Opinión

El perdón, puerta de la esperanza

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 29 de julio de 2024

Lo difícil es posible.

Perdonar es empezar a vivir de nuevo y acabar con la tiranía de las consecuencias (¿quién podría devolver la vida al asesinado?).

Perdonar es romper la irreversibilidad de la culpa en la que estaba anclado el remordimiento y el rencor.

Perdonar es devolver al presente vivo que nos libera de la obsesión del pasado así como de la angustia del futuro, pues el perdón que abre futuro es el que rompe la ley de la deuda. Se dice que “la vida no perdona”, pero eso corresponde a la mala vida.

Perdonar es pulverizar victoriosamente el círculo del recuerdo inculpador cuando es concedido por un incondicional acto de entrega.

Perdonar es revitalizar por el amor lo que por el odio había muerto: al olmo viejo y en su mitad podrido algunos renuevos verdes vuelven a brotarle.

Perdonar es restaurar: soy perdonado, luego vuelvo a existir: soy escuchado luego existo, soy amado luego existo, soy perdonado luego existo.

Perdonar es renunciar a tener la última palabra.

Perdonar es perder el derecho por amor ganando en amor sin derecho.

Perdonar es sobreabundar en acogida donde abundó el rechazo, asumir una vida alopática.

Perdonar al otro es imposible sin perdonarse a sí mismo aprender a quererse y a tener piedad consigo mismo para tenerla con los demás, pues nadie da lo que no tiene. No perdonarse significa tornar sobre las obsesiones como la puerca lavada vuelve al vómito, como el asesino al lugar del crimen. Vengándose contra sí mismo, uno se iguala a su enemigo. Jamás permitas que nadie te arrastre tan bajo que te haga odiarte. Cuando alguien te ofende, eleva tu espíritu a lo alto, a donde no pueda llegar la ofensa. Sin olvidar que con frecuencia rechazamos del otro lo que rechazamos de nosotros mismos.

Perdonar es posibilitar comunidad, sanar en raíz a todos los implicados, y por tanto generar bien común sin condiciones.

Perdonar es volver a acreditar, a conceder crédito, renovar el don, y por eso la reconciliación es una conciliación per/durable.

Perdonar es pacificar. El anhelo de ver lo bueno en el ser humano es la paz en el ser humano. La festividad perdería su sentido y su valor si no fuera capaz de implantar la alegría en el corazón de quien festeja y celebra. Del perdón brota esa paz que quita aguijón a la muerte y al mismo tiempo da una solución al enigma de la muerte. La paz es la virtud de la eternidad, verdadero final y meta del mundo terreno. El camino de la virtud de la paz conduce a esa eternidad, la cual prolonga la vida renovada.

Perdonar es acceder al universo de lo gratuito, que no es lo superfluo, el “aquí no pasó nada”, porque el perdonado desea que aquello no hubiera ocurrido y lamenta el daño ocasionado.

Perdonar es transformar la culpabilidad en responsabilidad. Aunque el perdón no incita a la impunidad, quien una vez fue ofendido está dispuesto ahora a convivir sin violencia.

Perdonar no es humillar al perdonado, tan hermoso es pedir perdón como concederlo, y tanto el vencedor es más honrado cuanto más el vencido es reputado.

Perdonar es agradecer. Quien me pide perdón me proporciona la oportunidad de reconciliarme conmigo mismo, en sentido contrario, me irrita que me pidan perdón y de ese modo queda al descubierto mi reseco corazón miserable.

Perdonar a otro, aunque parezca absurdo, es rogarle que me pida perdón para ayudar a concederlo con humildad, sin superioridad, y de este modo sanar también mi propia alma. Rechazar este gesto pone al descubierto la dureza de mi corazón que no quiere ser puesto a prueba. Por el contrario, pidiendo ser pedido pongo a prueba mi real capacidad de pedir. Al corazón duro le irrita que le pidan perdón porque se deleita en el resentimiento, dulce plato que se toma frío.

A perdonar se aprende, a no perdonar también. El buen corazón está al final del camino.

Quien busca la culpa ajena no suele ver la propia.

Perdonar es perdonar todo; quien perdona poco perdona muy poco; la falta de indulgencia, el perdón tacaño, termina haciendo volver grandes las pequeñas ofensas y permite al odio volver a reconquistar sus galerías. Por idéntico motivo, un corazón contrito se confiesa del todo; no confesar el primer fallo por vergüenza hace cometer muchos otros, por eso la capacidad de sentir vergüenza es una buena brújula. Ninguna experiencia verdaderamente purificadora puede darse si no es desde el borrón y cuenta nueva que introduce el perdón incondicional.

Perdonar no es olvidar, sino recordar lo ocurrido como perdonado. Aunque sea una buena forma de ganar el olvidarse de anotar los tantos, la expresión perdono pero no olvido, malsonante hasta cierto punto, es sin embargo correcta: bueno es recordar para no volver a repetir lo malo, pero recordarlo como perdonado. Revívelo sin que te sangre la herida. El espíritu superficial quiere que hasta ese recuerdo se olvide. Sin embargo la persona seria dice: todo está olvidado pero acuérdate del perdón, sin olvidar recuerda que estás perdonado. Cada vez que recuerdas el perdón, el pasado queda olvidado, pero cuando olvidas el perdón el pasado no queda olvidado: el olvido anula las relaciones con el pasado, mientras que el perdón conserva el pasado perdonado en el presente purificado.

Perdonar es para el perdonado una felix culpa, culpa feliz[1]. Feliz culpa la que mereció tal redentor. Es el sentimiento de quedar exonerado de una carga, de un lastre y transformar en fuerza espiritual. Hay dos señales fisiológicas de esta paz del alma en la vida del ser humano: la emoción y la alegría. También para el perdonador perdonar es sentir una nueva felicidad y un señorío de sí.

Perdonar no es devolver a la inocencia al perdonado, sino vivir en el perdón una excedencia de felicidad extraña y asombrosa. ¿No podría ser acaso ese el punto en que amnesia y memoria se armonizasen?

Perdonar nunca se acaba: “¿qué diríamos a un ser humano que en vista de lo inalcanzable del ideal ético renunciase y no hiciese suyo el combate moral? Este combate moral, en la medida en que es serio y continuado, tiene en toda circunstancia un significado tan generador de valores, que incluso por sí solo el combate moral eleva la personalidad de quien en él se debate al nivel de la verdadera humanidad. De lo contrario, la vida toma la forma de un endurecimiento. El sujeto al que ciertas metas han perdido, rehúsa todo reconocimiento práctico de normas que pudiesen hablar en contra de ellas”[2].

Perdonar más es amar más sin acostarse con ninguna asignatura pendiente.


[1] “El olvido anula las relaciones con el pasado, mientras que el perdón conserva el pasado perdonado en el presente purificado. El ser perdonado no es el ser inocente. Esto no permite colocar la inocencia por encima del perdón, permite distinguir en el perdón una excedencia de felicidad, la extraña reconciliación, la felix culpa, dato de una experiencia corriente que nos asombra” (Levinas, E: Totalidad e infinito. Ed. Sígueme, Salamanca, 1977, p. 290).

[2] Husserl, E: Renovación del hombre y de la cultura. Ed. Anthropos, Barcelona, 2002, pp. 2-4, 40-41, 45-46.