Opinión

Un político: J. Borrell (2)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 20 de julio de 2024

En un estío en el que como el de 2024 acontecen mudanzas de muy hondo calado en la política del Viejo Continente, entraña muy grave riesgo de equivocación el aventurar situaciones y panoramas nacionales y extranjeros que, en todo caso, habrían de materializarse llegado el tiempo autumnal. Mas aun así no sería probablemente frívolo imaginar que, en cualquier coyuntura de dicho tiempo, el destino político del dinámico ilerdense J. Borrell, auténtica esperanza blanca tanto del socialismo hispano como del europeo, será de muy altos vuelos. Aunque por el momento no podría reproducir la espectacular trayectoria de uno de sus correligionarios hispanos de mayor proximidad biográfica como el superdotado Javier Solana en su muy elevada responsabilidad otanista, no entrañará, desde luego, mayor sorpresa su designación para un cargo de la mayor trascendencia para los destinos de Occidente, creado quizás ex nihilo en una tesitura internacional del mayor voltaje prebélico como la hodierna.

En el supuesto de no ser así, la tesitura española, sea cual sea su signo para el tiempo inmediato, demandará -y tal vez con carácter de urgencia- su concurso personal en orden a usufructuar sus múltiples talentos y muy envidiable experiencia en los foros y tribunas internacionales del mayor empaque, en terreno tan delicado como insoslayable en la hora actual como el de nuestro viejo país, urgido de esperanzas sólidas que lo catapulten a un liderazgo de idéntica factura, v. gr., que el poseído por Felipe González en otro estadio decisivo de nuestra patria. El más perentorio y grave hoy por hoy de sus numerosos e inesquivables problemas -el catalán– podría encontrar fundadamente una solución de muy esperanzado porvenir con su ocupación de la Secretaría General de su Partido –“aquel PSOE”…- y de la misma gobernación del país. Sus dotes de mando y sentido de la autoridad, ya bien probados en misiones y quehaceres relevantes, se configurarían como piezas claves para convertirlo en el nuevo arquitecto de la tercera gran etapa de la Democracia restablecida en l976.

Su ascensión a tales sumidades no debiera ocurrir como respuesta a envites peligrosos para el ser histórico español sino como la desembocadura natural de un destino, sin duda de excepción, en la política nacional contemporánea. Por el momento bastará con que la ciudadanía hispana -sobre todo, la de los sectores más afines a su ideario- sigan viendo en su figura la personalidad de un auténtico estadista: competente, honesto e ilusionado.