La casa de Shakespeare rebosaba estiércol hasta por las ventanas, pues la higiene de la época no daba para más, pero él escribía su oro líquido sin lamentarse del tufillo de las hediondas calles londinense. De lo que sí se quejaba era de los políticos, de la gente de la farándula, de los memos, del mal tono educativo, llegando a poner en boca de Macbeth aquello de “la vida no es más que un fantasma errante, una pobre condición que se presume y agita mientras dura sobre el escenario, pero que luego no se entiende; es una historia contada por un idiota, llena de furor y de estruendo, y que no significa nada”(1).
¿Estaba pensando aquel gran escritor en el día del orgullo gay, anticipándose de ese modo al tiempo que había de venir? Quién sabe, quizá no se atrevió a salir del armario con una banda arco iris derramando confetis, porque resulta difícil afrontar los escraches que te caerían encima si osas criticar esos desfiles de carrozas a las que ya falta su correspondiente suovetaurilia, el acompañamiento litúrgico de cerdos, ovejas y toros, a la altura de la cabra de los legionarios. Qué fantásticas Highlights qué insuperables momentos estelares de la humanidad. Espectáculos semejantes dejan atrás todos los fuegos y las esquirlas de Gaza. Se acabó la hipocresía, lo de Gaza es triste pero no pasa de ahí. Lo bueno son los festivales orgullosos.
El orgullo gay ha vuelto a sacar a escena los concursos cutres, la exhibición del desnudo recargado, la lenguaraz procacidad, el estruendo, la eunuquía en revancha, la risotada endrogada, el espíritu de los goliardos y de los libertinos antes reprimidos y censurados. En cada uno de los orgullosos echados p’alante hay siempre, como en el México prehispánico, el “huey tlatoani” o “jefe de los que hablan”, parlamentarios complacientes.
Lo que me paraliza e impide salir de mi asombro cuando regreso a España dese los pobres países de muerte es oír a los españoles decir con una mueca de desdén que España es cada vez más tercermundista, y eso entre regüeldos, eruptos y pedos, jajajá.. Pocas ovejas han contado estos carneros y estas alegres comadres en sus sueños de verano. ¡Sus sueños de verano! Lo normal como excepción y lo anormal como regla, café para todas las entrepiernas teñidas de arcoíris.
Honor y gloria al orgullo gay, carajo. Se llevan todo el orgullo, no dejan nada para los obreros cuyo orgullo máximo era hacer las cosas bien, o para los padres de familia con salario mínimo, ¿de qué se quejarán si les han bajado cincuenta céntimos el precio del aceite, los muy desagradecidos? Hagan juego, gana la sabiduría de la ignorancia en los casinos europeos de dados cargados.
En esta Europa de las dos velocidades o de las dos parálisis yo ando avergonzado por partida doble, por vergüenza ajena y por vergüenza propia. Será porque a mí me pagan (y dicen que bien, por ser vos quien sois) a diez euros la hora por la traducción de un texto alemán enrevesado del siglo XIX, así que me pregunto con el mariachi. “a dónde está tu orgullo, adónde está el coraje, a mí me habían tocado no más las de ganar…”.
En plena balumba, sé feliz y blíndate. Porque nuestra felicidad está en crisis, pero sin criba, sin cernimiento ni dis/cernimiento. La vida humana, gramática generativa, a lo que se ve, no nos con/cierne. Alarguemos la fiesta un vómito más, otra meada sobre el bordillo, y alcancemos el acmé de la movida. ¿Engorrinarlo todo cualifica para unas oposiciones restringidas?, ¿odiar a todos cualifica para amarse sí mismo?
El “defiende tu derecho a equivocarte” no es buen comienzo, Peter Pan. Algo no es verdadero porque sea tan mío como las cacas de Robinsón en su isla. Si fuésemos capaces de comprender que lo falso no vale para ti ni para mí, habríamos dado un paso terapéutico razonable: cada hombre en su noche, todo para evitar el coraje de tener miedo cayendo entonces en el miedo al miedo: sobre tu catedral, mi diarrea, nos han atiborrado de mermelada espiritual y ahora nos atiborran de purés de caca. Eso sí, de culpabilidades nada, ignorando que “la ausencia de castigo es el peor de los castigos: nos deja sin corrección, corrompiéndonos en el mal”(2). Poco a poco, corriente abajo como peces muertos, “el hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo, y los hijos se alzarán contra sus padres y les darán muerte”(3).
Pero durante las carnes tollendas no pasa nada, todo vale; “cuando un obispo español bendice las ejecuciones políticas ya no es un obispo, ni un cristiano, ni siquiera un hombre, es un perro”(4), pero tampoco es un demócrata el que vota esta basura, y la traga come y calla. El honorable cínico Charles de Gaulle, presidente de la República de Francia -¡oh la grandeur!- enfatizó que “la política no es cuestión de virtud y de caridad, y la perfección evangélica no conduce al poder; resulta imposible concebir un hombre de acción sin una buena dosis de egoísmo, de orgullo, de dureza y de astucia. Pero todo esto se le perdona, es más, su figura alcanza mayor esplendor si los transforma en medios para realizar grandes empresas”. Ni Maquiavelo. Grandes empresas con toda esa mierda sobre la mesa de operaciones producen una septicemia generalizada que devasta el entero planeta Tierra, o lo que queda de él.
Hay que cortar por lo sano y recordar que la política no se rige por la ley del embudo, lo ancho para mí y lo estrecho para ellos. No es el arte de servir a los demás haciéndoles creer que se les sirve. No es el conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios. No es el manejo de los intereses públicos en provecho privado. No es el arte de hacer con los otros lo que no queremos que hagan con nosotros mismos. No es la continuación de la guerra por otros medios. No hace marchar del brazo la verdad y la mentira de modo que quienes la vean no sepan cual es la mentira y cual la verdad. No es la única profesión para la que no se cree necesaria la menor preparación. No obliga a la gente a decidirse por lo que no entiende. No es la ciencia capaz de traicionar los intereses reales y legítimos creando otros imaginarios e injustos. No es la mafia para hacer creer al pueblo que es él mismo quien se autogobierna. No es el arte bárbaro de producir victimas ilustres, ni para triunfar en política es necesario tener aspecto de honrado y estúpido, pero no ser lo uno ni lo otro. No. Ella es, y solo puede ser república real, poder popular, tarea de todos y cada uno para cada uno de entre los todos. Cuando Hermes pregunta a Zeus cómo repartir la política entre los hombres, si del mismo modo que las demás artes, donde con uno solo que posea el de la medicina basta para sanar a muchos, Zeus responde: “entre todos, y que todos participen de ellas, porque si sólo unos pocos participan de ellas como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: que todo aquel que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado de la ciudad como una mala peste”. Sin la fuerza, la justicia es impotente; sin la justicia, la fuerza es tiránica; es preciso unir la justicia y la fuerza, y para conseguirlo hagamos que lo que es justo sea fuerte y lo fuerte justo. Un buen político no es comprable; un mal político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable. Como dijera Benito Juárez, “bajo el sistema federativo los funcionarios públicos no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad. No pueden gobernar a impulsos de una voluntad caprichosa, sino con una sujeción a las leyes: no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, resignándose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley ha señalado”.
1. Acto V, escena V.
2. Hadjadj, F: Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir. Ed. Nuevoinicio, Granada, 2011, p. 11.
3. Mt, 19, 21.
4. Ibi, p. 168.