Opinión

Cuando nació el populismo

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Viernes 19 de julio de 2024

Se preguntó en The Objective Juan Caño hace varios días quien fue el primero en impulsar la oleada populista que amenaza con acabar con el liderazgo norteamericano en la geopolítica global. Se comprende su alarma ante la posible victoria de Trump y las consecuencias institucionales que puede tener la decepción del partido demócrata si fracasa, como parece, el liderazgo de Biden. No hay que confundirse. Trump es un exaltado advenedizo a las aficiones populistas. Biden se le adelantó.

El populismo fue un invento argentino, no norteamericano ni chino, no de la ultraderecha, sino de la ultraizquierda. Nació de la mano de Perón y Evita Duarte. Perón abandonó, solo a medias, la estela autoritaria de Franco tras el desenlace de la Segunda Guerra. En 1946 cambió la simpatía por Mussolini por el justicialismo sindical. No se alejó del franquismo, pero alimentó tan dispares tendencias que consiguió congregar como oposición al justicialismo al propio justicialismo disidente. Los Kirchner consolidaron esta estrategia para levantar un muro que excluyera cualquier oposición. La izquierda aprendió a indultar a los suyos antes que Conde Pumpido lo aplicara al fraude los ERE. Los herederos de Perón descubrieron lo fácil que era transmutar un régimen fascista en sistema comunista aplicando indultos a capricho.

Este es el origen práctico del populismo. Quien elevó el populismo táctico a estrategia teórica fue otro un argentino que había conocido la táctica en las calles bonaerenses. Decepcionado por la ruina del leninismo soviético y desengañado por la impotencia de los herederos antisistema del marxismo que se manifestaban inútilmente contra la globalización capitalista, el profesor Ernesto Laclau propuso meter dentro del sistema a los que protestaban fuera de él contra la globalización y la democracia liberal. Laclau salió de las universidades argentinas y se estableció en la de Essex, en Inglaterra. Sabiendo que la lucha de clases había fracasado y no servía como instrumento para acabar con el liberalismo democrático se inventó otra forma de emancipación popular: reunir democráticamente a todos los antidemócratas para acabar con la democracia. Llevó a estrategia teórica la táctica aglutinadora del sometimiento social aplicada por Perón y los Kichner para mantenerse en el poder.

Laclau convivió con Chantal Mouffe, profesora belga que había estudiar a Heidegger. Chantal había comprobado que una filosofía ensalzadora del régimen nazi, como la de Heidegger, también servía para que Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir fomentaran la resistencia comunista bajo los puentes de Parìs. Laclau concluyó entonces que si un peronismo fascista podía mutar en un peronismo de izquierdas, entonces la táctica populista del peronismo podía servir igualmente de instrumento para unir a todas las ideologías antisistema en torno a un populismo que remozara el marxismo. Simplificando, la coyunda entre Ernesto y Chantal engendró el peronismo marxista de modo similar a como la coyunda Sartre y Simone de Beauvoir inventó el existencialismo marxista

La pregunta correcta no es, por tanto, quien empezó el populismo en Estados Unidos, porque ni empezó allí ni allí fue Trump el primero. Empezó en Buenos Aires con Perón y lo amasaron los Kischner. Laclau, más listo que todos ellos, lo convirtió en sus publicaciones, tras estudiar a Gramsci, en teoría estratégica para combatir desde dentro al sistema democrático en el entorno global. Pablo Iglesias aprendió la teoría y la llevó a la práctica en España. Antes lo habían aplicado Chaves y Maduro en Venezuela. El grupo de Puebla lo propagó por el entorno bolivariano. Se nutrió del patetismo ideológico californiano: ecologismo radical, feminismo aleatorio, indigenismo imaginario, animalismo humanista, terraplanismo, para levantar un muro entre republicanos y demócratas en Estados Unidos. Eso ocurría antes de que Bolsonaro o Trump, meros segundones, imitaran un invento de la izquierda. La derecha abrevó más tarde. El biberón nutriente se había preparado cuando el nazismo de Heidegger llegó, almibarado por Sartre, cantado por Edith Piaf, a las rues parisinas para alentar a la resistencia. Laclau y Mouffe lo patentaron más tarde como método para desarbolar al estado democrático de derecho desde dentro del estado.

El observador atento comprobará que ya hay regímenes populistas asentados difícilmente desmontables. Ocurre en México, donde la revolución del estado fallido lo abarca tod:, el narcotráfico y la lucha contra el narco, el feminismo progresivo y el machismo más agresivo, el igualitarismo social en el seno de la mayor desigualdad social, la retórica ecologista en el distrito de mayor contaminación del mundo. También es así en Venezuela, Bolivia, Ecuador y, por supuesto, Argentina. Lo que ahora se propone Milei es una paradoja difícil de administrar: un populista retiene el poder para desmontar la fuente que le suministra el poder. Habrá que esperar para verlo. El conservador Bolsonaro apenas fue un imitador fallido.

Ahora lo tenemos en Estados Unidos igual que lo tenemos en España. Sánchez es un aprendiz de un populista, Pablo Iglesias que, a cambio de su fracaso, le enseñó la fórmula para mantenerse en el poder reuniendo en torno a sí a todos los que están contra el sistema que le entroniza. Ha elevado un muro de contención para neutralizar a la oposición. Tampoco es nuevo. Es lo que ha pasado en Estados Unidos. Pensar que Trump es el prototipo del populismo es estar en la inopia. Trump fue un recién llegado. Antes llegó Biden. Con más suavidad y menos énfasis contribuyó a edificar el muro. Trump trata de asaltar populistamente el muro que las ideologías populistas han levantado desde California para sustituir la democracia de la opinión pública por la dictadura del lenguaje políticamente correcto que impulsa tibiamente Biden.