¿Qué le llevó a usted a interesarse por la literatura española?
Cuando era niño, después de terminada la II Guerra Mundial, Japón estaba destruido y padecía una tremenda hambruna. Desde pequeño, tenía la ilusión de emigrar a Argentina. Por eso entre en el departamento de Lengua Española de la universidad. En una clase leí una leyenda de Bécquer, y no pude dormir en toda la noche por la emoción. Entonces pensé que la palabra no es solo para comunicarse con otros, sino que también tiene la energía de producir emoción a la gente. Desde entonces me decidí a estudiar la potencia de la lengua, y eso es para mí sobre todo el teatro.
En general, ¿cree que en Japón se la conoce y se la considera atractiva?
Ya han salido bastantes novelas, teatro y poesía. Hace unos años apareció, por ejemplo, alguna novela de Julio Llamazares. Todas las obras de Cervantes, Santa Teresa, y casi todos de los dramaturgos del Siglo de Oro (Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón....). También Benavente, Federico García Lorca. Miguel de Unamuno, Américo Castro… Y, sí, hay mucho interés en mi país por la literatura española.
¿Cómo entró en contacto con la compañía Ksec-Act?
Estuve dos años en España en la Universidad Complutense, desde 1966 hasta 1968. Cuando volví a Japón, encontré una foto de Ligazón, de Valle-Inclán, en una revista teatral en Japón. Desde entonces he trabajado con ellos.
¿Sus montajes participan de la estética del teatro kabuki?
Algunos críticos españoles lo indican. Pero somos japoneses, quiero decir, no tenemos los cuerpos occidentales. Entonces la actuación de los japoneses tiene que ser a la manera japonesa. No queremos imitar la actuación de kabubi, nuestra expresión es espontánea y natural con los cuerpos japoneses, aunque tenemos en cuenta la tradición.
¿Cómo se reciben en su país las puestas en escena de obras españolas?
Muy bien. Aparte de nuestra compañía, Kseac Act, algunas otras quieren representar las obras de García Lorca. Ya he trabajado con otras compañías, que han llevado a escena Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba.
¿Qué destacaría usted de Federico García Lorca, tras sus traducciones de algunas de sus obras?
Una palabra nada más: su erotismo
¿Y de Tirso de Molina? ¿Por qué han elegido El burlador de Sevilla?
La palabra de Don Juan ya es la lengua japonesa como ‘don fan’. Y tiene el sentido de mujeriego. Pero en la obra de Tirso, a Don Juan no le interesa solo poseer a las mujeres, sino sobre todo conquistarlas. Don Juan de Tirso no lo hace para obtener placer sexual, sino que lo hace por transgresión, por iir contra la sociedad. Sabe que, burlando a las mujeres, cuando muera, Dios le castigará, pero piensa que le queda mucho tiempo para morir. En el aspecto de ir contra la sociedad establecida, contra las normas, me parece que Don Juan es en cierta medida un héroe revolucionario.
¿Ha realizado cambios en la pieza al adaptarla al japonés?
Don Juan tiene dos maneras para burlar a las mujeres. A la mujer de clase baja, como Tisbea y Aminta, las seduce con mentiras, con la palabra “casarnos”. En el caso de las nobles, entra en su alcoba, fingiéndose su amante. La función tiene que durar más o menos una hora y media. Entonces, yo quité la parte de Isabel y Aminta. Pero se quedan sus quejas del engaño de un hombre.
¿Qué principales dificultades se ha encontrado usted a la hora de la traducción de “El burlador…”?
Solo tengo problema con la rima. Pero traduzco para que tenga ritmo sonoro en japonés.