Cambiamos poco. Me lo dijo un buen amigo cuando empezamos la universidad, una tarde sentados en el paseo del río, sin mucho que hacer, como es natural cuando se está cerca de una orilla. ‘Llegamos a una edad y así nos quedamos. No cambiamos nada. Algo, sí, puede ser, pero poco. Como somos ahora seremos el resto de nuestras vidas.’ Esas fueron sus palabras, exageradas pero estimables por su dosis de sabiduría. Me sacaba dos años entonces. Era verano y habíamos acabado el primer año de la carrera.
Lo minúsculo en esta anécdota tan trivial como personal me hace volver a la frase que la ha desencadenado, ya que supone el detalle de una apreciación más general y que puede ser llevada a otros ámbitos más trascendentales. Nuestra sociedad, por ejemplo. Tampoco creo que, salvo determinadas esencias y derechos ganados con luchas y victorias y derrotas del tiempo, haya cambiado mucho. Siempre salen a la luz ramalazos en forma de comentarios, de actitudes, que nos retrotraen a características que pensábamos relegadas. No. Permanecían ahí, latentes, al quite de su mención y uso.
Una historia que sirva de perenne cotilleo para la totalidad de un país puede llegar a ser más unitaria que un sentimiento patriótico o el ondear de una bandera al viento. Tampoco es necesario que suscite o descomponga valores o tópicos nacionales. Con tener en ascuas a toda la población es suficiente. Ese estado absorto, demandante de más y más información, de que le sean contadas todas las novedades, pormenores y hechos pasados, lo consiguen las vidas de los que han entrado en la espiral de la prensa rosa. Pero si los protagonistas pertenecen a un estamento social más elevado, se perciben matices que los diferencian. Pasamos a presenciar episodios históricos casi, más cerca de la vida salonarda que del mero entretenimiento del tipo hijo de no sé quién pillado saliendo de fiesta con la supuesta novia de no sé cuántos.
La realeza puede considerarse un serial más en esta época de frenético consumo audiovisual. Una boda, un anuncio de casamiento, todavía son motivos por los que dejar correr la tinta y los tuits. En España, seguramente fuera la boda de la ex periodista y presentadora de televisión Letizia Ortiz con Felipe de Borbón la que mejor mereció, y todavía, el calificativo de acontecimiento. La monarquía española no volvería a ser la misma con la incorporación de Ortiz a la Familia Real. ¿Tampoco la sociedad que siguió cada entrega del noviazgo, una vez fue anunciado en los medios, y posterior matrimonio?
El periodista y colaborador radiofónico Martín Bianchi Tasso traza un recorrido por dicho acontecimiento en la breve crónica Letizia en Vetusta. Le conviene este formato narrativo. Novelizarlo podría haber sido un alejamiento inconveniente de los sucesos ocurridos, o quizá no de haber sido otro quien los hubiera escrito. Pero en manos de Bianchi Tasso, es la crónica lo ideal en cuanto al modo de reflejar esa realidad. No le hacía falta salpimentar nada con licencias o recursos de la ficción. Como fue, bastaba para ser descrito, dando así más empaque a su motivación de episodio nacional, ya que afortunadamente no hemos perdido la visión galdosiana de las cosas, ni estas en sí. Un poco berlanguianas también, me permito añadir.
La cuestión de si hemos cambiado o no me vino durante la lectura. Bianchi Tasso se encarga de reunir diferentes perspectivas —las de los medios, las de la propia Familia Real, las de los políticos, etc.— y se limita a exponerlas sin intromisión alguna por su parte, consiguiendo un ejercicio de elegancia y sobria comunión con su prosa. Pero uno se preguntaba si lo narrado podría trasladarse a otro escenario, dos o tres siglos más atrás, y si continuaría teniendo la misma consistencia y credibilidad. No era difícil suponer que sí. Como público, disfrutamos de las suspicacias y los rechazos, de las admiraciones y los odios que nos transmite una historia que tenga involucrados a protagonistas de alta alcurnia, por aquello de más dura será la caída o el regocijo de sabernos plasmados en esas vivencias, más en el caso de Letizia, siendo una ciudadana media que consiguió la atracción de alguien con sangre azul. El clásico cuento de hadas. Pero el público, siendo tal, siempre pide movimiento, acción, escarnio. Hubo quienes se cebaron, quienes se aprovecharon, quienes hicieron sangre. Los posicionados a favor y en contra lucieron todas sus galas a pesar de ser un romance que contó con vientos favorables, y la actualidad lo demuestra.
Más allá del talante monárquico o republicano o ninguno ante estas páginas, Letizia en Vetusta es destacable por mostrarnos la perdurabilidad, la debilidad, más bien, que tenemos hacia el chisme, el clasismo y la envidia, seamos partícipes directos o no, y creyendo más permisible el afloramiento de todos ellos cuando estamos lo suficientemente lejos para que no nos salpique lo que se comenta. Para que nuestra opinión, sin que se manche, consienta o se indigne con unas vidas que escapan a nuestro control, a nuestro entendimiento. Sin duda, para no dejar de contarlas.