerados `normales´, como no nos reconocemos en ese salvajismo, aceptamos la peor de las verdades: no es que seamos malas personas, es que pasados los 60 segundos de dolor y pudor, la vida continúa sin darnos cuenta que el tiempo nunca se arrepiente de los monstruos que cohabitan en nosotros mismos. Y así la sociedad seguirá, seguiremos, bajo la estomagante indolencia de saber que el violador, el maltratador o el asesino de turno repetirá el patrón de su maldad tantas veces como minutos de silencio tengamos como única arma.