Vox surgió en el escenario político para competir en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, esas mismas elecciones que supondrían la eclosión de dos partidos -Podemos y Ciudadanos, por el orden de sus resultados- a los que de alguna manera pretendía emular. Si el partido liderado por Pablo Iglesias se situaba en el ámbito de la izquierda extrema y el de Rivera en el centro, Vox parecía aspirar a obtener los votos del conservadurismo democrático español desalentado por la política carente de reformas del PP de Mariano Rajoy.
Puede comprobarse esta afirmación con la sola lectura del manifiesto fundacional de Vox. En él se señalan algunas deficiencias de la democracia española, como el excesivo protagonismo de los partidos -la partitocracia-, la ausencia de respeto a la Constitución -el incumplimiento de sus mandatos en no pocas ocasiones-, la invasión de las instituciones por los sucesivos gobiernos -colonización de las instituciones...
Nada hay, por cierto, en dicho documento, que se refiera a la inmigración, ni, por supuesto, a los menas. Lo que sí adquiere es el siguiente compromiso: "Los miembros de VOX no participarán en ningún órgano político o administrativo del Estado que se considere innecesario...", lo cual parecería evidenciar que este partido carecía desde su creación de la intención de participar en los gobiernos y aún en los parlamentos autonómicos, dado su carácter innecesario -según ellos mismos-, y su voluntad de abolirlos, vía reforma constitucional en este sentido.
Alejo Vidal-Quadras, fundador y candidato de Vox a los comicios europeos se quedó a 50.000 votos de obtener el escaño, y abandonó el partido en manos de su actual presidente, Santiago Abascal. Cinco años después, esta formación obtenía 6 eurodiputados que se integrarían en el grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos. Parecía ésta la opción más sensata de las existentes, toda vez que el partido señalaba sus distancias en relación con el PP, además de que su posible entrada en el grupo de los populares europeos sería eventualmente vetada por éstos.
La deriva posterior de Vox no se ha correspondido en exceso con las ideas de su compromiso inicial, marcando una tendencia hacia el populismo de la que sirven como ejemplo su cercanía política con el partido de Marine Le Pen, y su reciente desembarco en el grupo que ésta y el húngaro Orban han inaugurado en el Parlamento Europeo -Patriotas por Europa-, y el consiguiente abandono del grupo de los Conservadores en el que sin embargo permanece la pragmática primera ministra italiana, Meloni.
No deja de resultar significativo el abandono de sus responsabilidades en el partido -incluida su acta de diputado- de uno de sus principales activos, Iván Espinosa de los Monteros, en agosto de 2023; como también la visita de Abascal a Trump y la creciente relevancia de su partido al discurso contrario a la inmigración que ha culminado en la sorprendente decisión de abandonar los consejos de gobierno de las Comunidades Autónomas en las que mantiene puestos de responsabilidad, precisamente por causa del eslabón más débil de la serie formada en torno a este asunto, los menores. Sorpresa a la que se une que se marcha del gobierno de instituciones que este mismo partido considera superfluas, pero no hace lo mismo con los más de 100 ayuntamientos que Vox gobierna en España con el soporte del PP.
El proyecto de Vox no parece pretender más la regeneración y reforma de nuestro país como anunciaba en su manifiesto. Lejos están ya sus ideas de reforma de la ley electoral y de la democratización de las instituciones. En su lugar queda la demonización del adversario, el apoyo indirecto al gobierno de Sánchez y una política internacional que lo alía con lo que es a mi juicio lo peor de Europa. Porque Orban no sólo es un prescriptor identitario de no sabemos qué glorias pasadas, es el presidente de turno del Consejo que se abraza con Putin y con Xi Jinping, dos modelos de líderes que se encuentran en las antípodas de los valores que los países europeos construyeron y defendieron durante décadas después de la II Guerra Mundial.
Como un eslabón más -y desde luego no el de mayor importancia- de la cadena que ha engarzado Marine Le Pen, Vox se ha situado en la tierra de enfrente de los que mantenemos que la libertad es indivisible, aquí, en Cuba o en Rusia; y que en Ucrania no sólo están defendiendo su libertad sino la nuestra. Será inútil recordar a Santiago Abascal que era precisamente eso por lo que luchábamos cuando compartíamos escaño en el Parlamento Vasco. La memoria es también selectiva en el contexto de lo que unía a los demócratas de entonces pero nos desune ahora en el olvido de lo que fuimos.
Inquietos además por si algún nuevo partido en ciernes les restara apoyo electoral, Vox aprieta el acelerador de esa España unida, uniforme e insolidaria; a la que añade un proyecto de Europa que se cierra sobre unas naciones que expulsan al diferente en favor de una identidad que ya sólo equivale a un pasado que no volverá, y que tampoco se corresponde con sus nostálgicos recuerdos. Y de tanto mirar hacia atrás, niega el futuro a toda una generación de españoles de orígenes diversos que pueden aspirar -y de hecho lo consiguen- a formar equipo y afrontar los retos que tenemos por delante.
Pero no conviene que el PP se confíe en que la deriva de Abascal le deja el camino expedito. Menos aún que su abandono de las instituciones autonómicas le abra las puertas del PNV y de Junts, haciendo de los pactos entre partidos nacionales y nacionalistas el lugar común de la política española, cuyo recorrido equivale a la mera y simple fagocitación del país -en el caso de que Sánchez no lo haya conseguido ya en gran parte-. Urge que cada partido explique sus acuerdos, y razone porque es mejor Bildu que Vox. Este último, a pesar de su inclinación cada vez mayor al populismo, jamás ha hecho uso de la violencia ni la ha justificado.
En medio de tanta marejada, que cada palo aguante su vela...