Opinión

El Renacimiento español: Enrique de Villena

TRIBUNA

José Luis Roldán | Jueves 25 de julio de 2024

Marcelino Menéndez Pelayo, en su Antología de los poetas líricos castellanos, sostiene que en el reinado de don Juan II de Castilla, entre 1419 y 1454, puede verse una especie de pórtico de nuestro Renacimiento. A pesar de que el Renacimiento español fue medio siglo tardío respecto al italiano y careció en sus orígenes de la impronta nacional, no por ello desmerece nuestra atención.

La literatura italiana, la primera de carácter moderno y la última en aparición de todas las literaturas vulgares, reemplazó la función canónica para las formas artísticas que desempeñaba la francesa. Desde el siglo XIV, los troveros franceses y los trovadores provenzales fueron sustituidos por Dante, Petrarca y Boccaccio. Paralelamente, en España se dieron por agotados el mester de clerecía, los cantares de gesta, el verso alejandrino y la poesía popular. La prescripción de las modelos artísticos nacionales, indica Menéndez Pelayo, se manifestó en que las expresiones artísticas eruditas degeneraron en pedantescas y las populares en vulgares.

La adopción de los modelos italianos por la cultura patria fue posible gracias a eruditos cuyos nombres debemos rescatar del olvido. Micer Imperial y sus discípulos introdujeron en Sevilla, a finales del siglo XIV, el estudio de Dante, seguido del culto a Petrarca y Boccaccio. Los concilios de Constanza (1414) y de Basilea (1431) favorecieron la importación de las nuevas formas artísticas, desempeñando un papel fundamental religiosos como Diego Gómez de Fuensalida, obispo de Zamora; Gonzalo García de Santa María, arcediano de Briviesca; Álvaro de Isorna, obispo de Cuenca o Alonso de Cartagena, obispo de Burgos.

El estudio de los padres próceres de la literatura italiana por estos eruditos no era, sin embargo, suficiente. Era necesaria una labor de divulgación de los nuevos cánones artísticos. A tal empresa contribuyó decisivamente Enrique de Villena. La leyenda sobre este personaje es más conocida que su obra. Su conocimiento de las artes mágicas llevó a fray Francisco de Rades y Andrada a insinuar que tenía un pacto con el demonio. El padre Feijoo hizo conseja del expurgo de algunas de sus obras, el cual fue mandado por Juan II y ejecutado por fray López Barrientos, obispo de Segovia. Estas noticias llevaron a Juan Ruiz de Alarcón, Fernando de Rojas o Francisco de Quevedo, entre otros, a convertir al erudito de Torralba en personaje de la literatura patria.

Más allá de su leyenda, Enrique de Villena fue un trabajador incansable. A la vez que trasladaba al castellano, en 1427, la Divina Comedia, comenzó la traducción de la Eneida, de Virgilio, a petición de Juan II de Navarra y Aragón, el cual quería conocer la obra del poeta romano que acompaña a Dante en su descenso al infierno. A este encargo, por imposible que parezca, le dio cumplimiento en apenas un año.

A riesgo de dar pábulo a la leyenda sobre el Fausto español, quién no se ve tentado a pensar que Enrique de Villena firmó un pacto mefistofélico que le permitiera acometer estoshercúleos trabajos.