Opinión

Mentiras de la historia de España III

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Viernes 26 de julio de 2024

Penetro en campo minado.

Velázquez tomó buena nota del pago que España da a sus hombres de talento y ya como pintor solicitado en La Corte, aceptó la demanda del Rey para ser su aposentador, la persona que acondicionaba las estancias o lugares, permanentes u ocasionales, donde él estuviera presente.

Si, amigos, esa fue su profesión. No quiso depender de la vocación, esa ramera caprichosa, ni de los eventuales encargos. Por eso, solo pintó alrededor de ciento veinte cuadros, aunque nos parecen más, porque todos son obras maestras.

Parte son los maravillosos retratos de Corte, encargos que cobró y el resto son obras de estudio, de su elección. Algunos de ellos, retratos de minusválidos y otros de gente del pueblo, que usaba de modelo para sus cuadros, religiosos o profanos y por la que mostró su aprecio y cercanía, desde sus comienzos en Sevilla.

Y en esta obra de libre elección y hasta en la de Corte, nos transmite su dura, aunque no reconocida, crítica, a los tiempos que vivía, a la miseria en que se mantenía al pueblo y a la decadencia de los Austrias.

Como en su cuadro Marte, el dios de la guerra, donde, utilizando como modelo a un mozo, ya ajado y fondón, en actitud pensativa, quiere señalarnos la decadencia del poderío militar de España, que empieza, ya, a sufrir los primeros reveses. Y con ella, la del Imperio que sustentaba.

O como en las mismas Meninas donde, a mi juicio, dentro de una estancia, cuyo etéreo ambiente capta milagrosamente, el “aire”, que decía Dalí, quiere representar, haciendo protagonistas a personajes que “pasaban por allí”, a una sociedad en la que nadie está donde debe y menos el Rey, cuya imagen aparece en un espejo situado en un desairado rincón.

O la pintura del bello corcel, sin jinete, aunque en posición de tenerlo, que hemos visto en la recientemente inaugurada Galería de las Colecciones Reales, donde nos avisa de que, en aquella sociedad, no había, ya, posaderas merecedoras de tan hermosa montura.

Y en cuanto a reconocimiento… como siempre. Velázquez no fue situado en el lugar privilegiado de artista universal, que le corresponde, hasta que Manet y los Impresionistas franceses empezaron a venir por aquí.

Muerto sin sucesión Carlos II, otra vez, dos dinastías europeas, los Habsburgos y los Borbones, se disputaron el trono de España. Ante una trama dinástica imposible de desentrañar, se inició, por su posesión, otra de las infinitas guerras europeas, que acabó encendiendo, en nuestra tierra, la guerra civil llamada de Sucesión.

Una vez en el trono, los Borbones, vencedores de aquella guerra dinástica, llevan a España, como antes los Habsburgos, a intervenir permanentemente, en las eternas, rabiosas, guerras europeas, en defensa de intereses familiares.

Y también como ellos, financiando todo con la miseria del pueblo y con las riquezas extraídas de aquellas Indias, a las que, como los Habsburgo, permanecieron de espaldas.

A pesar de ello, es de resaltar como nuestras colonias permanecieron tanto tiempo fieles a tal madre madrastra. Sin duda se sentían “españoles de la otra

orilla”. Comparad con el breve tiempo que las suyas, los futuros Estados Unidos, guardaron fidelidad a su metrópoli, Inglaterra.

Pero amigos, sorprendentemente, los Borbones, con repetidas expulsiones y restauraciones, han reinado en España desde 1700 hasta la actualidad, lo que hace pensar, que los españoles no podemos vivir con ellos ni sin ellos.

En el próximo artículo, me propongo opinar sobre el relato habitual, de esta etapa de la Historia de España, en la que, curiosamente, encuentro, además de mentiras, verdades que parecen mentiras.