(Este artículo es una continuación de Visitas a Los Alces y La Marquesa de S.)
El galgo fue más rápido. Se incorporó para olisquear mi mano y dejar que le acariciara cerca del cuello y las orejas. Tuve su visto bueno. Ella hizo un signo para indicarme que podía mover la silla y acomodarme. La marquesa aprovechó que el camarero salió a tomar aire para pedirle que me trajera otra de lo que fuera que estuviese bebiendo. No, si yo acabo de tomarme varias, no se preocupe. No hay preocupación ninguna, hijo, estamos donde estamos y a eso venimos, ¿no?
Su tinte era vistoso pese a que la luz iba atenuándolo y a la calle. Recordé una curiosa receta portuguesa que conocí por un relato pero en absoluto me atrevería a probar de encontrármela en una carta. Mezclaba caldo de sangre con arroz y no sé qué más. Un festín sanguinolento únicamente respetado por la tradición culinaria y los devotos de la casquería. Esa misma rojez oscurecida era su cabello. No había collar de perlas. Sí anillos que desafiaban su resistencia muscular. El galgo arqueaba las cejas pero entendía rápido que nada iba con él. Mis amigos seguían hablando.
Hubiera preguntado sin reservas quién era y por qué venía a esa terraza, a ese bar. Si en alguna de las ocasiones anteriores se había fijado en uno y en su grupo de amigos, algo que hubiera sido raro, si se piensa bien. Pero los nervios de saberme al fin delante de ella, sentado a su misma mesa, se llevaron cualquier lista de dudas perfeccionadas. Cerveza para los dos. Me volví para saber si estos estaban todavía ahí. Candela y Darío me buscaban con la mirada, me localizaron y les enseñé la mano abierta en señal de que estaba hablando, que sería un momento, enseguida volvía con ellos. No le quitaré mucho tiempo, y bebí la mitad del vaso. Es de lo que más tengo, hijo. Le dije mi nombre. Ella no respondió con el suyo.
Tenía que acercarme a la mesa cuando me contestaba. Hablaba en voz baja, como esa gente que siente pavor porque otros estén escuchando cualquier confidencia por si fuera usada en su contra. Las uñas iban a juego con el pelo, un poco más claras. No se disipó el recelo de que la conversación, aunque echada a volar desde el primer minuto, tropezara y nos sumiera en un silencio que nos hiciera ver lo anómalo de todo eso. Cualquiera que me viese, pensaba. Los ruidos de la calle, los juegos de voces por algún cumpleaños cantado en la terraza contigua, tejieron su habitual sensación de complicidad para que cada uno se centrara en lo suyo, sin prestar más atención que a lo que nos tenía participando, acompañándonos de una curiosidad mejor engrasada a cada frase.
¿Existe un señor marqués? Lancé la pregunta sin meditarla demasiado, pero teniendo en cuenta su estatus social, acordándome de algunos artículos residuales que había cotilleado en el ¡Hola! el verano pasado, me era obligatorio resolver la cuestión. Murió. ¿Hace un año, dos? Por estas fechas, dijo mientras rizaba la pelambre del galgo. Por estas mismas fechas, sí, repitió, pasando la mirada por los plátanos y deteniéndose en mí, observando con la intensidad que surge cuando se mira nada. Parecía que en lugar de una charla estuviésemos intentando sacar una fotografía. Ajustábamos, uno sobre todo, las luces y las zonas de penumbra para que unas y otras incidieran sobre lo que interesaba y mantuviesen en reposo lo que aún no podía ser desvelado. La siguiente pregunta fue la última oportunidad.
¿Dónde pasará el verano? Había que tirar por derroteros más corrientes. Surtió efecto. Antes solíamos pasarlos fuera. Tenemos una casa en el campo… El tiempo mal conjugado lo corrigió previo trago del culín de cerveza que le quedaba. Íbamos muy a menudo, no sólo en julio y agosto. Nos escapábamos siempre que podíamos el marqués y yo. ¿Existía aún esa casa? No indagué. No era fácil, de todos modos, asegurar que la tuviera o que ya la había vendido. El alcohol, el sopor por el peso de la conversación, el ridículo temido que pudiera estar haciendo, me llevó a imaginarla con unos interiores amplios, techos altos en los que rebotar la nulidad y los intentos de reuniones de alto copete quedándose en besamanos y ristras de comentarios lánguidos. La imaginé como si fuera un cuadro de Fortuny, dorado y vaporoso. Tampoco me desagradaba que fuese un caserón más castellano, uno que no despertase envidias por saberse entre otros de su mismo rango. En Vinuesa, por ejemplo.
¿Se marcha? Sí, tengo que volver con mis amigos. Estarán preocupados, dije sonriendo. Hace bien, hijo. Venga a visitarme otro día. Vivo por la zona. Un apretón de manos. La dirección, efectivamente, no quedaba lejos. Si no nos encontramos antes por aquí, en Los Alces, dijo según me alejaba de su mesa.